home Lenguas hemisféricas, Volumen 4 - Número 2 [4.2-12] Preludio a lo que no es música | Diego García Vela

[4.2-12] Preludio a lo que no es música | Diego García Vela

Por Diego García Vela

 

“La música clásica me la pone dura. Ya sé que para algunas personas esta no será una frase muy prometedora. Pero si quitan la palabra ‘clásica’, a lo mejor ya no está tan mal”. Con esta frase, que para muchos puede sonar un tanto sórdida del pianista James Rhodes, este da inicio a su obra maestra titulada Instrumental, libro donde describe su vida alrededor de la música, medicinas y locuras. Al igual que Rhodes, Chillon y Duch (2016) critican a la industria cultural por homogenizar el gusto del público y encaminarlo hacia el consumo desmesurado de uno de los “géneros musicales” más pútridos de la actualidad. Anota este:

“De acuerdo con Horkheimer y Adorno, la industria cultural funciona como una factoría homogeneizadora de formidable poder, uno de cuyos principales hechizos estriba en su habilidad para planificar y programar diferencias mucho más presuntas que reales”

Hay un género musical contemporáneo nacido del consumismo y del mercado de la industria cultural. Para serles sinceros en muchos casos he cometido errores ortográficos al describir a dicho género musical contemporáneo y aún sigo teniendo mis dudas, porque no sé si es: “reguetón” o “reggaetón”. Pues la verdad considero que, el no saber escribirlo bien me da un punto extra; si supiera que la forma correcta de escribirlo es “reggaetón” y que sus raíces provienen del “reggae” de Jamaica más el sufijo aumentativo “on”, solo a esta distinción frente a cualquier persona me podría estar convirtiendo en prosélito de este género musical.

Pero mi crítica al “reguetón” trasciende más allá de la ortografía, llega a lo social, a lo cultural, a lo colectivo, a lo cerril de sus letras. Se trata de un género musical que no necesita planificación, carente del nivel más mínimo de cultura, ausente del buen gusto. Sus letras reflejan la decadencia en picada de una sociedad que se deja amamantar en su diario vivir por los medios de comunicación que le entorpece el oído. Lo dicen también Chillon y Duch:

“Precursores de la crítica posmoderna de la «sociedad del espectáculo» –bautizada así a finales de los años sesenta del pasado siglo por Guy Débord– y agudamente conscientes del embrutecimiento que el consumo mediático fomenta, Horkheimer y Adorno sostienen que la Industria Cultural rebaja la exigencia artística y cultural al estadio de adocenada diversión, mediante el culto a la repetición, el estereotipo y el facilismo”.

¿Se puede decir lo mismo del reguetón? Incluso tomando en cuenta a dichos autores, sus letras parecen ser originadas por una indigestión masiva de la “cultura de medios”, sexo, denigración, machismo, misoginia, drogas y una serie descontrolada de pulsaciones del hombre que se relegan a la razón. Desde los orígenes históricos de la música, el ser humano tiene a su disposición el instrumento musical más antiguo afín a su existencia, la voz. La música es un arte; el arte debe crear y cuestionar, tener una filosofía que sea digna de ser debatible, no como el reguetón que únicamente se destina a desprestigiar y denigrar al ser humano rebajándolo en sus letras a los instintos más animales. Una evidencia de ello, desde el punto de vista filosófico es, según Chillon y Duch:

“La pseudocultura masificada produce y difunde cantidades ingentes de contenidos, pero cultiva con tanto énfasis el reduccionismo cognitivo y el antiestilo, la repetición de argumentos y de argumentaciones y la degradación estética, que tiende a proscribir tanto la actividad pensante como la labor imaginativa de los ciudadanos, convertidos en consumidores hechizados por la rutilante tecnología”.

Aristóteles mencionó que, para la educación juvenil, se necesitan cuatros cosas útiles; la lectura, la escritura, la gimnasia y la música. Consideraba a esta última como uno de los factores principales para armonizar el descanso del ser humano, que debe buscar más el ocio que el trabajo. ¿Qué clase de ocio es si escuchamos reguetón en nuestro tiempo libre? ¿Qué podemos aprender acerca de un género que únicamente escupe palabras sin sentido? ¿De qué libertad hablamos si al escuchar esta música lo único que provocamos es encadenarnos cada vez más a la ignorancia, opacando nuestro pensamiento, anulando nuestro nivel de criticidad? La música es una expresión de libertad que refleja la capacidad mental del ser humano para crear y transgredir. La música es aprehensión a través de los sentidos. El ser humano busca transmitir sus pasiones a través de ella.

No es por una mera casualidad que el reguetón refleja algunas de las realidades más impactantes en la sociedad: robo, violencia, consumo de drogas, abuso de sustancias, machismo; todas estas palabras se asocian con este “género musical”. La conciencia colectiva es uno de los géneros acuñados por Weber para definir a lo común: “lo común a cierto número de hombres, cuando un cierto componente causal es a cierto número de hombres”. Se podría decir que el reguetón es una especie de enfermedad común. Basta con ver en la sociedad quienes son las personas que suelen escuchar o a quienes no hay que juzgarles porque son víctimas de un problema aún más grave que el reguetón, la ignorancia colectiva originada por los medios de comunicación masiva. Chillon y Duch nos dicen:

“El habla de los locutores, cronistas, guionistas, entrevistadores, publicistas, propagandistas y reporteros —objeto de adoctrinamiento en las primeras escuelas de Periodismo y en las actuales facultades de Comunicación, no se olvide— es cotizada por las empresas mediáticas y por sus públicos en proporción directa a su capacidad para infundir semejante ilusión”.

La industria cultural ha sabido, muy bien, introducir el reguetón y enfocarse a ciertos sectores sociales, promocionándolo como un “género musical” que no necesita alguna crítica para ser comprendido, y que otorga a sus oyentes una satisfacción inmediata que no les produce reflexión alguna. Pero esto no sucedería si fuese de igual manera con la música clásica, género de géneros musicales, que despierta pasiones y que aumenta las capacidades del ser humano, por demás, música que transmite libertad a quién la escuche. Chillon y Duch se refieren así, al gusto estético:

“Entendido como «finalidad sin fin» por la estética idealista, de acuerdo con la conocida definición kantiana, el arte habría sido devorado por los fines del mercado; su valor de uso, reemplazado por su valor de cambio; y sus metas liberadoras, sacrificadas en aras de la distracción y la relajación a ultranza”.

Recuerdo que mi abuelo decía que un ser humano debe hacer tres cosas en la vida; plantar un árbol, aprender a bailar y escribir un libro. De estas tres cosas solo he podido realizar una: planté un árbol, el cual es un símbolo de vida; me falta escribir un libro que refleje un cierto grado de cultura y, por último aprender a bailar, pero bailar buena música.

Bibliografía

Chillon, A. & Duch, L. (2016). Sociedad mediática y totalismo. Antropología de la comunicación. Barcelona: Herder.

Rhodes, J. (2015). Instrumental. Barcelona: Blackie Books.

Weber, M. (1979). Economía y sociedad. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.


(Foto de portada de artículo tomada de: http://meencantaleer.es/instrumental-james-rhodes/)

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