home Mecánica del asombro, Volumen 4 - Número 2 [4.2-2] La pérdida del sentido: el riesgo de nuestra juventud temprana | Daniel F. López Jiménez

[4.2-2] La pérdida del sentido: el riesgo de nuestra juventud temprana | Daniel F. López Jiménez

Por Daniel F. López Jiménez

A principios de enero de este 2018, caminaba de la mano con mi esposa por las calles de New Orleans, en Luisiana. En las aceras del barrio francés tropezábamos con chicos y chicas tirados en el suelo, ya sea con un saxofón o con una guitarra, ambiente propio de la cuna del jazz. Lo llamativo no eran las melodías, sino que cada uno de ellos tenía un perro o hasta dos, y se exponían en la vereda para pedir algunas monedas.

Después de la abolición de la esclavitud muchas personas de color habían optado por vivir en la calle, porque no pudieron insertarse en los sistemas laborales y de seguridad social, y se había vuelto habitual verlos mendigando en las zonas turísticas del puerto, sin que nadie los notara.

Ahora el escenario era otro. Los chicos y chicas eran distintos. Se notaba en sus rostros la tristeza de la soledad, pero también cierta alegría de libertad. Sin embargo, rondaba en nuestra cabeza la pregunta sobre qué estaba pasando en esa sociedad. No eran unos pocos, eran decenas de chicos y chicas: ¿Sus padres sabrían dónde estaban? ¿Qué estaban haciendo?

Tal vez, ni siquiera deberíamos perder el tiempo preguntándonos cosas que simplemente pasan con los chicos y chicas en su juventud. Seguramente sería su ansiedad por conocer y viajar lo máximo posible, desde Argentina hasta Alaska, o desde la China hasta Londres. Seguramente no era sino la forma de viajar de trotamundos o hippies. No había nada de qué preocuparse, tarde o temprano regresarían a su casa.

Sin embargo, Víctor Frankl, revoloteaba en mi cabeza. ¿Qué pasaba con el espíritu de estos jóvenes? Parecía que estuvieran derrotados. Sus ojos –los que no estaban drogados–lucían perdidos, incapaces de buscarse. No parecían descendientes de la rebeldía juvenil, sino fantasmas derrotados, sin hambre de existencia.

Me resistía y me resisto a pensar que la contracultura de la década de 1960 finalmente triunfe con sus propósitos de derrumbar toda estructura tradicional: familia, religión, estado, democracia, moral o ética. No podía ser que, finalmente, la olla a presión hubiese explotado con todos sus condimentos, sean estos: el existencialismo de Jean-Paul Sartre y el feminismo antinatural de Simone de Beauvoir, el relativismo, el materialismo, el nihilismo, el constructivismo y todas aquellas corrientes que, de una u otra manera, nublan la dignidad natural del ser humano, y lo convierten en un mero sujeto de carne y hueso, sin alma y sin espíritu trascendente de vida.

Una cosa era intentar matar a Dios, como lo hizo Friedrich Nietszche; otra, muy diferente, matar a nuestros jóvenes, nuestros hijos. Dios puede cuidarse solo, y evidentemente la intención del filósofo fracasó. Pero nuestros jóvenes son vulnerables, están en formación.

Podría señalar que las corrientes de pensamiento filosófico han influido en nuestras jóvenes generaciones, pero también las propuestas artísticas, mediáticas, políticas e incluso pedagógicas.

Los jóvenes son esponjas de alegría, que confían en el otro, en el libro, en el amigo y en su profesor. Son seres indefensos aún que, a golpe de escultor, se tallan hombres y mujeres de bien.

El escultor, sin duda, son los padres y todo su entorno familiar. En mi opinión, los padres son precisamente, los que han faltado en las últimas generaciones, después de los sesentas.

Nuestros jóvenes, nuestros hijos, no tienen el mismo sentido de la vida que nuestros abuelos, porque no tienen hambre, no tienen necesidad de ser. Todo está hecho. No tienen que levantarse, porque no han caído. Solo tienen que elegir entre esto y lo otro, y eso no es libertad.

La vida cobra sentido, cuando entendemos la responsabilidad de mantenernos vivos de cara a Dios, y a su voluntad. Cuando perdemos el sentido de la vida, perdemos la vida en un salto o en una sobredosis.

Los padres han pretendido alejar a sus hijos del dolor, de la pobreza y del sufrimiento, despojándolos de toda responsabilidad, incluso de la responder por sí mismos.

El ser humano sin acción o sin contemplación, no se comprende. Debe pensarse y trabajar por ello. No se trata de soñar, se trata de trascender. Darle sentido a la vida es la búsqueda del ser, que requiere de la compañía de un buen maestro, que enseña sin egoísmo, que sirve sin agradecimiento. Los maestros deberían ser los padres. Entonces, la pregunta es: ¿Lo somos? ¿Dedicamos el tiempo en cantidad y en calidad a nuestros hijos? ¿Hablamos con ellos? Pero, sobre todo, dejamos que se esfuercen y descubran el inconformismo de su espíritu, o simplemente consentimos en todos sus caprichos, porque al final es la mejor forma de mantener nuestra comodidad.


(Foto de portada de artículo de Oleksy @Ohurtsov. Tomada de: https://pixabay.com/es/calle-ni%C3%B1a-toronto-joven-1026246/)

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