home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 4 [4.4-20] Máscaras | Isabela Sánchez

[4.4-20] Máscaras | Isabela Sánchez

Por Isabela Sánchez

Llevaba cuatro días caminando. Era mediodía, y tenía suficiente comida que le servirían para seguir un par de días más, pero aún así, debía encontrar un lugar dónde quedarse. Después de tantos meses de trabajo, por fin decidió tomarse unas vacaciones. Había pensado irse de viaje a alguna parte en Europa… París, Madrid, Roma, pero no tenía suficiente dinero para pagar los pasajes. Pensando un día que podría hacer, recordó esa vieja mochila de su padre, suficientemente grande para guardar lo necesario, y suficientemente ligera para viajar. Optó entonces por un paseo aventurero.

A pesar de que había disfrutado del bosque, la fauna, las montañas y todas esas maravillas, estaba ya un poco cansado, y quería algo de compañía. Por eso fue, que al ver a lo lejos un conjunto de viviendas, apresuró el paso.

Llegó entonces a un pequeño pueblo. Habían niños corriendo y jugando por la vereda de las calles, mujeres paseaban y conversaban. Había negocios, tiendas con gente adentro, trabajando concentradamente. Después de haber estado caminando un rato, encontró un bar. Entró y solo se encontraban algunas mesas ocupadas.

—Buenas tardes —dijo al camarero.

—Buenas tardes, ¿qué le puedo servir? —respondió el camarero sonriendo.

—¿Me podría por favor dar un vaso de agua?

—Por supuesto. ¿Viene de un viaje largo?

El camarero cogió un vaso de una de las repisas, y después de servirle un poco de agua, se lo dio a Oscar. La expresión del camarero seguía igual desde que lo saludó, inmóvil, sonriente. Qué persona tan amable, pensó Oscar.

—Sí, llevo cuatro días paseando por el bosque—respondió Oscar, tomando del vaso.

—Ah, qué lindo. ¿Y cuánto tiempo se quedará aquí?

—No estoy seguro la verdad, si encuentro un hotel o cualquier lugar para hospedarme, pienso que hasta mañana.

—Ah, qué bueno, dos cuadras adelante encontrará un pequeño hotel, si le sirve —esa extraña expresión seguía estando ahí, se fijó Oscar.

—Sí, muchas gracias, iré ahí ahora mismo.

Volvió a agradecerle antes de salir y se dirigió al hotel. Lo encontró después de unos minutos y entró. Se dio cuenta que era un lugar agradable, se sentía cómodo. A la entrada se encontraba la recepcionista, la cual estaba trabajando concentrada. Al ver a Oscar entrar, su expresión cambió totalmente. Se parecía a la expresión del mesero, pensó Oscar. «No», se corrigió, «tiene la misma expresión del mesero». Era algo extraño.

—Buenas tardes señor, ¿en qué le puedo ayudar?

—Buenas tardes, quisiera un cuarto para esta noche.

—Por supuesto, un cuarto individual son $50.

—De acuerdo, me quedaré entonces solo por esta noche.

—Muy bien, si fuera tan amable de firmar aquí —sacó una hoja.

Después de firmar, le entregó a Oscar sus llaves y subió a su cuarto. Esa noche durmió mejor que nunca.

A la mañana siguiente, bajó a la recepción para pagar. La recepcionista le sonrió amablemente, y le recordó el precio. Oscar buscó en su mochila el dinero. Se demoró unos minutos buscando, no había necesitado su dinero en todo el paseo. Por un segundo pensó ver cambiar la expresión de la recepcionista, pero cuando la miró para decirle que un segundo, su cara volvió a tomar esa extraña expresión inmóvil y sonriente. Encontró su billetera y le pagó.

Salió entonces para seguir su aventura. Estaba listo para irse de ese pueblo que lo había recibido tan amablemente, pero antes decidió que debía despedirse del mesero que lo había atendido el día anterior. Mientras se dirigía al bar, notó algo extraño en toda esa gente que lo rodeaba. Todos tenían la misma expresión. Tenía el rostro inmóvil y sonriente.

No le puso mucha atención a tal observación. Llegó al bar y entró, todo se encontraba igual. Vio al mesero hablando con otra persona, probablemente algún cliente. Después de un momento, el señor con el que hablaba se retiró. Oscar aprovechó la oportunidad para despedirse, pero al ver el rostro del mesero, paró un rato. Esa expresión inmóvil y alegre del mesero, esa expresión que aparentemente se encontraba en todos los habitantes de ese pueblo, desapareció. Ya no era inmóvil, sus cejas se fruncían y su boca también, y sus ojos parecían estar llenos de furia, y miraban cómo el señor al cual había estado mirando amablemente unos minutos antes, se alejaba.

Un poco inseguro, Oscar se acercó al mesero. Enseguida, la expresión inmóvil y sonriente volvió.

—¡Buenos días señor! Espero que haya tenido una agradable noche.

Esta vez, Oscar no se sintió tan cómodo con ese comentario.

—Em, bueno, sí, la verdad, sí.

—Bueno, supongo que seguirá su camino ahora. Le deseo lo mejor —la expresión inmóvil seguía igual.

Oscar le agradeció y salió por la puerta con una extraña sensación. Mientras se acercaba a la salida del pueblo, observó por última vez a todos los que se encontraban fuera de sus casas, fuera de los negocios y volvió a ver esa rara situación que sucedió anteriormente con el mesero. Las personas que hablaban cara a cara, obtenían esa expresión inmóvil. Pero cuando esas personas se giraban, sus rostros se movían, sus ceños se fruncían, y sus labios murmuraban.

Hasta ahora se cuenta esta historia cuando se quiere explicar la hipocresía. Hasta ahora las personas no necesitan escuchar de esta historia para usar una máscara.


(Foto de portada de artículo de Sabina Genet. Tomada de: https://pixabay.com/en/mask-abstract-face-1089744/ )

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