home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 2 [4.2-21] Sendas distintas | Esteban Sánchez

[4.2-21] Sendas distintas | Esteban Sánchez

Por Esteban Sánchez

 

Martín salía del colegio a paso acelerado, casi corriendo. Para ser un niño de 13 años era muy rápido, corría en competencias con chicos del bachillerato, y había ganado un par de veces. El único problema era el cigarrillo, había empezado a fumar el año pasado, y podía notar cómo afectaba su rendimiento físico. Pero ese caluroso viernes de julio el cansancio no lo iba a detener, no estaba corriendo por una medalla, tampoco por llegar temprano a su casa, de hecho, si tenía suerte, no llegaría a su casa temprano.

A dos cuadras del colegio de Martín, Camila, una chica de 12 años, alzaba la mano en silencio, para que su profesora la viera. Faltaban un poco más de quince minutos para que se acabara la clase de lectura, la más aburrida del día.

“A ver si esta pedorra me deja salir”, pensaba Camila, a quien ya se le cansaba la mano en el aire.

—¿Si? —preguntó la profesora sin disimular su desgano, “estas enanas nunca se cansan”, pensó para sí misma.

—Tengo que ir al baño profe.

—Por el amor de Dios Cami, ya falta poco para que se acabe la clase, ¿no te puedes aguantar?

—¡Por favor! Voy a tener un accidente…

Camila sabía cómo actuar.

La profesora inhaló, suspiró y arqueó las cejas indicándole que le daba permiso para ir al baño. No cayó en cuenta de que Camila se llevaba su mochila.

“Se la comió enterita”, pensó Camila. Entonces entró al baño, sacó de su maleta una cartuchera, la abrió y cogió un pintalabios rojo vivo. Dejó el pintalabios en el lavabo frente al espejo, junto a su teléfono. Se quitó sus zapatos y se puso otros que había en su maleta, unos Converse. La falda del uniforme le quedaba pequeña, la usaba desde hace dos años, no por gusto, sino porque sus padres no tenían dinero para comprarle uniformes todos los años, tenían lo suficiente para lo esencial, «y eso es lo único que importa, tener lo justo y necesario», decía su madre.

—Hola “bitch” —la interrumpió su amiga Paula—. ¿Te vas a fugar hoy? Con esa falda, parece que tu tarde va a ser interesante.

—Hola, emm, supongo —no sabía qué decir.

Esa palabra no le agradaba, Camila había llegado a ese colegio hace unos tres años, pero por culpa de unos errores del pasado y las redes sociales, la gente la definía con esa palabra. Le pusieron su etiqueta y, como no había forma de zafarse de ella, tenía que acostumbrarse a que la llamaran así. Después de terminar con su último novio, no podía evitar romperse en llanto cuando caía la noche. Todas las mañanas se miraba al espejo y se prometía a sí misma ser fuerte, aguantar los insultos y las miradas acusadoras de sus excompañeros durante el día, para desahogarse con un cigarrillo antes de regresar a su casa.

Pero todo eso había acabado y sentía que tenía una nueva oportunidad en su nuevo colegio.

“Un error lo cambia todo”, pensó Camila, mientras terminaba de ponerse el pintalabios.

El teléfono de Camila estaba en silencio, pero se iluminó al llegar un mensaje. Paula lo alcanzó antes, y leyó el mensaje:

 

“hola amor, voy en camino 😉 —M“ .

 

—¿Quién es M? —preguntó Paula con una mirada frívola.

—Nadie —respondió Camila, con indiferencia.

Pero en realidad, estaba muy emocionada: un chico la había invitado a salir. Él se comportó como todo un caballero cuando se conocieron de casualidad en una fiesta. Desde entonces pasaban todas las noches escribiéndose. Y, cuando podían, si es que él no tenía que ayudarle a su abuela en los quehaceres de su casa, se trasnochaban hablando por Skype. Por primera vez desde que se cambió de colegio, a causa de la reputación que le forjaron las mentiras de su exnovio, ella sentía que alguien se interesaba por su forma de ser, y no por su aspecto.

Pero hoy sí importa el aspecto, se dijo a sí misma, hoy quiero ser la chica más hermosa que haya visto.

A unas pocas millas de distancia, Martín estaba a punto de salir corriendo por la puerta principal del colegio.

“Ahora sí, nada me detendrá”, pensó.

A un par de pasos de la salida, Marcelo, su compañero de la clase de química lo detuvo.

—¡Martín! ¿Cómo estás? Oye estoy a full el fin de semana. ¿Me ayudas pasándome el deber de química para el lunes? Apura, yo también te ayudo cuando me pides —dijo Marcelo, en un tono que rozaba lo imperativo.

—Yo te lo mando —Martín sabía que tenía que hacerlo, no era una buena idea irse contra él, porque era más fuerte. Y después de todo, estaba muy apurado como para ponerse a negociar, y de muy buen humor como para negarle lo que, para Martín, una tarea era algo mínimo.

Se iba a echar a correr a la salida, cuando Marcelo lo llamó por última vez.

—Oye, ¿y tienes un tabaco? Tanto que fumas, ¿cómo te digo? ¿Dragón?

Martín se regresó y le dio uno. Marcelo le invitó a que caminaran juntos a la salida. En realidad, le agradaría Marcelo si no fuese un patán. Pero no, y como siempre empezó:

—Sabes ahorita voy a ligarme a una man. Si es tan fácil como dicen, lo podría hacer con mis ojos cerrados —mientras encendía su cigarrillo apenas haber cruzado la salida del colegio— si me sigues ayudando con química, te podría enseñar a ser como yo algún día.

—Gracias, pero no me hace falta. Yo ya conocí a alguien —no estaba intentando ser grosero, solo quería acabar la conversación.

—¿Ah sí? —preguntó Marcelo en un tono casi de burla, acabándose su cigarrillo.

—Sí, conocí a esta chica en una fiesta un día. Le invité algo. Conversamos y desde ahí somos muy amigos, siempre nos escribimos y, aunque hemos salido un par de veces, esta es la primera vez que estaremos solos.

—Bien por ti. Pero yo prefiero hacer lo que todos hacen, disfrutar y variar un poco, siempre hay que probar nuevos sabores. Si sabes a lo que me refiero —paró a un taxi, tiró el cigarrillo a la calle, mientras cerraba la puerta y terminó diciendo—: tienes que aceptar que así somos nosotros, queremos placer y ellas también son así, acéptalo. O mejor aún, ¡disfrútalo!

“En ese tráfico, mejor caminar, pero no importa, es un perdedor y no tengo problema con que se atrase”, pensó Martín.

Era detestable cómo Marcelo casi hacía que poncharse a mujeres fuese un deporte, Muchas personas lo admiraban, sus amigos por su habilidad de conquistar mujeres, y las mujeres por su aspecto.

Ya corriendo por las calles, Martín recordaba cada paso de su plan para que todo saliese perfecto: primero, él le iría a ver al colegio, se irían juntos a la plaza junto a la fuente, le invitaría algo de comer y después del postre, se sentarían frente a la fuente, le tomaría de la mano, y le haría la pregunta que había repetido tantas veces al espejo, «¿quieres ser mi novia?». Si decía que sí, sería el tipo más feliz de la Tierra y pasarían el resto de la tarde juntos, hasta la noche. Si decía que no, pues… mejor no pensar en eso, no podía pasar eso. Martín conocía a esta chica desde hace algún tiempo, aunque en ninguna salida se habían visto solos, se escribían prácticamente todos los días y, muchas veces, hasta se trasnochaban hablando, estaba seguro de que ella sentía algo por él.

Mientras Martín corría por las veredas, Paula y Camila salían del baño; por su parte, Paula se había cambiado completamente de ropa y de peinado. Camila solo usaba un rojo vivo en sus labios y unos Converse igual de rojos. De todas formas, la camiseta polo blanco de su uniforme le sentaba bien a Camila, junto con su pequeña falda.

—Creo que te irá bien —le dijo Paula—, después de todo, así son las reglas. Vas, lo hacen y el que se encariñe con el otro pierde. A veces quisiera que las cosas fueran diferentes, pero ellos eligen la acción, ante todo y, al final de cuentas, a nosotras también nos gusta la acción, ¿no?

—Ajá —Camila no escuchó ni la mitad de lo que su amiga le dijo, solo pensaba en él.

—No como al pobrecito que le van a soltar la bomba, a ese sí le va a tocar duro, ¿no?

—¿Qué?

—Tú sabes, el chico de Andrea. Él es muy noble, pero ella no le quiere. Solo le utiliza para estudiar o conversar, o para que le compre cosas. Andrea no le va a dar chance.

—¡Pobrecito, alguien debería decirle!

—Sí, bueno, ni siquiera sabemos quién es, ni como se llama.

—Cierto, pero ¿tu cómo sabes eso?

—Bueno Andrea me lo dijo, desde que se conocieron, aunque nunca salen solos, porque a ella le incomoda a veces; él siempre le invita algo. Y lo mejor de todo es que ni si quiera se da cuenta que gasta su dinero.

—¿Y no te da pena, aunque sea un poco?

—¿Por él? No, tranquila, seguramente Andrea le dirá que le quiere como amigo o algo así, si él intenta algo.

Unos momentos después, las chicas estaban bajando las escaleras para llegar a la puerta principal. En ese mismo instante al otro lado de la puerta principal, Martín estaba llegando, un poco sudoroso. Se echó un poco de desodorante y un poco de colonia.

A su lado, un taxi paró bruscamente.

—¡Martín! —gritó Marcelo mientras se bajaba—. Si me hubieras dicho que te venías para acá, te subía en el taxi.

—¿Acabas de coger un taxi, para no caminar dos cuadras y media? —preguntaba Martín, atónito.

—Me daba pereza caminar y con el tráfico de los viernes me imaginé que llegaría justo a tiempo. Así no tengo que esperar a que abran las puertas, aparte, mírate, tuviste que mandarte la carrera para poder llegar a tiempo —dijo mientras oía que sonaban las campanas dando el final del horario.

Martín no sabía qué responder. No se decidía si lo que acababa de hacer su compañero era o muy perezoso o muy astuto.

Abrieron las puertas de la institución y Martín se adelantó para pasar antes que Marcelo, y la mitad de la subida, su mirada se encontró con la de Camila. Él no pudo disimular su asombro ante tan hermosa mujer. Solo pudo sonreírle. Ella un poco sonrojada, le devolvió la sonrisa. Y entonces pasaron el uno al lado del otro, en dirección opuesta, sus manos casi se rozaron.

—Hola tú —le dijo Camila a Marcelo.

—Hola amor, ¿estás lista? —dijo Marcelo sonriente.

Camila se sonrojó, le abrazó y rio. Mientras abrazaba a Marcelo, pudo ver que el chico con el que había cruzado miradas hace un segundo. Estaba saludando con Andrea.

—Hola Martín —le saludó Andrea, dándole un suave beso en la mejilla, cerca de los labios.

Martín le sonrió con ternura

—¿Vamos? —le preguntó.


(Foto de portada de artículo de Mabel Amber. Tomada de: https://pixabay.com/es/personas-hombre-mujer-caminar-3163879/

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