home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 4 [4.4-19] El heredero de Wakon | David Andrés Duque

[4.4-19] El heredero de Wakon | David Andrés Duque

Por David Andrés Duque

El cántico de los pájaros era una completa sinfonía en el silencio que reinaba en la falda de la montaña. Agitado, el hombre jaló de su maleta. Enfrentaba el frío intenso de la madrugada y mientras subía a su destino, escuchaba unos sonidos extraños que parecían provenientes de algún animal. Estaba muy atento y no quería engañarse que lo que veía era producto de su imaginación. En algún momento escuchó también el mugido de una vaca. La subida se hacía larga; cada vez se adentraba en una vegetación más densa llena de árboles de eucalipto y uno que otro pino. Poco a poco el camino de piedras iba desapareciendo; de pronto su celular dio un pequeño timbrazo.

¿Alex, donde estás? Llevamos media hora esperándotese escuchó a través del altavoz.

Sofía, mira, no sé dónde estoy. Me dijiste que subiera por el camino lleno de piedras por donde se encontraba el letrero de “Bienvenidos a la ciudad de Supay” y, de veras estoy perdido. Es más que seguro que vuelva a la vía principal y tome algún autobús que me regrese a la hostería replicó el hombre mientras sostenía su teléfono temblando de frío.

—No cariño, tranquilo. Baja hasta el letrero e iremos por ti. No recuerdo haberte dicho un camino de piedras, el que tomamos es de tierra. Pero no importa, baja, nosotros ya vamos.

Alex, entonces, guardó su celular y se dio la vuelta.

—¡Qué desastre! De nuevo bajar todo esto —dijo molesto.

Había empezado a bajar y se topó nuevamente con los ruidos extraños. Giró su cabeza hacia el costado izquierdo donde se encontraba totalmente cubierto de árboles de eucalipto. Se envalentonó al acercarse un poco y escuchar con claridad. Era un alarido muy inusual, por lo que dejó de convencerse de que era una simple vaca. Con su paraguas movió entre las hierbas y algunas ramas para ver qué podía ser. Sin obtener algún resultado, decidió seguir bajando, mientras los alaridos se hacían fuertes y constantes. A su costado derecho solo había pasto y una hermosa vista a las demás colinas y montañas que relucían con el último resplandor de la Luna sobre ellas.

Caminó un poco más tranquilo porque los sonidos habían cesado lentamente. Se dispuso a mirar la hora cuando de repente vio a través de los árboles unos ojos cristalinos celestes. Prendió su celular y activó el flash de la cámara. Pudo ver que dichos ojos eran de una llama de aspecto muy curioso que no se dejaba ver completamente. El hombre ni se inmutó por el animal y solo se sintió intrigado por el color de sus ojos y su brillo. Inmediatamente empezó a alejarse del animal, mientras este lo observaba fijamente. El animal salió de donde se encontraba y abrió unas alas increíblemente grandes, como los de un cóndor; su cuerpo tenía semejanzas al de un ave y su cola era el de una serpiente. El extraño animal tomó impulso, como si fuese a volar, saltó sobre el hombre y, agarrándole de la chompa con sus garras, lo arrastró hasta una ladera pequeña que se encontraba al costado derecho del camino. El hombre rodó por el césped y se quedó atrapado en uno de los pinos. Alcanzó a mirar por el cielo al animal que volaba y soltaba los alaridos que hacía ratos había escuchado. Y, de nuevo, el silencio junto a los silbidos de los pájaros se estableció en las montañas andinas.

El sol empezó a salir. El hombre estaba herido: se había incrustado una rama en su costilla derecha al caer sobre ese pino. Esto le impidió bajarse de allí o, al menos, moverse. Sintió demasiado dolor y estaba perdiendo mucha sangre. Pronto a lo lejos escuchó a su esposa Sofía gritar repetidamente su nombre y, en su intento de llamar su atención, encendió una pequeña bengala que había guardado en su maleta. Entonces, la mujer vio el humo proveniente de la pequeña ladera e inmediatamente pidió una soga a su compañero para poder rescatar a Alex. Tras cada paso que daba, resbalándose con la tierra y haciendo caer decenas de piedras, llegó hasta donde yacía su esposo: Le arrancó con demasiado dolor la rama incrustada y le ayudó a subir. El acompañante de la mujer sacó de su maleta un estuche grande donde almacenaba gasas, vendas, agua oxigenada y un par de cremas que servían de cicatrizantes.

Puso a Alex en el piso e inmediatamente limpiaron su herida; le colocaron las cremas y le vendaron casi todo su torso.

—¿Qué te ha pasado? ¿Te has resbalado? —le preguntó Sofía.

—No vas a creer esto. Vi un monstruo salir de los árboles y este me arrastró hasta la empinada —respondió casi moribundo.

—¿Cómo era? Porque seguro era un animal, un oso. Los osos son muy comunes aquí —comentó el acompañante y agregó—. He sido guía por 25 años, he sido testigo de ataques de estos osos, puede que uno te haya agarrado así.

—Era como una llama, tenía alas y garras; emitía un sonido muy extraño que erizaba todos bellos del cuerpo.

El guía se quedó callado por un momento mientras Sofía seguía incrédula.

—Hay un mito sobre una criatura llamada Amaru. Se trata de una serie solo de rumores. Se dice que reina en los Andes y es el mensajero de uno de los dioses malignos más temidos por nuestros antepasados. En tal caso, deben tener mucho cuidado, nunca suban solos.

—Es solo un mito, producto de la imaginación, creo que viste a alguno de esos osos y de la impresión te caíste cariño —dijo Sofía sin creerse lo que contaba el guía.

Ambos ayudaron a levantarse a Alex y caminando lentamente lo sostuvieron hasta bajar a la vía principal. Tomaron un autobús que pasaba por allí. Este los llevó hasta la ciudad. Era un lugar pequeño, tenía una plazoleta con una estatua en el medio. La escultura era la de un hombre con rostro en forma de sol y en su base estaba tallado: “Inti”.

Anduvieron unas cuadras por la plazoleta, pasaron por algunas casas de colores y artesanías hasta llegar a una puerta de hierro donde se leía el nombre de “Hostería Aya”. No había hospitales cerca, así que en dicho alojamiento les ofrecieron ayuda. Pasaron por la recepción, pidieron asistencia con la herida y la saturaron con un botiquín de primeros auxilios que estaba debajo del mostrador.

—Se pondrá bien, señor; la herida no es de profundidad… pudo ser peor. Solo debe cuidarse bien de los puntos. Ya sabe, nada de excederse en fuerza, no comer chancho y por ahora evite mojarse y tocar la herida. Debe sacárselos en una semanita —señaló el enfermero que trabajaba para la hostería.

Agradecidos retiraron las llaves de la habitación y se fueron a reposar, tratando de escapar de la fría tarde que hacía en la ciudad, esta acurrucada por montañas y colinas andinas. El hombre en la noche tuvo pesadillas con aquel animal. Se despertó tras varías horas en la madrugada, entre el sudor y el shock. El sol penetraba las claras cortinas anunciando un nuevo día. Alex se levantó de la cama con un fuerte dolor en su costilla.

—Amor ¿estás bien? ¿Cómo amaneciste? —le preguntó Sofía desde la mesilla de la habitación.

—Me duele el pecho y la costilla aún. Ahora que lo pienso no fue buena idea venir de aventura a los Andes, pese a los hermosos paisajes y esta hermosa ciudad de Supay. Los riesgos se elevan cada que subimos una montaña y no sé lo que haya sido esa cosa de ayer, pero me ha dado pesadillas —le contestó.

—Trata de olvidar lo que haya sido, lo importante es que estás bien. En unos dos días subiremos por el sendero correcto y no te apartarás de mí, ni de Exequiel, ¿de acuerdo?

—Claro, pero por favor no subamos a la misma montaña, cual sea el camino que elijamos. Vamos a esas cascadas que quedaban a unas cuadras de la avenida principal —sugirió Alex.

—De acuerdo, gruñón —le respondió su esposa.

El hombre caminó al lavabo a remojar su rostro, mientras Sofía se encontraba distraída en su teléfono móvil. Al pasar la toalla, sintió una superficie con alto relieve, era el logo de una máscara colorida, con doce cuernos, unas orejas en forma de tazón; la forma de ojos y boca eran negras como agujeros que tienen dirección al vacío.

—¡Vaya detalle! —dijo con sarcasmo.

El sol empezó a irse. Su golpe aún no lo dejaba movilizarse con la agilidad esperada, por lo que la forma de matar al tiempo fue estar juntos recostados viendo televisión por cable en un viejo televisor que se hallaba al frente de la cama de la habitación.

—¿Te encuentras mejor?

—Sí, la verdad mucho mejor, pero me estresa pasar mis vacaciones en la habitación.

—Pues vamos a la plaza, tenía buena pinta, te ayudaré a sostenerte y caminaremos suave.

—Es muy gentil de tu parte mi vida —le respondió Alex mientras se levantaba con dificultad de la cama.

Abrigados, encargaron las llaves en la recepción y salieron de nuevo al centro de la ciudad. Las luces de neón, colores y artesanías fueron su recibimiento. Era un lugar extremadamente acogedor para un turista cuya vida había sido parar muchas horas en oficinas de edificios. La música que sonaba por dos altavoces pequeños de una tienda de licores hacía competencia al silencio que causaba la falta de personas en la plaza. Algunos locales estaban promocionando sus máscaras; muchas tenían aspectos diabólicos y otros de animales mezclados con humanos. Alex sostenía la mano de su esposa para evitar la pérdida de equilibro. Entonces al acercarse a uno de los puestos observó la máscara que había visto en la toalla.

—¿Le hace publicidad a la “Hostería Aya”? —le preguntó en tono picaresco a la señora que atendía.

—No, este es un ícono del lugar. El mito de Supay es haber sido salvado por Huma de la ira de Wakon, el diablo enviado de Inti —explicó, sonriendo y señalando a la estatua que se encontraba detrás de ella.

—¿Por qué un diablo, si es colorido y no tiene cuernos?

—Inti es el dios del Sol. Él no posee maldad alguna, su enviado está lleno de colores como muestra de ausencia de maldad y como una forma de representarse en todo nuestro entorno.

—¿Y Wakon? —dijo con una voz de interés.

—Es el dios de la ira. Todo lo que Inti hace este lo destruye, las cosechas y las vidas de los que habitamos aquí; de hecho, esta es su mascota —le dijo mientras sacaba una figura esculpida de mazapán—. Es una mezcla de varios animales, una llama, un cóndor, la serpiente, todos animales característicos de aquí —concluyó.

Alex se quedó estático por segundos, topó su herida y se puso a pensar. Decidió comprar dos pulseras que tenían tallada la figura de Huma. Una le regaló a Sofía y ambos se marcharon del lugar.

—¿Te has dado cuenta que idolatran demasiado este tipo de cosas? —le comentó la mujer mientras acomodaba su pulsera de tela.

—Supongo, significa mucho para ellos —replicó.

Sus pasos iban leves por los adoquines descoloridos del centro turístico. Ya la noche se hacía presente y ambos vieron en otro local la imagen de unas cascadas talladas en un tronco de madera. Se acercaron a averiguar y comprobaron que era el sitio que Alex había sugerido por la mañana.

—¡Ya está! Ese será nuestro destino el día de mañana, corazón —exclamó Sofía.

—Llegamos al hotel y hablamos con Exequiel para que nos ayude.

Habían ya arribado a la cálida habitación. Estaban de nuevo en la cama y Sofía marcaba al guía desde su celular. Le comentó de su idea y llegaron a ponerse de acuerdo para concretar la caminata por la mañana.

—Carajo, ¿viste la hora que es? —le dijo histérica a Alex—. Se supone que debíamos despertarnos temprano, mira nos quedamos dormidos, va a hacer las 10 de la mañana, y quedamos a las 7. Mañana regresamos a la ciudad y no tendremos más tiempo.

Ambos tomaron lo necesario para la aventura y salieron corriendo a tomar el autobús que los lleve al punto de encuentro con el guía. Llegaron a un costado de la avenida principal. Allí había un letrero metálico oxidado que tenía el símbolo de unas cascadas y, a su alrededor, matorrales y pequeños relieves de tierra que estaban a unos metros de ellos. En medio de uno de ellos había un pequeño sendero que tenía dirección a una colina de gran magnitud que se encontraba detrás de todo el paisaje desértico.

—Exequiel no está y no contesta, maldito sueño, subiremos solos.

—Tranquila amor, subamos, el sendero ya está marcado. No hay como perderse —replicó Alex.

Siguieron el sendero, tropezando con algunos arbustos secos y algunas decenas de piedras. Dieron con una entrada que tenía similitudes con el de una cueva. Sonaba fuerte cómo el agua caía y se chocaba con el suelo.

—¡Es aquí! —gritó Sofía entusiasmada, mientras entraba al húmedo lugar.

Habiendo dado varios pasos vio cómo el techo rocoso del lugar brillaba por el reflejo del líquido elemento y, al acercarse más, apreció un agua cristalina fosforescente, algo turbia por la fuerza que descendía desde una apertura en la parte superior del lugar. La estructura era parecida a un pan, el contorno era redondo, en la cúspide había una apertura que daba al sol y unas plantas totalmente verdes, un poco más abajo había un orificio donde salía el agua, era una cascada de agua subterránea; esto, sin duda, dejó impactada a la mujer que ni siquiera lo pensó dos veces y desvestirse para colocarse su traje de baño.

—Tómame foto Alex —le dijo, dándole su cámara clásica de rollo Kodak.

La fotografía fue hecha y Sofía pegó un brinco al agua.

—No está profunda.

—Créeme si no tuviera este cocido, el primero en poner pues un pie ahí sería yo —asintió Alex con despecho, sentándose en una piedra mientras se disponía a pasar su envidia en el celular.

—Tranquilo, iremos a comer lo que tú quieras —señaló su esposa mientras se meneaba en el agua.

Ella nadó entonces a lo largo del lugar; era un sitio pequeño. Al llegar al otro costado, observó unas piedras que tenían formas extrañas. Se acercó lentamente, moviéndose entre el agua, y vio una que tenía la figura de un sol con rostro. Puso ambas manos sintiendo el objeto, quitó algunas ramas que habían caído de la cúspide. Notó que la parte superior del sol había muchas tiras que adornaban la figura: eran los rayos del sol con un aspecto extraño, como líneas cursivas que se conectaban entre sí. Lo acabó de limpiar y quedó asombrada. Los contornos de la figura comenzaron a brillar en un color amarillo muy intenso. Pronto los ojos del sol se prendieron como dos luces súper potentes que hizo que Sofía cubriera rápido su rostro en contra del majestuoso reflejo. El agua se tambaleó fuerte como un oleaje de mar. Debajo del agua logró ver algo que se aproximaba: era largo y con un movimiento acelerado, tenía un color dorado. Sofía se alteró y gritó desesperadamente. Alex dejó el celular en suelo arcilloso y se acercó a la orilla; en ese momento lo que se aproximaba emergió de la profundidad. Era un animal de muchas patas, muy similar a un ciempiés, pero este era del color del oro. Alex se abalanzó al agua, y el animal se deslizó a una velocidad sobrenatural hacia la enorme figura que estaba tallada en la piedra. El sol que antes tenía a sus contornos brillando ahora brillaba todo, como si esto fuese un portal. El animal lo atravesó. Alex nadó lo más rápido que pudo con mucho dolor y cuando llegó al sol, este se cerró nuevamente y dejó de emanar luz. Con furia el hombre, lanzaba golpes incontrolables a la piedra, causando solo cortes y moretones en sus nudillos y manos.

—¿Qué fue eso? —se preguntó a sí mismo con ojos llenos de lágrimas y con muecas mostrando incertidumbre ante tal hecho.

Salió del agua, tomó su celular y marcó al guía. No obtuvo respuesta alguna. Regresó al pueblo y buscaba ayuda. Algunos lo tomaban como loco y otros le daban centavos por pena. Se tranquilizó y cobró la compostura. Llegó de nuevo a la hostería donde se cambió de prendas y se secó la herida.

Pasaron un par de horas y Alex volvió al lugar. Lo investigó y no halló nada lejos de lo natural. Entonces su celular vibró, era Exequiel. Le comentó todo, pidió perdón por el plantón en la mañana. Y, al escucharle, el guía, pidió que se calmara y que iba a pedir ayuda a un hermano, un viejo chamán del lugar. Se encontraron en la hostería y fueron a las afueras de la ciudad a una casa que quedaba en medio de un terreno verde, lleno de densa vegetación, pequeños riachuelos y pequeños manantiales que brotaban agua de la tierra. Al entrar en la casa les recibió, un sujeto alto, de piel trigueña; tenía puesto ropa de tela blanca que le quedaba demasiado floja; se notaba a simple vista que era una persona que vivía relajada. El hombre los invitó a pasar.

—¿En qué te puedo ayudar querido hermano? —le dijo con voz pasiva a Exequiel, mientras les hacía sentarse en unos sillones marrones viejos.

—Inti se llevó a su esposa.

El chamán se quedó paralizado por segundos y vio al piso, en señal de que algo estaba mal.

—Cuenta la historia que cada centenario, Inti busca en esa cascada a un heredero. Quien descubre su figura y lo venera o se humilla ante su grandeza, este será recompensado.

—¿Existe algún modo de ayudarla? —preguntó Exequiel.

—La verdad es que no, alrededor del mito el único que puede hacerle frente es Wakon. Pero su aparición no se ha visto nunca.

—Siguiendo la historia, si llegase a encontrarme con él. ¿Le puedo pedir ayuda? —preguntó Alex, mientras recordaba al animal que lo había atacado y que coincidía con la descripción que le habían dado de que era la mascota de Wakon.

—Sería un trato y hacer tratos con Wakon es lo más cercano a hacer pactos con el mismo diablo. No hay mucho que hacer, lo siento —respondió.

Se despidieron y salieron de la casa. En la madrugada de aquel fatídico día se enrumbó al mismo sitio donde había sido atacado. Subió en el silencio de la noche, vio en el costado izquierdo aún la rama con sangre, dándose cuenta de que estaba llegando al lugar. Empezó a gritar, sin obtener respuestas. Se sentó junto a un penco y se abrigó con su chompa rompe vientos. A lo lejos escuchó los mismos alaridos, era de la bestia volando sobre él. Alex agarró una piedra y un palo para defenderse. El animal aterrizó con los ojos brillantes. Al acercarse lentamente, Alex preguntó:

—¿Wakon?

Amaru como era conocido por el mito, solo lo veía fijamente. Entonces miró a su costado izquierdo y, entre ramas, salió una persona alta, bien fornida y de ojos verdes fosforescentes. Las hojas del suelo y ramas extensas que sobresalían del césped se iban secando y destruyendo. Se acercó a paso lento y furioso ante el pobre hombre, que se encontraba exhausto, triste y asustado.

—Necesito tu ayuda —dijo Alex, con voz temblorosa y entrecortada.

El ser emanaba un humo negro de su esplendor y lo veía como una presa fácil. Puso su enorme y grotesca mano encima del animal y lo empezó a acariciar.

—¿Qué necesitas? —respondió con una voz espectral y temible.

—Inti se llevó a alguien a quien amaba.

—¿Inti? Puedo ayudarte. A cambio quiero tu corazón y tu alma. Te otorgaré un poder para enfrentarlo, serás un semidios, un mito, el surgimiento de la ira en las nuevas generaciones, harás frente a Inti; cuando lo derrotes a él y a su hijo Huma serás mi heredero y habrás recuperado a quien tanto buscas —culminó.

Sacó una estólica de su espalda, hecha de piedra volcánica, podría definirse como una lanza antigua, usada por las primeras tribus incas. En su punta esta se iluminaba como una llamarada diminuta de fuego. Acercó el arma al pecho de Alex. Y empezó a dictar un conjuro al aire. El cuerpo del mortal comenzó a cambiar de volumen y tamaño. Sus brazos se alargaron y nuevas manos le crecieron; su aspecto se asemejaba al de Wakon. En su cabeza creció una máscara cubriendo todo su rostro, era la de Huma, pero oscura. Los ojos y bocas tenían alineados más diabólicos, las orejas eran puntiagudas, no tenía doce cachos, tenía solo tres, dos frontales enormes que simbolizaban el reinado de Wakon y su heredero, el tercero se encontraba en el medio, era el más pequeño, era un cono, que simbolizaba el mundo. La máscara era negra, con vivos grises y blancos en sus bordes; le sobresalía una lengua de serpiente. Todo hacía juego con su cuerpo. Llevaba una camisa totalmente negra, unos pantalones del mismo color y no usaba zapatos, por el tamaño de sus garras, como las de oso pardo. Su herida por arte de magia desapareció.

—Sarakuti —exclamó el dios, que, combinado del quechua, significa diablo pequeño.

El corazón de Alex ahora tenía sentimientos oscuros, llenos de odio, al igual que sus pensamientos. En su mente apenas recordaba a Sofía y de ahí solo su mayor obsesión se había vuelto destruir a Inti, olvidándose de Huma y del mito.

—Ari churi —respondió. A nuestra lengua le había respondido, “sí, padre”.

—Ya sabes cuál es tu deber hijo mío.

Este asintió y se marchó. Se movilizaba muy rápido, a una velocidad sobrehumana. Llegó gracias a la reminiscencia al lugar donde perdió a su esposa. Se sumergió en el agua y esta trepidaba como si un temblor se hiciera presente. Tomó impulso y reventó un golpe a la piedra; esta se prendió por segundos; comenzó entonces a lanzar decenas de golpes extremadamente mortales. La piedra se prendía y apagaba como un foco dañado; la piedra estaba cediendo, hasta que esta se despedazó, el portal se había abierto de nuevo. Traspasó su mano, por el agujero que brillaba demasiado; a la sazón un enorme golpe de viento lo lanzó hasta la orilla.

—¿Quién irrumpe la paz de mi reinado? —gritó alguien de similar aspecto a él y a Wakon. El ser era dorado completamente, cual oro en todo su ser. Miró fijamente a quién era ahora Sarakuti.

—Wakon, ¿tiene un nuevo hijo ahora? —dijo con una risa sarcástica.

Sacó una alabarda de su espalda. Lanzó una mirada al cielo y empezó a vociferar un canto.

La bestia de muchas patas que había atacado a Sofía apareció de entre las aguas y se abalanzó sobre Sarakuti, tragándolo.

Al cabo de minutos, el dios se estaba frotando las manos, como si hubiese sido una tarea de extrema facilidad. Vio entonces que su animal era desgarrado por el humanoide en su estómago. El ciempiés dorado cayó muerto, votando demasiada sangre, el olor sorprendentemente era fragante. Inti impresionado lanzó su alabarda, que era un hecha como las que se usaban en el mundo medieval, hecha de oro y más grotesca acorde su tamaño, hacia el diablo. Se clavó en su pecho. Sarakuti se arrancó de su cuerpo sin dolor o dificultad alguna. Se le hacía heridas y no curaba tan rápido gracias a que no era un dios absoluto, por tanto, su muerte podía darse.

La batalla se empezó a dar. El diablo golpeaba con el arma al dios, este se defendía con su armadura dorada y soltaba golpes y brillos fuertes que emanaba de sus ojos, que cegaban por segundos a su rival. Cuando logró atravesarlo, el dios solo se regeneró y lo mandó volando a otro extremo. Pelearon por momentos y el cansancio en Sarakuti era demasiado obvio y en Inti apenas se veía una mínima gota de sudor. El dios se inclinó y comenzó de nuevo a vociferar, pero esta vez al agua; como aguas de mar lanzaron olas gigantes y estruendos, tal si algo enorme fuera a emergerse. Salió entonces del agua como si un muerto reviviera el ser que se esperaba, era Huma. Su aspecto era semejante a Sarakuti, pero colorido y lleno de vida. Lanzó unos rayos llenos de colores como arcoíris al corazón del diablo hiriéndole de sobremanera. Lo golpeó varias veces. Cuando estuvo a punto de matarlo, alcanzó el arma que le había robado al dios y le clavó en el corazón. Inti lanzó un lamento fuerte al cielo. Huma cayó casi muerto. Sarakuti se levantó victorioso hasta que vio al ente en el piso; en su brazo se alcanzó a ver una pulsera con ese icono bordado.

—¿Sofía? —gritó al cuerpo.

Se agachó a recogerlo, le arrancó la máscara y era ella, a duras penas mantenía abiertos los ojos. Huma puso la mano sobre la mejilla de Sarakuti.

—¿Alex? El me obligó a hacerlo, dijo que era la elegida. Perdóname, te amo —explicó llorando mientras sus ojos se cerraban y su mano caía de las mejillas del diablo.

En instantes su corazón dejo de latir. Alex recordó todo y empezó a llorar desconsolado mientras tocaba su cabello.

—¡Malditos! —gritó.

Puso al cuerpo en el piso.

Sus ojos se volvieron rojos y eran como luces muy fuertes. Su ira se elevó y se lanzó sobre Inti, como si su fuerza hubiera incrementado, tomó la alabarda y dio un duro golpe a su cuello, Inti comenzó a desangrarse, había sido herido con su propia arma. Corrió lo más que pudo al portal, y Sarakuti arrojó la alabarda al dios y le clavó en su espalda. Entonces cayó malherido cerca del portal. De entre la oscuridad apareció Wakon, alegre. Aplaudió a su hijo.

—Ahora eres mi heredero.

—¡Me hiciste matarla! —exclamó Sarakui.

—No sabía que a quien busca le hizo su hijo—respondió entre carcajadas.

Sarakuti recogió el arma de Inti y golpeó a Wakon. Este sacó su estólica y comenzó otra batalla. En una serie de ataques el arma de Wakon salió volando. Y con el arma de Inti le arrancó la cabeza, su cuerpo se desvaneció con un vapor denso y oscuro, desapareciendo. Un estruendo se sintió en el aire, asomó Amaru, al ver a su viejo amo muerto, se arrimó a Sarakuti y con una voz tenebrosa y grave le exclamó:

—¡Yapaychana tata! —que traducido significa, “Alabar al amo”.

El portal se cerró e Inti logró entrar llenando de sangre todo a su alrededor. El diablo tomó las dos armas, tomó a su esposa entre brazos, se montó en Amaru y este le llevó a su trono, que antes había sido de Wakon. Era un portal cercano al lugar que había sucedido los primeros altercados. Enterró a Sofía en una montaña, poniendo cristales a su alrededor.

Sarakuti ahora es demasiado poderoso y malvado, más diablo que humano y más Sarakuti que Alex. Se ha obsesionado en asesinar en Inti que sobrevivió a la última pelea.

La muerte de Wakon alarmó a los dioses, ya que su heredero ahora posee dos armas. Con las armas de los dos dioses más grandes, sus existencias quedan al límite. Se dice que en aquella cascada aún Inti busca un heredero, que destruya a Sarakuti. Aunque existe un ángel guardián, quien alguna vez fue esposa de un gran chico, que cuida a las personas que entran a disfrutar de sus aguas, de las manos de Inti.

Con el pasar del tiempo, Sarakuti hizo los pases con Wakon. Este lo aconseja desde el inframundo, lugar al que van los dioses muertos que no hicieron buenas obras con su poder. Desde entonces Wakon sonríe demasiado ya que su profecía se ha cumplido. Existe un heredero joven y poderoso, destinado y obsesionado con vengarse de Inti en la tierra de los vivos.


(Foto de portada de artículo de Dorothe. Tomada de: https://pixabay.com/en/background-forest-trees-digital-art-3390802/ )

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