home Desciframientos, Volumen 4 - Número 4 [4.4-17] El pequeño cuarto de arriba | Bárbara Venegas

[4.4-17] El pequeño cuarto de arriba | Bárbara Venegas

Por Bárbara Venegas

La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.

(Thomas Chalmers)

Una actitud se define como la disposición que se constituye a partir de distintas vivencias y que guía la respuesta o reacción de una persona ante un suceso determinado.

En ocasiones, dichas circunstancias son tan complicadas que es fácil derrumbarse ante ellas. Es entonces que nos preguntamos ¿Cómo alzar la vista ante la abrumadora espalda del mundo? ¿Cómo mantener una buena actitud frente a las circunstancias difíciles?

La realidad

Las angostas y empinadas calles de Quito se difuminan debido a la espesa neblina de la tarde. Una ligera llovizna cubre las calles, haciendo que las luces de la ciudad se reflejen en la superficie de las calles. El viento sopla y se escuchan los ruidos de los autos y buses que transitan rápidamente. El frío es espantoso y las corrientes de aire helado de la capital penetran en los más profundo del cuerpo. Tras una pequeña espera, junto a los grises edificios del sector, la veo mientras me saluda con la mano a lo lejos. Susana se acerca caminando despacio y con dificultad por la calle mojada. Es una mujer de estatura baja y contextura ancha.

Su amplia sonrisa transmite confianza y sus ojos castaños, dulzura y calidez. Además, su tono de voz suave y su risa resuenan en las paredes del edificio donde vive. Es una edificación antigua, con gradas inclinadas de cerámica, que apenas se alcanzan a distinguir debido a la falta de iluminación. Recorremos uno, dos, tres pisos, hasta llegar a una puerta de metal negro, donde Susana escala ágilmente, a pesar de su tobillo lastimado, hasta alcanzar una pequeña maceta.

No le dirá a nadie que aquí escondo la llave dice entre risas, mientras abría dicha puerta y me abría paso. Enciende la luz y se disculpa por el poco espacio del que disponía.

En ese momento, recorro mi vista por el blanco apartamento, alumbrado por una cálida luz proveniente del único foco que colgaba del techo.

El “cuartito”, como ella lo llama, es de aproximadamente cuatro metros cuadrados. La estancia principal tiene un gran mueble negro, sobre el cual se halla una televisión. En una esquina hay una pequeña banca de cuero negro. A su lado está un escritorio sobre el cual se hallaba una computadora antigua y una impresora, una litera con cobijas a cuadros de color púrpura y gris, de la cual colgaban brillantes medallas y una almohada en forma de corazón con una foto de ella y sus hijos. Todo el lugar está decorado con imágenes religiosas. A la entrada, se encuentra el rostro de Jesús en un cuadro a blanco y negro. Más adelante, en su mesa de noche, se encuentra una pequeña figura de madera de Jesús y a su lado, una fotografía de la Virgen de Quito. Es un lugar estrecho, pero acogedor.

Junto a esta estancia se encuentra la cocina. No mide más de dos metros cuadrados. No tiene una puerta, se divide de la otra habitación por una cortina blanca con encajes, recogida con una delgada cinta dorada. Me pregunta si quiero agüita caliente, pero no quiero incomodarla debido a su lesión. En el mesón de la cocina hay una pequeña botella de refresco de naranja. Ella toma asiento en la cama, frente al banco de cuero y en ese momento puedo observarla detenidamente.

Su cabello castaño con rayos dorados está recogido en una cola con una cinta verde chicle. Su piel morena tiene pequeñas manchas rojizas y rubor en sus mejillas. Utiliza una blusa café con un pequeño saco mostaza, ligero a pesar del clima, un pantalón gris y zapatos deportivos blancos. Toca suavemente su rodilla, debido al dolor y sonríe.

—Bueno mi niña ¿En qué le puedo ayudar? Usted me dice y yo le respondo todo —tiene un tono cariñoso y dulce. Su acento ligeramente cantado, característico del lugar de donde proviene, suena melodioso y tranquilo.

Así comienza su historia; acompañada del constante sonido proveniente del reloj de pared.

La Paz

En medio del aire frío y el aroma del tiempo detenido, Susana fue donde comenzó su historia. Su infancia la vivió en una parroquia, alejada del mundo, conocida como La Paz, en la provincia del Carchi.

Esta parroquia, ubicada a 18 kilómetros de San Gabriel, fue fundada hace 125 años. Es uno de los principales atractivos turísticos de la provincia, para nacionales y extranjeros, debido a la gruta de La Paz, donde se halla la Virgen de Nuestra Señora de La Paz.

Esta formación natural tiene estalactitas y estalagmitas conformadas debido a la filtración de agua de la zona. En medio de ella pasa el frío Río Apaquí y más abajo, se encuentra un balneario conformado por distintas piscinas. Además, en medio la montaña junto a la gruta se encuentra una escultura de la Virgen, debido a que, según leyendas, fue donde se apareció.

En estos paisajes rodeados de mística religiosidad, Susana pasó su niñez tranquilamente, en medio de los giros de los trompos y las ruedas, la tranquilidad de la ciudad, el sonido de las aves, la cercanía de los vecinos, la escuela, las risas de sus hermanos y el calor de su familia.

Era lo único que me preocupaba en ese momento. Estudiar y ayudar a mi mamá con las tareas de la casa —dice Susana.

Sus amigos la recuerdan con cariño. Extrañan los momentos agradables en los que solamente pensaban en juegos y diversión. En ese pueblo pequeño compartieron numerosas experiencias. Momentos de amistad.

—Solíamos ir a las fiestas del pueblo en los feriados o vacaciones. Nos divertíamos, reíamos y bailábamos —recuerda Soraya, una de sus amigas de la infancia. —Era una persona alegre, se llevaba bien con todo el mundo; adultos, niños de toda edad. Era bromista, contaba historias y nos hacía reír mucho. — Sus ojos cafés brillan con nostalgia y tiene una sutil sonrisa en sus labios. Ambas viven en Quito y hace poco tiempo volvieron a contactarse.

Soraya narra sus recuerdos acerca la gran sala de reuniones del pueblo, decorada con serpentinas y coloridos adornos de papel. Ese fue el lugar de encuentro y convivencia en su juventud, donde, al son de ritmos tropicales como merengue y cumbia, mezclados con la electrizante música disco de moda, pasaron su adolescencia, rodeados de amigos y gente cercana.

—Siempre fuimos buenas amigas. Hasta ahora nos llevamos —comenta feliz Susana acerca de su amiga—. A mí siempre me ha gustado la amistad. Llevarme con mucha gente.

La soledad

A los once, viajó a la ciudad de Quito para estudiar y cuidar a una de sus hermanas que había tenido un hijo hace poco tiempo.

—Yo como no me llevaba bien con mi cuñado, me fui a vivir a un cuartito, donde una señora que hacía planchadores. Buenos planchadores. Ahí trabajábamos y ella nos pagaba. Ahí yo le pagaba lo del arriendo, aunque no hubiera para comer, pero para el cuarto siquiera.

En ese mismo lugar, lleno de calles frías y angostas, ingenuidad y lejos de su familia, tuvo su primer hijo a los diecisiete años. Sus padres decidieron asumir la responsabilidad de su hijo y los llevaron de vuelta a la parroquia. Fue entonces cuando empezó a estudiar en los cursos del SECAP en peluquería. Sin embargo, en ese lugar, su hogar, tuvo que luchar contra el rechazo y el disgusto de su madre, quien la consideraba un fracaso.

—Mamita en la calle, siempre me echaba en cara que era fracasada. Las veía a mis amigas y ellas, pues, estaban estudiando. Y entonces, siempre hubo ese momento, en el que uno se sentía más pequeño que los demás. Pero yo siempre sacaba con orgullo a mi hijo.

Sin embargo, su refugio, su ayuda y la persona que la comprendía, era su padre. Desde siempre y en cada momento le motivaba a no derrumbarse y a levantar el rostro y a sentir orgullo de su hijo, a pesar de la vergüenza y lo que decían los demás. Él, siempre, con frases populares y su fe, eran los consejos más tranquilizantes en los momentos en los que todo el mundo la obligaba a mirar abajo.

—Mi papá era mi felicidad. Él no me decía que yo siempre tenía que alzar la cara por haber tenido un hijo. En cambio, en la casa uno era siempre lo malo, la vergüenza. Pero nada, yo igual salí.

Este es uno de los cimientos para uno de los aspectos fundamentales en su vida. La fe. En la parroquia conoció a un sacerdote que la orientó, junto con su padre; por esto ella pudo superar y sin vergüenza, seguir adelante.

—Uno cuando es viejo como que se aferra a eso, porque no tiene nadie más. Me acuerdo que mi papá sabía leer la Biblia y el domingo a la misa. Eso es lo que me ha levantado. Él decía “Verás hija, la vida es bien dura, no te digo que va a ser fácil”. Me decía que para poder ser alguien hay que sufrir. Siempre me hablaba cosas buenas.

No pudo continuar estudiando. Su familia no la apoyaba. Sin embargo, su deseo de superación era grande, por lo que deseaba seguir estudiando mientras su hijo iba a la primaria. Trabajó un tiempo de catequista. Tiempo después abrieron una universidad y siguió la especialidad de físico matemática, pero la mayoría de las personas se retiraron, por lo que la institución se cerró.

Todo lo bueno que aprendía era por mi hijo. Para mí, mi Jairito era mi vida. Con él andaba para todo lado, cargado, jugando y él, feliz.

A pesar de eso, empezó a trabajar de maestra en una academia de corte y confección, donde también le dieron el trabajo de secretaria. No obstante, el pago en ese lugar era mal remunerado y en ocasiones, ni siquiera le pagaban.

Después inició un pequeño negocio de peluquería en su casa. En ese lugar con paredes blancas de adobe y tejas descoloridas, su padre le fabricó una mesa de madera para que pudiera atender a los clientes y además, contaba con una peinadora. Entonces, mucha gente del pueblo se atendía con ella.

—Cobraba poco. No tenia el afán de que de allí me iba a hacer millonaria. Lo hacía solamente por colaborar, porque había gente bastante pobre, me acuerdo. Y me encantaba. El pueblo es agradecido, la gente le agradece. No tienen dinero, pero tienen con qué pagar. Póngale, unos huevitos, por ejemplo.

Tiempo después, en el pueblo, conoció a un joven y se embarazó por segunda vez. Entonces varias personas le aconsejaron que abortara a su hijo para que ella pudiera vivir tranquila.

—Para mí eso fue ver derrumbarse todo mi mundo —suspira —Yo ya me estaba levantando, pero vuelta volví a caerme. Ahí recién empecé a conocer a gente negativa. Había muchos sentimientos encontrados. Me acuerdo, cogí un bus, un 14 de febrero, no saqué ni ropa, le abrigué a mi hijo, con un mes y medio de embarazo y me vine acá a Quito.

La soledad de esos momentos era abrumadora. Además, los constantes consejos de las personas hicieron que ella viva uno de los momentos más tristes de su vida. Sentía mucha vergüenza por ello, porque ella era mayor que el chico y no era una relación a la que ella le viera futuro. Debido a los rumores que surgieron de eso, decidió, sin decirle a nadie, regresar a la capital.

—Yo no le tenía miedo al trabajo. A mí me tocaba hacer lo que sea. Un tiempo me hice vendedora de la calle, vendía cositas ahí, pero siempre buscaba un trabajo que me permitiera estar aquí cuando mis hijos salieran de la escuela. Pero eso sí, un trabajito siempre honrado. Si quiere yo me visto de payaso, pero hago algo. Yo le decía a Dios que me dé un camino, uno bueno.

El trabajo

Aquí, una de sus cuñadas le ofreció hacerse cargo de la administración de un restaurante. Ella se llevaba bien con los empleados, a quienes consideraba como su familia. Aunque nunca es lo mismo.

—Acá aprendí a salir sola. Ya no había ni para el pan. Ya empecé a ver qué mi hijo empezó a sufrir, no había mucha comida.

Después, en el restaurante, vio cómo era la vida de los trabajadores, quienes vivían en condiciones muy precarias, por lo que ella les daba la comida que sobrara del día y las ayudaba.

Recuerda en particular a dos chicas provenientes de Latacunga. Al momento de conocer su vivienda se sorprendió. Dormían en el piso, por lo que ella decidió ayudarlas y se propuso a comprarles un colchón.

—Cosas pequeñas, pero que, a uno, esos detallitos le sirven. Ahí les empecé a ayudar. Siempre me ha gustado a mí hacerlo.

El negocio empezó a prosperar, la comida era fresca y el aroma de los platos tradicionales con mote y carne inundaban el pequeño local. Pero un día, la mujer le quitó las llaves del lugar y la echó a la calle.

—A ella no le gustaba que los cuñados tengamos más que ella. Entonces ella un día llegó, me quitó las llaves. Y como no era mío yo le devolví. Ahí ya estaba mi barriguita grande, sino que yo siempre me la cubría por la vergüenza. Justo me saca cuando estaba a unos quince días para dar a luz. Con peleas y todo no me devolvió mis cosas. No. Fue durísimo —su voz se quiebra. No quiere recordarlo. Incluso ahora, no tiene una buena relación con ella—. No me gusta acordarme de las cosas tristes, prefiero pensar en las felices.

Los ángeles

Un doctor le brindó su ayuda. Él le ofreció un diminuto cuarto, donde antes vivía el encargado de la limpieza. Allí, ella y su hijo eran felices. En ese reducido espacio, protegidos de la espalda del frío mundo, con las personas que no miran, pasaban los días.

—Yo siempre digo que, de alguna manera, existen los ángeles. Ahí era donde dormíamos tranquilos. Era donde yo le tenía a mi hijo y él me tenía a mí. Ahí el doctor me dio las llaves y me dijo que yo podía hacer el aseo a cambio de vivir ahí —las lágrimas brotan. Se sonó la nariz con un pañuelo—. Discúlpeme mija. Y como solo era barrer las gradas, para mí no era nada. Era lo más fácil.

Su hijo seguía estudiando y ella se esforzaba para que pudiera seguir haciéndolo y fueron esos momentos donde su relación se hizo más cercana.

—Allá en La Paz, nunca me dijo mamá. Allá yo era la Susana. La mamita era mi mamá. Yo me acuerdo que había una sesión en la escuela, él me llamó “mami”. Entonces yo le pregunté ¿Cómo me dijo mijo? Repítamelo. Yo me lo abracé. Imagínese lo que era para mí —sus ojos brillan y empieza a hablar más rápido—. Ay mija, para mí eso fue lo máximo. Yo me lo gané. A los años. Solo esa palabra no sabe lo que significaba para mí y hasta ahora lo que significa.

Después cuenta le llegó el momento de dar a luz, por lo que dejó a su hijo en casa y fue al hospital. A los dos días, volvió a su casa y no encontró nada.

—Cuando yo vine acá a mi casa me enteré que había venido mi hermana y se lo había llevado de vuelta a La Paz. Era lo peor que me pudo haber pasado. Mi familia me decía “vos no puedes vivir, no puedes trabajar. Te vamos a quitar”. De ahí me contactaba con mi mamita, pero ella nunca me quería escuchar. Vuelta el niño estaba allá, había estado muriéndose de la tristeza, por lo que enfermó. Entonces, mi hermana se compadece y me lo trajo de vuelta. Hicimos fiesta acá los tres. Desde ahí hemos vivido aquí.

Luego ingresó a estudiar Belleza en un instituto de Ibarra, para sacar los títulos que otorgaban por propios derechos. Después volvió a La Paz. Su madre ya la habían perdonado, no la trataba mal y su padre seguía apoyándola. Allí, la familia del padre de su segundo hijo, lo conoció y tuvieron una buena relación con él.

En ese tiempo, su hijo menor tuvo un accidente de auto, junto a dos de sus hermanos, quienes fallecieron. Su hijo quedó en coma por seis meses y despertó quince días antes de que fuera desconectado.

Las lágrimas bajan silenciosas por sus mejillas, pero continúa hablando. Su labio inferior tiembla. Sus ojos están hinchados, pero sigue viéndome a los ojos.

—Uno no sabe a veces lo que se siente hasta que le pasa. Dios no quiera que usted tenga que pasar por eso. Mi Josué es un milagro. Yo ya le entregaba a Dios a mi hijo. Si él tenía que llevárselo, yo lo entendía. —A cada frase se limpiaba las lágrimas que caen—. Tenía 54 puntos en toda la carita —señala los lugares y la forma de las heridas—. Acá en el edificio nadie me veía. Yo salía de mañanita, lo cargaba hasta la escuela, lo dejaba sentado en el pupitre y al medio día lo traía. Le ponía una gasa y una gorra en el rostro a mi hijo porque él no quería que lo vieran. De ahí iba a trabajar para pagar las terapias de un centro. Costaba como nueve dólares al día y para las medicinas igual tenía que buscar dinero. Ahí yo le decía a mi hijo “mira tienes manos, tienes tus pies. Tienes un techo. Tienes a tu mamá. ¿Qué te falta?”. Nada. Uno no les podía dar lo mejor en cosas materiales, pero eso sí la educación y amor. Nunca les faltó.

Mueve sus manos mientras habla. El reloj sigue sonando. Su historia a veces se interrumpe con el tono de un mensaje en su celular, que ella no regresa a ver.

—Los dos se llevan bien con sus papás. Ellos mueren por los hijos. Vea, si hubiera un juicio para pedir amor, yo siguiera los que tuviera que seguir. Plata no, eso nunca he pedido. Aunque las señoras me dijeran que soy una desvergonzada por ir a pedir que sus padres se llevaran bien con los hijos, a mi no me importaba Yo tengo mis manos para trabajar. Yo lo único que quería era que mis hijos tuvieran amor. Mire, si acá en Whatsapp los tengo —vuelve a tomar su celular. Me muestra el chat del padre de su segundo hijo y la foto—. Puro papá. No tiene nada mío mijo—. Sonríe con nostalgia.

Afortunadamente, tiempo después, un vecino de su edificio vio a su hijo un día y llamó a su hija, que había estudiado para cirujana plástica. Ella conoció al niño y se dispuso inmediatamente a hacerle una operación.

—Ella pidió que le consigan un quirófano. Entonces yo misma me fui al Hospital Baca Ortiz a hablar y en ocho días ya me dieron el lugar. Yo mismo iba con las enfermeras a limpiar ahí. Pero al momento de la operación ya no pude más. Si usted me ve así mientras trabajo, no me va a ver como estoy ahorita. Me desmayé y me trajeron acá. Bueno, después de eso, solo los que le vieron a mi hijo antes de las operaciones, entienden por qué es un milagro. Ella le devolvió el rostro a mi hijo.

Toma su celular y me muestra las fotografías emocionada.

—Él es mi hijo ¿Sí ve? —el rostro de un adolescente feliz mira a través de la pantalla. Tiene pocas cicatrices y las que tiene son casi invisibles—. Quién diría que del Mejía alguien iba a salir de sacerdote—. Empieza a reír. Bromea—. Imagínese usted. ¡Ay Dios mío! Qué sería la vida sin estos momentos de risa…

La ayuda

Tiempo después, estudió en la Academia Sudamericana y ahí la enviaron a hacer labor social en distintas instituciones. Asistía a orfanatos, ancianatos e instituciones de madres solteras que necesitaban apoyo y les cortaba el cabello o los alimentaba. Esto le motivó y fue uno de los factores que le ayudaban a seguir adelante.

Yo sé lo que se siente estar en esa condición… —calla—. No entiendo cómo la gente es tan indiferente. Acaso que por ayudar se le van a caer las manos. Si uno puede hacer algo por otra persona, que lo haga. La gente le queda viendo a alguien necesitado y no hace nada.

Tiempo después, a sus cuarenta y cinco años, se casó con un fotógrafo, con quien vive en la actualidad. Hace algunos trabajos en la institución donde ella se encuentra ahora y viven juntos.

—Mi vida es buena ahora. No hay que ver solo lo malo. Sino que es duro. Mis dos hijos se fueron casi al mismo tiempo. El mayor se fue a Ibarra con su pareja y el menor quiere entrar en el Seminario. No me arrepiento de haberlos tenido. Hubiera tenido más y así no estaría sola. Bueno, estoy con mi marido, pero no es lo mismo —su voz se quiebra de nuevo—. Muchos me dicen que esa es la ley de la vida, que los hijos hacen la suya, pero duele.

Los extraña demasiado. Ahora pasa el tiempo con su pareja y su mascota Chispita, una pequeña perrita blanca, que ha estado oculta debajo de la cama. Tiene contacto constante con su hijo menor. Rezan juntos, se llaman y se ven seguido. Piden. Piden por las personas que están lejos, como su hermano.

—El servicio a los demás es lo que más me ha ayudado. A uno le llena eso. Si no, imagínese. Me volvería loca aquí pensando. Igual mi esposo me aconseja. Y ya. La vida sigue. Y no se olvide. La fe es lo que le va a ayudar en esos momentos cuando usted esté sola. Dios me tuvo postrada y me ayudó a levantarme. —Aún hay rastros de lágrimas en su rostro—. Hubiera escogido una historia menos triste, mija.

Le agradezco por su historia y me acompaña hasta las afueras del edificio. El tic tac del reloj aún resuena en mi cabeza. Se despide con un caluroso abrazo y una nueva sonrisa. Amplia y sincera. Como ella dice, “mañana es otro día”.


(Foto de portada de artículo de The DIgital Artist. Tomada de: https://pixabay.com/en/window-room-interior-home-design-3307004/)

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