home Desciframientos, Volumen 4 - Número 2 [4.2-17] Pupilas grises | Daniela Calle

[4.2-17] Pupilas grises | Daniela Calle

Por Daniela Calle

 

En sus pupilas grises, se ve reflejado el pasar de los años y la lucha constante. Se refleja todo lo que quisieran haber podido llegar a ser y la impotencia de no haberlo logrado por su desventaja ante los demás. Sin embargo, se puede sentir el amor incondicional y las ganas de salir adelante, esas ganas que los motivan cada día a levantarse y hacer lo que más les gusta: entonar las melodías clásicas de nuestro país, los pasillos. Acompañados de un acordeón, un amplificador y una melodiosa voz; José y Carmita, su esposa, van todas las mañanas al centro histórico de Quito, su segundo hogar.

Ellos se levantan en la mañana a tomar agüita de panela, un pan y, a veces, cuando tienen una buena semana, huevos para acompañar. Ambos, tienen un bastón que los ayuda a guiarse por las calles de la ciudad. Carmita, es quien lidera el paso, mientras que José carga los instrumentos. Caminan unas cuadras desde su humilde hogar para llegar a la calle en donde pasan todo el día; siempre tienen problemas al llegar, pues la gente no es considerada con ellos. De todas maneras, eso no les quita la sonrisa de su rostro y las ganas de encantar a las personas con su calidez.

Al llegar a este lugar, la calle Chile, que José llama su “oficina” –porque la considera parte de su vida y de su historia hace ya 20 años–, sacan una pequeña silla, en la cual Carmita se sienta para empezar a cantar. Ponen su amplificador frente a ellos y encima de este, una pequeña alcancía, en la que depositan todas sus esperanzas. José conecta su acordeón al amplificador y empieza su día. José toca el acordeón y Carmita entona los versos con una dulce voz. Pasan todo el día cantando y entusiasmando al público con sus melodías. Sus ganancias no son muchas monetariamente, pero viven experiencias únicas con el público que se detiene a escucharlos. Sin embargo, atraviesan muchos problemas a diario, tienen conflictos con personas que los menosprecian; incluso una vez estuvieron a punto de agredir a José. Ellos sufren mucho, pero es su única forma de ganar dinero.

Tienen sueños que no pueden ver ni alcanzar, ya que son en cierto punto, una fantasía. Sueñan con que un día puedan tener lo que siempre han deseado y vivir en una casa de verdad. Esta es su realidad, algo que está latente en sus vidas.

En la tarde, ellos deciden ir de vuelta a casa y siguen el mismo camino que en la mañana. Pero esta vez, pasan por la plaza y muchas veces ya no escuchan tanta bulla, solo escuchan el aletear de las palomas y, a veces, ciertos artistas que están coreando su música por ahí. Caminan muy lentamente y con mucho cuidado de tropezar y van de regreso a casa. Al llegar a casa guardan sus instrumentos, comen algo ligero y van a dormir.

Muchas veces José siente que ve el destellar de la luna, pero a medida que pasan los años, ya no ve más. No puede contener las lágrimas, está cansado de la vida que le tocó vivir, cansado de ser una persona no vidente a la que nadie toma en cuenta. Según ellos, las personas no videntes están condenadas a vivir así, solos, y con lo justo.


(Foto de portada de artículo de Mabel Amber. Tomada de: https://pixabay.com/es/hombre-mujer-personas-ancianos-3199386/)

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