home Desciframientos, Volumen 4 - Número 2 [4.2-18] “Somos iguales porque somos guerreras” | María Cristina Cárdenas

[4.2-18] “Somos iguales porque somos guerreras” | María Cristina Cárdenas

Por María Cristina Cárdenas

 

La vi entrar a la cafetería. Me llamó la atención la forma como estaba vestida. Una mujer que camina muy segura de sí misma, sin miedo a las miradas o a lo que podría decir la gente. Se me acercó con una sonrisa tierna y me dijo:

—“¿Cris?

Asentí con la cabeza y ella me saludó muy cordial.

Me reconoció porque vía mensajes de texto acordamos que yo llevaría una bufanda verde esmeralda y ella otra de color salmón. Ver a una mujer tan tranquila y segura de sí misma, me hizo cuestionar cómo después de sufrir abusos, desde muy pequeña, se puede poner un vestido corto y caminar por la calle cuando sabe que en nuestra ciudad los hombres son patanes y les gusta mirar sin problema.

—¡Qué gusto conocerte! —me dijo mientras me abrazaba.

—Pidamos café. El cappuccino es muy bueno aquí y así te cuento más en confianza mi vida.

Empezamos a hablar acerca de ella, sus problemas, sus sueños y metas. Pude percibir que es una mujer muy sensible, que le importa la gente que le rodea pero que también toma sus distancias cuando no se siente segura porque me contó que es bastante sobreprotectora con su hermana y prima, pues teme que alguien sin escrúpulos pueda hacerles daño. Me dijo que para ella no es fácil abrirse a la gente, en especial porque después de lo que ha vivido le cuesta mucho confiar en gente nueva en especial en hombres. Es una chica inteligente y dedicada, estudia cine y está a poco de graduarse de la universidad. Quiere emprender proyectos y le entusiasma ser una mujer que escogió una carrera poco convencional todavía en el país.

—Ya sabes lo difícil que es ser mujer, si haces las cosas como muchas chicas te dicen “todas son igualitas” y yo sinceramente no me ofendo, aunque lo digan de forma despectiva.

—¿Qué les respondes cuando te dicen eso? —le pregunté curiosa.

—Que sí, que todas somos iguales porque somos guerreras. Todas nos levantamos de tantos golpes que nos da la vida.

Cuando llegamos a conversar acerca de lo que le sucedió, su rostro cambió. Se puso un poco tímida al inicio y los ojos se le llenaron de lágrimas. Muy valiente tomó aire y empezó a relatarme todo con detalle. Es claro que no es un tema fácil de abordar, pero también era evidente que quería desahogarse con alguien que ha vivido cosas muy similares a ella. Una gran conexión se dio entre nosotras. Por primera vez me identifiqué con alguien de esa manera, pues es un tema que no se topa con todo el mundo. Ella sabía que jamás la juzgaría y yo me sentía igual: las dos fuimos abusadas y ahora estábamos ahí, afrontando esos episodios de nuestra vida que, aunque pase el tiempo nos duelen, nos desgarran el alma, pero también nos empoderan, nos hacen valorar lo que somos y que ser mujer es cosa de guerreras.

—Yo estoy orgullosa de ser mujer. Cada una de mis cicatrices me han hecho lo que soy —sollozó.

La historia comienza así: era un día común y corriente; Lizbeth, de 8 años estaba en su casa jugando con sus muñecas. Escuchó a su madre Carmen hablar por teléfono con Beatriz, su mejor amiga desde el colegio. Lizbeth, como era muy curiosa, oyó la conversación entre ambas amigas que quedaron en verse al día siguiente. Liz estuvo muy emocionada de ver a Beatriz y sus dos hijos, pues los conocía desde siempre. Al día siguiente, Carmen, Liz y su hermana Ana, esperaron con ansias la llegada de sus amigos.

A las 2 de la tarde llegaron justo para el almuerzo. Todos muy felices se sentaron a comer. Carmen y Beatriz no pararon de conversar de sus malos amores, de los problemas con los padres de sus hijos, etc. Los cuatro niños subieron como siempre a jugar y pasarla bien. Las horas pasaron. Carmen propuso a Beatriz que ella y sus hijos pasaran la noche en casa. Los niños emocionados decidieron hacer una “pijamada” y como era costumbre para ellos, sortearon con el juego “piedra, papel y tijera” quienes dormirían en el colchón instalado en el piso y quienes en la cama. Después de varios intentos a Ana y a Camila les tocó dormir juntas en el piso y a Liz le tocó dormir con David en la cama. Ya eran como las 2 de la mañana, cuando, rendidos de tanto jugar, se dispusieron a dormir.

En la habitación hubo un silencio sepulcral. Pese a la hora, Liz todavía no pudo conciliar el sueño y estaba acostada viendo el techo lleno de estrellas fosforescente que tenía su cuarto. David le preguntó si estaba despierta y ella asintió con la cabeza para no despertar a su hermana. Él le dijo que metieran la cabeza bajo las cobijas para jugar un juego que él conocía. Liz como no tenía sueño aceptó. Él le preguntó si le gustaba algún chico y Liz le dijo que sí, que había un niño llamado Nicolás, el cual vivía en su conjunto y que eran como mejores amigos, pero nada más. David le preguntó: “¿Sabes besar?” Liz muy tímida le contestó que no. Después de esa pregunta se sintió bastante incómoda pues ella era apenas una niña y eso todavía no estaba en sus planes. David que en ese entonces tenía 13 años, se acercó y la besó.

—¿Trataste de pararle, de alejarte de él?

—Me moría de miedo, quería gritar, pero la voz no me salía. Cerré mis ojos y le permití hacer lo que quiso conmigo.

Liz no entendía nada. Su cuerpo se paralizó, después de que David le dio el beso. Ella se volteó y, confundida, se hizo la dormida. David la abrazó y por el rostro de Liz, rodaban lágrimas. Él la besaba en el cuello y, poco a poco, pasó su mano por el cuerpo de Liz. La manoseó sin importarle nada. Lizbeth no durmió en toda la noche, solo vió a su hermana dormida en el piso; no paró de llorar en silencio, pues supo que lo que había ocurrido no estaba bien.

Al ser aproximadamente las 6 de la mañana, Liz se levantó al baño y se sentó a llorar. Tras algunos minutos su hermana fue al baño también y le preguntó qué era lo que le pasaba. Ella solo pudo decir: “me duele el estómago, quiero vomitar”. Cuando los cuatro bajaron a desayunar, David le cogió el brazo y le dijo muy enojado a Lizbeth: “Si le dices algo a tu hermana o tu mamá, te mato”. Ella se quedó muy asustada y jamás le contó a nadie. Cuando Beatriz y sus hijos se marcharon luego del medio día, Liz al fin pudo respirar en paz. Era domingo y Liz tenía la costumbre de andar en bicicleta o ir a los columpios con Nicolás. Cuando el timbre sonó en su casa, su corazón se detuvo. Su hermana bajó corriendo a abrir la puerta y se encontró con que Nicolás buscaba a su hermana.

—Me dolía el alma, me avergonzaba ser yo, ser mujer. Me decía a mí misma: “quisiera ser niño”.

Lizbeth, desde las gradas aterrorizada, le dijo en voz baja a su hermana que le exprese que no puede salir. Desde ese día ya no sintió más interés por Nicolás, no quería hacer otra cosa que estar en su casa y jugar sola con sus muñecas. Se alejó mucho de su hermana, Ana.

Liz nunca le contó a nadie y así pasaron los años. Cuando su mamá se veía con su amiga, no se despegaba de ella y hacía que su hermana esté también a la vista. No quería que a su hermana mayor le sucediera lo mismo. David la veía y trataba de acercarse, pero Liz tenía el alma tan rota que ni le regresaba a ver: le tenía pavor.

Liz fue muy pegada a su papá desde pequeña. Él fue al único hombre que no le tenía miedo porque ella, incluso cuando veía a sus tíos o a sus primos, no podía evitar sentir que ellos le podrían hacer lo mismo. Evitaba tener contactos físicos con hombres, al único que le dejaba que le abrace era a su papá. No le gustaba que trataran de cargarla en brazos o que hubiese contacto visual.

Luego de lo sucedido con David, le ocurrió algo peor. El primo en segundo lugar de su madre, llamado Carlos, también abusó de ella varias veces. Este chico, en ese entonces, tenía 15 años, y Liz ya había cumplido 9. Su madre iba donde su tía abuela bastante seguido, siempre llevaba a Ana y Lizbeth. Carlos le decía vamos a jugar a las escondidas y cuando era el turno de Ana de buscarlos, él se escondía con Liz. La manoseaba y hacía que ella le tocase sus partes íntimas.

—Desde que David abusó de mí no confiaba en ningún hombre. Mi papá era el único que me hacía sentir segura. Él me daba la esperanza, sin si quiera saberlo, que aún existen hombres buenos.

—¿No podías tener una relación de amistad con algún niño o chico?

—La verdad no. Odiaba estar cerca de niños y, ni siquiera, se me cruzaba la idea de jugar con ellos. Recién a mis 15 años pude besar a alguien por cuenta propia sin sentir miedo.

Lizbeth se resignó, sentía que solo servía para eso. Para que la tocaran sin su consentimiento, Liz ya no lloraba, solo se quedaba estática y veía fijamente hacia algo para olvidarse que estaban abusando de ella en ese momento. Tenía miedo porque Carlos era más grande y todos los adultos le adoraban. Ella se preguntaba a sí misma: «¿Quién va a creerme?», pensaba, «mi papá le golpearía a Carlos hasta cansarse» y mejor callaba porque su situación familiar, es decir padre y madre no era la mejor. Con el tiempo Carlos creció y ya no buscaba “jugar” con ella.

—Tu familia puede causar mucho daño. Yo no conté a nadie lo de Carlos porque seguro él lo negaría. Cuando eres mujer es mejor callar y mirar a otro lado porque si no te dicen que tú lo provocaste.

—¿Algún momento sentiste que tú lo provocaste?

—Lo pensé, y muchas veces, pero mientras iba creciendo sabía que mi pecado era haber nacido mujer. La única provocación que pude haber hecho es darles mi confianza.

En la escuela Liz jugaba con sus amigas, pero no le importaban mucho sus compañeros varones. Con el paso de los años fue tratando de olvidar todas sus malas experiencias, pero no pudo, simplemente las escondió en el fondo de su corazón.

A sus 15 años dio su primer beso consentido con un chico al que ella consideraba guapo, pero realmente no se conocían mucho y las cosas quedaron ahí. En el colegio empezó a “vacilar” como las chicas de su edad. Conoció a Mateo, un chico un año mayor que era uno de los mejores amigos del novio de su amiga Daniela. Se enamoró como loca, nunca pensó que podría enamorarse y dejar de temer a los hombres. Su noviazgo era bonito, implicaba un avance para ella, pero al mismo tiempo Mateo quería más de lo que ella podía darle.

Mateo varias veces insinuó querer tener relaciones con ella. Liz estaba tan enamorada que, después de 2 meses de noviazgo, intentó complacerlo. Mientras estaban en su cuarto besándose, él la acostó y quiso tratar de sacarle la blusa mientras le tocaba. A Lizbeth, mientras todo esto sucedía, se le vinieron a la cabeza imágenes y sensaciones que le recordaban los momentos de abuso que vivió. No pudo contenerse y lloró desconsoladamente. Cuando se logró tranquilizar, Mateo preocupado y asustado le pidió explicaciones para lo que había sucedido. Le dijo: “Yo no quise que te sientas forzada, no quería hacerte daño. Dime qué te hice.” Y fue ahí cuando Liz se llenó de valentía y fue a la primera persona que le contó lo que le había pasado. Mateo no pidió detalles, solo la abrazó. Estuvieron juntos cinco meses, pero nunca tuvieron relaciones sexuales. Poco después, Liz conoció al verdadero Mateo. Le había sido infiel, le había mentido varías veces y hablaba con otras chicas. Todo esto se enteró después de terminar, Lizbeth durante casi dos años estuvo en depresión y no podía olvidarlo. Incluso Mateo cada vez que le daba la gana le escribía o llamaba para verse, pero siempre con fines sexuales. Poco a poco ella se alejó, él se metió con dos amigas suyas y después de mucho dolor y desilusión pudo superarlo, pero hasta hace poco aún pensaba en él. Su primer amor y el que más le destruyó.

—Por el Mateo yo daba la vida. Lo amé tanto que olvidé lo que tanto trabajé durante años, el amor por mí misma. Él me dañó incluso más que David y Carlos. Ellos tocaron mi cuerpo, pero él rompió mi corazón, la primera ilusión de encontrar al amor.

—¿Y los has vuelto a ver? ¿Todavía sientes algo?

— Sí, lo he visto un par veces porque tenemos amigos en común. Es el típico chico que se cree todo un galán, pero es un perro. Gracias a Dios ya no siento nada por él. Me da pena porque es un hombre sin metas, que trata de acostarse con todas las que puede y les hace creer que está enamorado. Con las dos amigas mías con las que se metió, les hizo más daño que a mí.

A poco tiempo de graduarse del colegio, Liz conoció a un joven. Su nombre era Benjamín. Se conocieron por un amigo en una discoteca y Liz sintió una conexión única. Salieron durante meses: fue todo un caballero. Salían a comer, hablaban mucho y poco a poco se fueron enamorando. Benjamín le dio el primer beso a Liz en la fiesta de graduación de ella. Luego de seis meses de salir, se pusieron de novios. A los meses de novios, tuvieron relaciones por primera vez. Ella se sentía amada, valorada y hasta el día de hoy se siente así. Él la hace sentir segura; se convirtió en su mejor amigo y su apoyo. Ya llevan casi tres años juntos y hace poco le contó que de pequeña fue abusada sexualmente, Benjamín no podía creerlo, pero ha sido incondicional con ella. Le ha demostrado que la ama y siempre le manifiesta su admiración.

—Benja logró hacerme sentir lo que es amor de verdad. Me ha hecho valorarme más.

Liz, ahora con 22 años, asegura que está en la etapa más bonita de su vida. Se siente hermosa y valora todo lo que es, tanto lo bueno como lo malo. Sus cicatrices solo la han hecho más fuerte y segura de su feminidad. Ella pensaba que el amor nunca llegaría a su puerta, que no era digna de sentirlo o de vivirlo. Está feliz porque con el tiempo ha podido sacar todo ese resentimiento que lleva su corazón. No cree en el feminismo, pero sí en la igualdad de género. En Ecuador, 15 denuncias de violación se realizan diariamente, pero son cientos las mujeres que sufren en silencio. Al igual que muchas mujeres, Ecuador quiere que exista igualdad de género y que los hombres dejen de desvestirte con la mirada.

—Quiero salir a la calle y que todas las mujeres nos podamos sentir seguras de caminar solas, de ponernos lo que deseemos sin que los hombres digan que les “provocamos” y por eso nos pitan o nos lanzan piropos.

Después de lo que ella ha pasado, se ha convertido en una mujer de carácter fuerte, que no se deja pisotear de nadie. Sigue trabajando en aceptarse a ella misma y en perdonar a sus agresores. A David no lo ha visto en años, pues vive en Suecia y a Carlos lo ve bastante seguido, pero ha sabido manejar la situación. A pesar de todo, tiene una sonrisa en su rostro y trata de ayudar a mujeres que sabe se encuentran en situación de abuso o violencia intrafamiliar. No quiere ser vista como una víctima sino como una guerrera que lucha por lo que cree y por lo que es.


(Foto de portada de artículo de StockSnap. Tomada de: https://pixabay.com/es/personas-mujeres-hablando-risa-2567915/)

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