home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 2 [4.2-19] La ruta 66 | Henry Bäx

[4.2-19] La ruta 66 | Henry Bäx

Por Henry Bäx

 

(Colaboración especial para la revista Punto Tlön)

Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: “El pergamino perdido”, “El psíquico”, “El libro circular”, “El último siloíta”, Hungarian Rhapsody”, etc.


No recuerdo con exactitud, pero creo que eran las tres de la mañana. Afuera llovía con tal furia, que parecía que el cielo se había roto. Viajaba hacia la ciudad de Guayaquil en un autobús interprovincial; la unidad de transporte iba medio llena. El asiento de mi lado estaba desocupado; ya habíamos pasado Tandapi y estábamos a poco tiempo para llegar a Santo Domingo. Un sueño narcótico se apoderaba de mí y a ratos dormitaba. En eso, el carro se detuvo. La gente en el interior no reaccionó. Daba la impresión de que nadie notó que el enorme transporte paró. Afuera, la pertinaz lluvia no dejaba de arreciar y unos furiosos relámpagos caían. Una densa niebla no dejaba ver con claridad el camino. La puerta de la unidad se abrió y recogió un pasajero. Molesto, grité al conductor.

—¡Cómo es posible que recoja un pasajero a estas horas en plena carretera, puede ser un ladrón, por favor, sea más prudente!

Pero el chofer hizo caso omiso a mi reclamo, y continuó su marcha. Luego de unos minutos, y amparado en la densa oscuridad, el nuevo pasajero se acomodó en el asiento de mi lado. Su brazo húmedo rozó mi saco. Sentí una humedad tibia y pegajosa que se adhirió a mi prenda de vestir. Estaba mojado, y no era para menos, con la pertinaz lluvia que caía en esos instantes. Pero preso del letargo propio del sueño, preferí no decir nada y traté de conciliar mi descanso. La mañana siguiente tenía que hacer infinidad de cosas en Guayaquil; cuestiones de negocios me llevaban a esa urbe al menos tres veces por mes. Una jornada fatigosa me esperaba y tenía que tratar de estar lo más descansado posible. Pero fue inútil, puesto que mi compañero de viaje empezó a hablar, era como si tratara de entablar una conversación conmigo. Me dije a mí mismo, a estas horas conversar, es una locura. Ignoré sus constantes requerimientos y me concentré en lo mío. El bus continuaba su marcha, y la lluvia no dejaba de caer. En un momento dado, mi compañero de viaje comenzó a decir:

—Mi esposa se molestará conmigo; no, no me perdonará por lo que hice. No sé qué sucederá ahora. Cuando le diga lo que pasó, no querrá comprender.

Traté de ignorar sus comentarios y, debo admitir, cometí una imprudencia. Pegué mi codo al de él, como para que comprendiera que se callara. Pero fue inútil, él continuaba hablando.

—El sábado es nuestro aniversario. No sé qué voy hacer. Se pondrá furiosa.

Una vez más, traté de llamar su atención, y de nuevo intenté la treta del golpe, pero esta vez con más vigor. Pero seguía hablando solo, era como si estuviese conversando consigo mismo. Preguntándose y contestándose a la vez.

—Es terrible todo lo que ha pasado, ella no me va a comprender. ¿Y si el digo que fue una equivocación? A lo mejor comprende y el problema puede quedar resuelto. No, no todo es malo, yo puedo sacar una valiosa lección de todo lo que pasó. Estoy seguro que puedo tener una nueva oportunidad. Después de todo, todos merecemos una segunda oportunidad en la vida y yo merezco una nueva.

De nuevo, intenté el golpe, pero parecía que no sentía mis amonestaciones. Era como si el hombre no atendiera mis reclamos. Seguía hablando. Esta vez, su voz se tornó gruesa y cavernosa. Como impersonal.

—Nadie sabe lo que el destino nos depara, a veces planeamos algo, pero no caemos en cuenta de que estamos a merced de un rumbo cruel y necio que no comprende de nuestras prioridades. La vida es tan frágil que muchas veces no reparamos en lo que hacemos.

Estaba harto de toda su obcecada conversa, y me parecía que a nadie en el trasporte le importaba nada, puesto que ningún pasajero reclamaba. Cómo era posible que no haya reclamo alguno, luego de tantas irregularidades; primero, el conductor lo recogió en medio de la nada, luego, el supuesto pasajero, empezó a distraernos. Un sopor me sobrevino de la nada y me dije a mí mismo, y si fuera un ladrón que está tratando de ganar tiempo para distraernos y asaltarnos. Era muy común este tipo de accionar de los malhechores, y según se había escuchado en las noticias, muchos actuaban en complicidad con los choferes. A lo mejor la unidad se desviaría en alguna guardarraya, y procederían a someternos. Mil cosas vinieron a mi cabeza, a ratos no sabía si poner en alerta a los demás pasajeros o tratar de bajar y escapar. Pero la lluvia, lejos de amainar, caía con más furia que antes, y la niebla, junto con la oscuridad, hacía al carretero más peligroso. Supuse que, si fuesen ladrones, tendrían los mismos inconvenientes que nosotros. Me calmé. Mi compañero de viaje seguía con su absurda charla. Aquella de las preguntas y respuestas.

—Mañana tengo que hacer tantas cosas. Espero que este terrible inconveniente no sea un cruel pretexto para que todo lo planeado se venga abajo. ¿Si tan solo pudiera retroceder el tiempo unos segundos? Estoy seguro que puedo hacerlo. Sí, esa es la solución.

Mi paciencia se colmó. Harto de aquel monólogo absurdo le dije:

—¡Es que no piensa callarse! El día de mañana tengo un día muy agitado en Guayaquil, por favor, déjeme dormir, ¿sí se ha fijado? Ahora son las tres y cuarenta de la madrugada, necesito dormir.

Una vez que le hablé, me sentí más aliviado. Noté que su cara estaba acongojada, como si en su faz, se almacenara la más terrible tristeza. Sí, era un rostro alicaído difícil de olvidar. Sus ojos estaban como apagados. Asimismo, me fijé que su cabeza estaba como mojada, parecía que, de sus cabellos, mechones negros como la noche, se escurrían todavía unas gotas de agua. Y no era para menos, si allá afuera no dejaba de llover con esa furia tan extraña y malvada furia. El hombre, en un momento dado quiso ignorarme, pero me contestó con congoja.

—Lamento mucho si he sido grosero con mis palabras, y si eso le ha causado molestias, pero la verdad es que estoy en un gran dilema.

—Mire amigo, me va a disculpar, pero sus dilemas ahora no me interesan, le pido que me deje dormir, o si es el caso, bien puede acomodarse en otro asiento y charlar con otro pasajero.

El hombre, miró hacia atrás, pero parecía que tampoco hallaría quien le escuchara. Volvió a insistir y me dijo con aquella voz melancólica.

—Es inútil, pero creo que nadie me pueda ayudar, yo supuse que a lo mejor usted…

—Se ha equivocado —le interrumpí, está vez molesto—, le pido que me deje en paz.

El sujeto, con una voz que parecía se desvanecía como el tiempo y la misma oscuridad, atinó a decir:

—Cuando subí, decidí sentarme a su lado porque supuse que me podría ayudar.

Mi paciencia se agotó. Estaba por decirle algunas groserías, pero algo me detuvo. La densa noche, se interrumpió con unas extrañas luces que se veían en la lejanía. Estas tenían la apariencia de luces intermitentes como las que utiliza la policía.

El autobús cesó su marcha, puesto que unos autos que estaban más adelante empezaron a formar una columna. Conforme avanzábamos, el tráfico se hizo más lento. La lluvia seguía con su furia, y las luces de los patrulleros, cortaban como si fueran cuchillos, aquel tétrico túnel de negritud. Poco a poco, se fue definiendo una escena grotesca; los demás pasajeros, finalmente empezaron a despertarse y a asomarse por las ventanas del vehículo para ver aquel suceso sobrecogedor. Rendido, y resignado a no dormir y, aconsejado por una morbosa curiosidad, también decidí ver qué es lo que había ocurrido. Un brutal accidente de tránsito había sucedido. Un enorme tráiler estaba parado a un lado de la carretera y, como si fuera un cuerpo extraño, estaba incrustado un pequeño auto en la parte delantera. Los policías estaban tratando de dar tránsito a los autos en las dos direcciones, para que, de alguna manera, fluyeran los carros. Había un policía con un radiotransmisor, que insistentemente hablaba. De seguro pedía el auxilio de una ambulancia. Al pasar cerca del trágico accidente, noté que había un desdichado sobre el asfalto. La verdad no quise ver, pero una inexplicable curiosidad que no puedo explicar hizo que siguiera mirando.

Mis ojos se abrieron con asombro y terror, el sueño que, en principio, se quería apoderar de mi consciencia, me abandonó. Huyó como un animalillo asustado. Mi rostro se desencajó y un indescriptible miedo comenzó a recorrerme. Quise por un instante convencerme de que estaba soñando, pero era inútil. Todo era una cruel y horripilante realidad. Mi razón me abandonó y sentí que mi cerebro se encogía; era como si una mano malvada y maligna me atrapara y me arrastraba hacia un mundo lleno de hostilidad y maldad. A un infierno lleno de seres espeluznantes. Traté de reaccionar, como convenciéndome de que estaba poseído por una horrenda pesadilla. Pero era en vano, sí, en efecto, lo que vi, era total y espantosamente verídico. El hombre que yacía sobre el piso, y cuyo rostro estaba maculado de un manto sutil color escarlata, era mi compañero de asiento. Su rostro alicaído era inconfundible. Lentamente regresé a ver a mi acompañante, como albergando una frágil esperanza, y tratando de convencerme de que me había equivocado. ¡A mi lado no había nadie!

Espantado grité, presa de un horror, hasta ese día desconocido; volvía a gritar. Grité hasta que las luces del pasillo se encendieron. Más de un curioso se acercó a mi lado para ver qué me sucedía. El ayudante del conductor se me acercó furioso, y sin ningún tipo de gentileza, me dijo:

—Hombre, qué rayos le pasa, parece que alguien le estuviera matando.

Pero mi temor apenas comenzaba, cuando el sujeto se me acercó, noté que él también se horrorizó, en sus ojos se dibujaron un desconcierto y hasta daba la impresión de que brillaban con más intensidad. Espantado exclamó:

—Santo Dios, ¿qué es lo que le ha sucedido?

Mientras decía eso, no dejaba de señalarme con uno de sus dedos. Era como un dedo maligno que no dejaba de acusarme. Los demás pasajeros, miraron hacia mi brazo, y un solo grito de espanto y asombro inundó aquel silencio que reinaba allá afuera.

Mi brazo estaba manchado de sangre, y unas pocas gotas intrusas, incluso, habían salpicado mi rostro. Al ver eso, grité, y me levanté asustado; trataba de limpiarme con desesperación, como si aquella mancha escarlata fuese un enjambre de algún insecto desconocido que quería poseerme.

Al volver en mí, desperté en un lugar que desconocía. Vestía un traje blanco, y estaba acostado en una cama y, además, sujetado con unas correas sobre mi cuerpo. Estaba inmovilizado. Un recuerdo vino enseguida a mi mente. Una voz lejana lentamente empezaba a tomar forma en mi cabeza. Unas palabras, al principio, vagas y casi sordas, resonaban con más claridad. Estás no dejaban de decir:

—Cuando subí, decidí sentarme a su lado porque supuse que me podría ayudar.

No, no podía ser, un muerto había conversado conmigo aquella noche.

Y esas palabras, de a poco, se tornaban más toscas y crueles, incesantes y terribles. Esa voz se transformó al poco tiempo, en un trueno que no dejaba de atormentarme. Y se repetía constante:

—Cuando subí, decidí sentarme a su lado porque supuse que me podría ayudar.

Grité, pidiendo ayuda, quería calma, dejar de escuchar aquel alarido. Pronto, mis gritos de auxilio se confundieron con otras voces, con risas y lamentos, con nuevas voces llenas de desesperanza y de tragedia. Pasaron unos minutos, y unos enfermeros entraron; me miraron con desprecio, uno de ellos dijo:

—Hay que inyectarle un calmante, este desquiciado tiene otro ataque.

Mientras gritaba, asegurándoles que no estaba loco, y tratando de evitar que me inyectaran, caí en cuenta que estaba en un manicomio.


(Foto de portada de artículo de Foundry Co. Tomada de: https://pixabay.com/es/ruta-66-signo-carretera-868967/ )

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