home Textos piráticos, Volumen 3 - Número 2 [3.2-22] Espectro de guerra | Martina Vargas G.

[3.2-22] Espectro de guerra | Martina Vargas G.

Por Martina Vargas G.

Miro por la ventana, como todas las mañanas, a las seis en punto. Miro la montaña y sus caminos y te imagino bajando por uno de ellos. Luego te veo cerca de casa, te veo en tu uniforme; está un poco sucio pero tu sonrisa le quita importancia. Corres, como nunca te he visto correr. Ríes y puedo oírte. Estás cada vez más cerca. No quiero llorar, porque sé que mis lágrimas te llevarán con ellas. No quiero cerrar los ojos porque te perderás en la oscuridad. Te veo llegar hasta la puerta y tocar, pero no quiero bajar a abrirla, porque sé que no estarás ahí cuando llegue.

Ya no existes, ya no puedes correr por la montaña, ni tocar a la puerta de nuestra pequeña casa. Aun así, siento la necesidad de hablarte. Así que te miro por la ventana un momento más, por si al abrir mi boca te pierdes en mi aliento. Reúno la valentía necesaria, respiro profundo y abro la boca para hablar, pero no lo hago. Te miro un momento más y se me escapa la tan temida primera lágrima, y con ella la segunda y la tercera. No puedo parar de llorar, pero aun te veo entre mis lágrimas y por fin digo lo que me he guardado desde que te fuiste:

—Te he extrañado mucho, hermanito.

Me miras y sigues sonriendo, como en esa foto que pegó mamá en el refrigerador antes de encerrarse en su habitación para siempre, mejor dicho, para nunca, porque en esa habitación solo queda su alma entristecida. Siento morir cuando me doy cuenta de que debo contártelo, y me tiembla la voz cuando te digo:

—Mamá murió. Murió de tristeza cuando tuviste que irte.

Aunque ahora que lo he dicho lo pienso bien, porque eso es algo que el ser humano hace irremediablemente: hablar antes de pensar. Mamá no murió de tristeza, murió de rabia pura, del peor tipo de rabia, ese que te saca lágrimas y te deja sin fuerza cuando quieres gritar.

—Pero no estaba enojada contigo —digo asumiendo que puedes oír mis pensamientos.

Ya no sonríes y me siento como la peor de las ladronas, porque te quité una sonrisa que no voy a usar que no necesito.

—Ella estaba enojada con ese sargento bajito y gordo que vino a buscarte, estaba enojada con el comunicado que decía que era tu deber ir con ellos, estaba enojada con el presidente por declarar una guerra sin objetivo alguno…

Me callo de repente, porque recuerdo que cuando eras niño hablabas de armas y nuevas tecnologías para ganar guerras. No lo entiendo, no entiendo la afición del hombre por la destrucción. Destruir vidas, ciudades y países enteros, por nada. O tal vez por algo que no todos podemos ver detrás del grueso telón de nacionalismo con el que lo cubren.

Me doy cuenta de que nunca volvimos a ser las mismas, mamá y yo, desde que te fuiste a esa guerra. Yo también me enojé, me enojé muchísimo. Podría decir que te odié, odié tu uniforme y la bandera en él representada. Odié al país y al sargento que vino a buscarte, pero sobre todo al país. No entendía el objetivo de la guerra, no le veía ningún sentido. Incluso ahora pienso que la guerra no es más que una excusa para vender y comprar armas, para presumir las mejores tecnologías y acabar con la gran parte de la población que no se puede alimentar precisamente porque todo el dinero del estado se ha invertido en armamento.

—No lo entiendo —digo mientras las lágrimas brotan de nuevo.

Grito. Grito de rabia y, cuando termino de escuchar mi propio grito, te miro, mejor dicho, me quedo con las ganas de mirarte, porque ya te has ido. Una vez más te ha llevado la bala perdida de alguien, en una guerra sin objetivos. Así me doy cuenta y lo escribo en mi libreta, de que la guerra es la peor parte del consumismo. La guerra está potenciada por puro consumismo, por el deseo de demostrar quién es mejor y por eso casi siempre la gana el país con más dinero. Es la peor parte del consumismo porque, aunque es parte de él, cuando se niega el consumismo no se niega la guerra.

Lo que más me enfurece es saber que no soy la única, que hay millones de personas ahí afuera mirando un espectro de guerra, un ser querido que ya no está. Todo por las ambiciones de un gobierno o de un negociante de armas. Por lo general, me gusta pensar que no estoy sola, que hay más personas en mi situación, pero esta vez me enfurece. Repito tu nombre y cierro la ventana, la ventana que fue nuestro portal.

 

 


(Foto de portada de artículo por Skeeze.Tomada de Pixabay: https://pixabay.com/es/users/skeeze-272447/?tab=latest&pagi)

4 thoughts on “[3.2-22] Espectro de guerra | Martina Vargas G.

  1. Leyendo este escrito, comprendo después de 33 años lo que sintió mi madre cuando fui llamado al servicio militar obligatorio en una Colombia que pasaba por momentos muy difíciles con sus flagelos del narcotráfico y la guerrilla. Tengo un nudo en la garganta de pensar en el sufrimiento de mi madre.
    Gracias por darme la oportunidad de entender el sufrimiento de mi madre, que ese entonces a mi me parecía una cursilería.

  2. Qué tristeza que el hombre sea el artífice de su propia destrucción! Las guerras no nos llevan a nada bueno, sino a la destrucción!
    Buen artículo, felicitaciones Martina Vargas Gallegos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *