home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 2 [4.2-22] Ocho doce | Milagros Assuero

[4.2-22] Ocho doce | Milagros Assuero

Por Milagros Assuero

Me desperté.

No sabía que día era. No tenía idea de lo que había pasado en la noche anterior. Despertar y abrir los ojos se convirtió en una pesadilla. Siempre estoy tratando de recordar lo que hice el día anterior o, a veces, la semana pasada. Precisamente por eso es que me gusta dormir, porque no estás en la realidad, puedes buscar nuevos lugares o ver animales que nadie más podría ver. Me gusta ese momento en la mañana en que, en lugar de sentirte vivo, sientes que mueres lentamente y contigo tus sueños.

Caminé sin expectativa alguna hacia el jardín medio seco para ver si por fin brotaba alguno de mis tantos intentos de cultivar frutas, flores y todas esas cosas típicas de jardín en ciudad, pero una vez más, no pude ver nada, solo el cactus del muro al que la única vez que recuerdo haberle puesto agua fue cuando lo compré, y la verdad creo que por eso sigue igual; lo llamo “el independiente”.

El día estaba muy frío, muy deprimente, parecía como si nada pasara ni pasaría en ese lugar olvidado por lo divino y bendecido desde el subterráneo de un local de comida china.

Hablando de comida, era hora del desayuno. El momento más importante del día, es como un ritual: pan, huevo revuelto, jugo de naranja y un salcedo como postre. Mi día depende de eso.

Cada calada la disfruto como si fuera la última, se siente como la vida y la muerte ahí mismo, subo un escalón a la vez. Voy a la mitad.

Suena el teléfono. Para mi jodida suerte. Era María.

—Hola.

—¡Hola querido! ¿Estás lo suficientemente despierto?

—Sí, después del desayuno y postre perfecto, cualquiera.

—Antonio ha venido a visitarme, le pedí que te entregara algo especial.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué es?

—Son tres hojas cortadas en forma de diamante.

—Pues gracias María, lo esperaré.

—También he llamado para comunicarte que el partido es en dos días. No lo olvides.

—No sé cómo lo haremos, pero hay que ganar.

—Te veo entonces. 4 y 20, donde siempre. Te llevaré una manzana. Adiós

—Adiós.

Había olvidado por completo el partido.

María es una muchacha muy activa, le gusta la música lenta y complicada, ella es todos los colores existentes en una sola alma. Le gusta sorprenderme, baila como una flor al viento. Sale con los demás chicos del barrio. A ellos les encanta su compañía porque siempre encuentra un tema fascinante del que hablar, siempre logra que la gente la escuche solamente a ella y nada más.

Conocí a María en un almacén de colchones. Se acercó a mí y dijo sonriendo: «No sales mucho de casa, ¿verdad?»

A partir de ese día y, en especial, esa sonrisa, supe que en ella encontraría el tipo de amistad que todas las personas felices y gratas con la vida desean. No me equivoqué, María es mi mejor amiga, es como caída del cielo, mejor dicho, la flor que nunca floreció en mi jardín. Básicamente se podría decir que en ella están mis recuerdos.

Estaba recostado sobre mi cama, sonaba High Tone en el computador. Mi imaginación empezó a crear personajes basados en los hechos que trato de recordar cada mañana; hadas, hongos, sirenas, cebrastrucez (una especie de avestruz con pelaje y color de una cebra), duendes que, por alguna extraña razón, comentaban un examen…

¡El examen! Lo había olvidado por completo. Resulta que es el examen final de mi último año, pero bueno, espero que esta vez la suerte de almacén chino esté conmigo.

Llaman a la puerta.

—¿Qué haces, eh, mariquita?

—¡Hola Antonio! Pasa y ponte cómodo. No robes nada.

Antonio es un gran amigo de confianza, lo conocí en una exposición sobre la innovación de la tecnología musical, quiere ser dj. Siempre habla muy rápido, odia el fútbol y podría beber vino todo el día, si no tuviera que trabajar ocho horas diarias en aquella agencia de viajes.

—María te manda esto, campeón.

—Gracias por traerlo, me intrigaba mucho, ya sabes cómo le gusta sorprender a María.

—¿Ahora me puedes hacer un favor a mí?

—Claro, ¿cuál?

—Ando muy colocado y debo entregar a tiempo estos documentos ¿Podrías acompañarme? Me siento un poco débil.

—Sí, yo voy contigo, mariquita.

A Antonio le gustan los antidepresivos, a mí no, pero nunca he tenido problema con eso. Él siempre ha demostrado ser responsable y que sus vicios no nos tienen que incomodar. Me gusta su aspecto, a pesar de dar siempre la impresión de que se desplomará en cualquier momento.

Salimos del departamento. El viento desconcertó todavía más a Antonio. Pisó el primer escalón y se detuvo, me miró y muy sonriente dijo:

—Acabo de pisar una nube, aquí deben follar los ángeles.

Repitió las mismas palabras en cada escalón que nos acercaba a la planta baja.

Cuando salimos del edificio el cielo se puso más gris. Empezamos a caminar. Pablo, el jefe de Antonio, lo estaría esperando en la plaza central junto al árbol más grande, ese que está justo en frente de la pileta y que estuvo ahí mientras se construía el convento que rodea a casi toda la plaza. A mí me gustaba caminar por la plaza y rodear al convento, sus paredes son muy grandes, como si escondieran algo importante, como si la verdadera vida ocurriera ahí adentro y no afuera.

De camino a la plaza donde esperaba el jefe de Antonio, escuchamos a una mujer que pedía ayuda a gritos. Atropellaron a un joven que cruzaba la calle.

—¡Apura loco! Mi jefe tiene un compromiso y anda medio atolondrado, ya sabes como son.

—¿Será de hacer algo?

—Jajaja, ¡calla! No ha de estar muerto y en cuanto a la señora unos antidepresivos y verás cómo se le cura el espanto.

Me reí y seguí caminando.

Al llegar a la plaza se respiraba una mezcla de olores de comida combinados con olores corporales y un efecto visual publicitario que definitivamente se impone ante la armonía de lo natural, haciéndonos olvidar de dónde venimos y adónde vamos, que nos confunde a tal punto de confrontar a quienes nos dieron su mano y su vida.

Dejé a Antonio en la plaza junto a su jefe, justo a tiempo. Era mi turno, tenía que llegar a tiempo para rendir el examen para el cual la única bendición que había recibido hasta ese momento es la del subconsciente de Antonio, vaya suerte.

El día era cada vez más oscuro. Empezó a soplar un fuerte viento seguido de una tormenta. Era otra muestra del desafortunado hombre que soy.

Llegué a la clase completamente empapado. Mi único compañero era mi esfero azul que lo llevaba en el bolsillo. Mi maestra me vio con una cara como mostrando desprecio y vergüenza al mismo tiempo.

Saludé y enseguida me dirigí al último puesto de la columna de la derecha. Me gusta ese puesto, está junto a una ventana donde se puede ver claramente la pileta de la plaza y esa es exactamente la vista que necesito para resolver un examen de tanto valor y poca importancia.

De cualquier manera, casi siempre estaba lejos de mí mismo, lo asumí como una misión imposible, no lograba concentrarme. Me perdía en las gotas de lluvia en el vidrio, resbalaban revelando códigos indígenas que solo el elegido podría leer. Podía ver al vidrio partirse una y otra vez, explotaba dejando atrás una nube de arcoíris que cambia sus colores, de intensos a más intensos, cada vez que Juan respiraba. Juan tenía problemas respiratorios y siempre hablaba con todas las chicas de la clase. Empecé a meterme en el examen, lo resolvía sin ningún problema, pero de inmediato me llamó la atención el borrador. Cuando intentaba volver al examen, al mismo tiempo ya me había concentrado en la hoja, la silla, la maestra. Así seguí resolviendo el tan esperado examen.

Salí del examen intrigado por la nota y motivado por la vista, pero había algo que me intrigaba mucho más que la nota: el recado de María.

Apenas llegué a casa subí corriendo las gradas para ver lo que me esperaba dentro. El sobre era de un color amarillo opaco y, en la parte delantera, tenía escrito: “Para vos, porque pareces un conejo perdido en la luna.” Lo abrí.

Eran tres hojas cortadas en forma de diamante. En la primera hoja estaban todos mis asuntos pendientes, entre ellos, mi examen. La segunda hoja era una carta que decía:

 

“Mi vida, mi todo, tú, como me encanta tu nombre. Tu siempre tan ingrato. Hoy vi al cielo y me acordé de ti. Nadie más conoce y mira al cielo como tú lo hacías. Así te recuerdo.

No tenía motivos para escribirte, no hemos vuelto a hablar desde que nos dejamos, pero creo que después de tanto tiempo por fin puedo hablarte como a cualquier otra persona. No te imaginas cuánto te extraño. Espero no hayas olvidado la conversación de ese viernes 13. Últimamente recuerdo muy seguido ese día, me divertí mucho. Recuerdo los besos en mi frente y tu obsesión por el programa de TV “Los secretos de los magos”. Me estoy poniendo muy nostálgica, qué raro que tú me pongas así. Nunca cambies, mi todo, aunque no te tenga, te puedo encontrar donde sea, gracias por eso. Te quise, te quiero más ahora por ser mi fuerza ahora que estoy muriendo con cáncer.

Con Amor, Soledad.

 

Pd: Con mi último aliento te deseo lo peor. Hijo de Puta.

 

Noviembre 5, 1992.

 

Adare, Irlanda”

 

La última hoja estaba en blanco, imaginé que María tendría algún propósito escondido. Como siempre.

Me quité toda la ropa mojada y corrí a ducharme. El agua estaba tan caliente que en cuestión de segundos el baño se llenó de vapor. Sentía que me sofocaba y me dejé llevar logrando olvidar mi fracaso en el jardín, mis intentos de recordar todo, la fría y pálida imagen de Antonio colocado y el examen, pero las hojas de María me tenían inquieto. Salí rápido de la ducha para volar a mi encuentro con María.

Son 4:25 y María está esperándome sentada, con las piernas cruzadas y observando sus largas y verdes uñas.

—¡Hola, María!

—¡Hola, Querido! ¿Qué tal ese examen?

—Fresco, no espero mucho la verdad. ¿Qué tal tu día?

—Ya nada. Mi día bien, sabes que me adapto fácilmente y saboreo cada bocado de tiempo. ¿Te llegó mi encargo?

—Simón, Antonio pasó por mi casa y me dejó las tres hojas cortadas en forma de diamante pero no entiendo la necesidad de la hoja en blanco…

—Te lo explicaré después.

—Va.

—¿Ya creció algo en tu jardín?

—No, nada. Creo que mis intenciones no son suficientes.

—Jajaja, ¡deja de ser dramático! Solo tienes que cachar bien los procesos para hacer que algo brote, aunque sea yerba mala, pero algo debe crecer. Ya verás.

—¿Oye, para qué te ha ido a visitar Antonio?

—Nada importante, a pedirme que le ayude en una sesión de fotos para su curso… y a dejarme la carta que te han enviado para que te la entregue, aproveché esa situación para mandarte los recordatorios.

—Entiendo, pero lo que no me has aclarado es: ¿para qué es la hoja en blanco?

—Jajaja, ya te lo he dicho, te explico luego.

—Te invito un café.

—Gracias.

Me desperté, vi la mesa del frente y supe que no era mi casa. Una vez más no recuerdo nada de la noche anterior, era la casa de María.

—¡Buen día dormilón!

—Hola

—Te invito un café

—No, gracias. Tengo que ir a casa

—Está bien, avísame cuando llegues.

Abrí la nevera, no había nada para desayunar. Fui hasta un “Minimarket”. De bajada, en las gradas del parque, me encontré con un extraño señor, aparentemente indigente. Lo acompañaba un perro. Él lo llamaba cuco. Detuvo su vista en mí, me pidió unas monedas y yo no se las di. Cuando regresaba con una funda de pan, una botella de leche y unos cigarrillos de los más baratos, me encontré nuevamente a cuco y su vagabundo.

—¡De vuelta por aquí, eh!

No le respondí.

—Oye, la verdad es que me muero de hambre y también tengo que darle de comer a este pana. Acolita un pan loco, no seas malito.

Mientras el hombre me pedía un pan, un perro GIGANTE, quiso atacar a Cuco, pero para variar, terminó lanzándose hacia mí. Salí corriendo y más adelante caí en una zanja. Cuco se me acercó, me lamió la cara y cuando me percaté el vagabundo muy feliz se fue llevando mi comida.

Me paré, me limpié los pantalones y seguí caminando a casa. Estaba por llegar y encontré a mi hermana, iba a visitarme, pero le conté lo del vagabundo y mi comida y decidió llevarme a su casa.

Cuando llegamos a su casa, me senté en los asientos tomates de su grande y blanca sala. Me sirvió leche con chocolate, huevo revuelto y un sanduche de queso.

—Tengo que contarte algo.

—¿Qué cosa?

—Estoy embarazada.

—¿QUÉ?

—Lo que escuchaste…

—Oh, ¡por dios! ¡Qué noticia! Me alegro por ti hermana. ¿Ya se lo dijiste a mamá?

—No, pero hoy en la noche la invitaré a un café para contarle.

—Estoy seguro de que se alegrará. Ya le hace falta un nieto. Ya sabes, algo con qué entretenerse.

—Jajaja, eso espero.

—Tengo que irme hermana. Gracias por el desayuno.

—De nada loquito, irás con cuidado.

—Gracias, adiós.

Entré a mi casa y subí los escalones uno por uno, y cuando llegué a mi sala vi que tenía 15 mensajes de voz, todos de María.

«Llegaste bien?» «Si escuchas esto llámame.» «Despiertaaaaaa.» «Ya llegaste.» «Si llegaste vivo y no me avisaste, ¡te odiaré de por vida!» «No me hagas caso, no te odiaré, solo estoy preocupada.» «¡Maldito seas!» Y bueno, más mensajes de ese tipo.

—Aló.

—María ya llegué.

—¡Dios Santo! ¡¿Dónde te habías metido?! Estaba preocupada.

—Estoy bien, calma. Fui donde mi hermana y me dijo que está embarazada.

—¡Ay! ¡Pero que bella noticia! Se me ha ido la ira de tan solo escucharlo, qué alegría.

—Aja, seré tío, ¿puedes creerlo?

—¡Qué maravilloso! Felicidades.

—María voy a dormir, te llamo luego para que me cuentes qué pasó ayer.

—Claro, descansa querido.

—Gracias, te quiero María.

—Yo a vos.

Me desvestí y me puse pijama, tenía un sueño del infierno. Cuando me acosté sentí que todos los planetas se alineaban por fin con el mío. Sabía que iba a caer en un profundo y largo sueño.

El teléfono empezó a timbrar. Me levanté con la peor gana del mundo. Contesté y era María.

—Hola, ¡despierta querido!

—¿Qué pasó María?

—Llamo para decirte que el partido se adelantó para hoy a las ocho.

—Dale, gracias.

—De nada, nos vemos allá.

Volví a la cama.

Cuando me desperté tenía la sensación de que había sido la noche más larga de mi vida. Pero tan solo fue una tarde.


(Foto de portada de artículo de Silvia & Frank. Tomada de: https://pixabay.com/es/hombre-mujer-disputa-pensativo-2933984/ )

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