home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 4 [4.4-21] El fin | Rafaela Peñaherrera

[4.4-21] El fin | Rafaela Peñaherrera

Por Rafaela Peñaherrera

 

Estaba sentado. Veía todo lo que estaba a mi alrededor. No podía creer todo lo que me había sucedido en los últimos días. De repente, mi corazón comenzó a latir de manera extraña. Comencé a escuchar un pitido dentro de mi cabeza, no había nada que lo callara.

Estaba en mi cama. Mi familia había tenido un trágico accidente y estaba completamente solo. No tenía padres, tampoco tenía hermanos, ni nadie a quien recurrir. ¿Cómo es que yo me salvé? Hasta ahora no lo entiendo. Sin embargo, aquí estoy.

Estaba comiendo cuando sonó el teléfono. Era un hombre con el que mi papá hacía negocios. Generalmente le compraba cosas de casa. Me habló con un tono tranquilo y sosegado. Tenía una voz muy profunda. Quedamos en encontrarnos horas después cerca del muelle.

Estaba caminando cuando un señor se me acercó y me pidió que habláramos. Su voz familiar llenó mi memoria de recuerdos y mis ojos se volvieron llorosos. Me dijo que le gustó mucho haber hecho negocios con mi padre, que lamentaba mi pérdida. Yo veía al horizonte, y deseaba estar allá, en medio del mar, sin nadie a mi alrededor.

Fue entonces cuando me dijo que mi padre le debía una cantidad desorbitante de dinero. Quedé pasmado. Yo no tenía nada más que la ropa que estaba puesto y un cuarto alquilado (hasta ese día) en un hostal. ¿Cómo mi padre debía tanto dinero? No lo sé. ¿Qué iba a hacer yo para pagarle? Tampoco.

Le quedé mirando sin saber qué decir. Me dijo que tenía dos días para pagarle, y que, si no, iba a torturarme hasta que consiga la plata. Empecé a caminar, sin rumbo alguno, preguntándome qué iba a hacer. «No tengo dinero, no tengo cosas que vender, no tengo familia, no tengo nada». Lo único que podía hacer en ese momento era esperar un milagro. Sentí un pedacito de metal entre mis dedos. Tenía veinticinco centavos en el bolsillo.

En ese momento, veo a un lotero. Cogí mis 25 centavos y compré un boleto. Aunque era ridículo, era mi única esperanza. El sorteo era en 4 días. Algo debía hacer para conseguir más tiempo. Se acabó el día y pasé la noche junto al mar, arrullado por el sonido de las olas que golpeaban contra el muelle. Buscaba dormir sobre la arena, pero cuando pensaba en lo que me habían dicho ese día, todo se volvía una pesadilla. El aroma que me rodeaba terminó por abrumar mis sentidos y hacerme dormir.

Pasaron los días. Faltaba media hora para pagar la deuda, y no encontré mejor solución que la de huir. Ya en el bus, dos personas inmensas pusieron sus manos en mis hombros. La siguiente parada bajé junto a ellos, un carro me esperaba afuera.

No veía nada, pero, acostado y apachurrado, pude sentir todas las piedritas que se cruzaban por el camino. Me encerraron en un cubículo diminuto, sin un ápice de luz. Pasé ahí un día entero, creo. Entonces me sacaron para ir al baño y tomar un sorbo de agua. Camino hacia el rio iban golpeándome con todo lo que podían, además de insultarme y amenazarme. Sus caras eran duras, tenían varias cicatrices.

En el río, comencé a ver lo que me rodeaba. No sabía donde estaba exactamente, pero podía notar que no debía encontrarme muy lejos de la playa. Me tiré. En medio del agua escuchaba las balas venir con fuerza hacia mi. No saqué mi cabeza por un buen tiempo, y cuando la saqué para tomar un poco de aire, lo único que escuché fue “mátenlo”.

Volví a hundirme. La corriente iba acelerándose. Subí a la otra orilla y empecé a correr sin mirar atrás. Llegué a la playa y corrí. Corrí, corrí, corrí. Me detuve en la primera casa que vi. Estuve escondido varias horas. La familia llegó, yo permanecí en completo silencio detrás de la casa.

Prendieron la tele, y en ese momento iban a anunciar los números ganadores. ¡4, 15, 7…! Me acordé del boleto que había comprado días antes, lo saqué. Cuando acabaron de decir los números estaba atónito, no podía creer lo que estaba sucediendo.

Un día después, me encontraba en la capital de mi país. Estaba acostado, tranquilo, rodeado de suaves almohadas y deliciosa comida del hotel más lujoso de la nación. Había huido a un lugar donde nunca me iban a encontrar. Mi vida, en las últimas 24 horas, había girado de manera drástica.

Estaba sentado. Era un salón hermoso, lleno de luces doradas y decoraciones lujosas. Ternos elegantes y vestidos costosísimos adornaban las personas del lugar. ¿Desea vino?, me ofrece un camarero. No digo nada, sólo miro. Personas, conversaciones, sonrisas, risas, comida, bebidas, música. Todo abunda en el lugar. Me preguntaba todo lo que había sucedido para que yo esté ahí en ese momento.

El color se hacía cada vez más intenso. El dorado de las paredes empezaba a cubrir todos los rincones del lugar. El sonido iba disminuyendo. Todo era luz, una luz intensa. Estaba borroso. Un sonido extraño comenzó a invadir todo el salón. Me dolía el pecho. Era un dolor insoportable. Se me amortiguó la mano. Abrí bien los ojos. Todo era diferente.


(Foto de portada de artículo tomada de: https://pxhere.com/en/photo/105591 )

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