home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 3 [4.3-19] Juan | Mónica Vivanco

[4.3-19] Juan | Mónica Vivanco

Por Mónica Vivanco

 

Los días en la serranía ecuatoriana eran siempre iguales. No se podría decir que monótonos porque cada jornada implicaba, con el nuevo amanecer, un reto distinto, que podía solo ser apreciado por quienes estaban habituados al entorno.

La neblina espesa, pesada, cubría los pedregosos senderos. Era muy difícil ver a pocos pasos, no se diga a grandes distancias. El frío era canicular a tempranas horas de la mañana, no siempre llovía, pero cuando lo hacía no paraba y esta agua era solo un ingrediente más del medio corriente. El suelo a veces húmedo y en otras ocasiones seco, pareciese ser estéril e inerte, pero no era así, las raíces agarraban las partículas de tierra y no las dejaban escapar, bien podían ser estas de pajonal, de arbusto o de árbol, siempre incólumes, siempre adheridas a su sustrato. En ocasiones dando frutos gustosos, en ocasiones solo luchando por sobrevivir.

Las pocas chozas presentes estaban dispersas en el paisaje; bien se podría creer, que quienes las habitaban era ermitaños que, por decisión propia, habían marcado espacios amplios entre ellos, pero lo cierto es que nunca faltaba oportunidad, para que de cada habitáculo salieran no uno, sino muchos miembros a reunirse en circunstancias ya preestablecidas y emprender contacto. Como esto sucedía en muy pocas ocasiones, la verdad es que la vida para quienes conformaban cada uno de los núcleos familiares era más bien solitaria.

En una de estas barrosas chozas vivía Juan y en una de las nombradas oportunidades de contacto, Juan tuvo el conocimiento de la vida diferente que la ciudad ofrecía. Claro que poco o nada él podía entender la diferencia, ya que él solo conocía de Sierra, de neblina, de caminos pedregosos, de frío, de tierra y de cultivo. Juan no vivía con nadie. Juan era solitario. Sus recuerdos de familia, los tenía celosamente guardados y casi olvidados. Su abuela, quien había sido su compañera, ya llevaba 13 años de muerta y el contacto cercano con la gente, nunca había sido su fuerte, por lo que más bien se mantenía distante.

Un buen día de Corpus Christi, la vida de Juan iba a quedar determinada a cambiar. Conoció a quien dijo ser su primo Pedro, personaje del cual alguna vez oyó a su abuela hablar, pero que nunca había conocido. Pedro estaba deslumbrado con la vida en la ciudad y si había regresado era solo a vender las tierras, en una de aquellas escabrosas lomas que, según su madre, le pertenecían.

Después de identificarse con Pedro, Juan, a quien sacarle palabras era más difícil que tratar de romper un coco con la mano, se dispuso a ayudarle. Mal o bien algo conocía de la oficina del pueblo cercano y aunque no era amigo de nadie, por lo menos sabía algo más que Pedro. Juntos avanzaron por el chaquiñán y, mientras tanto, Pedro no paraba de hablar. Comentaba de autos, de edificios, de calles enormes, de miles de gentes. Juan trataba de imaginar, pero claro es muy difícil imaginar sin tener por lo menos un buen conocimiento previo de lo básico. Pedro le decía que antes de que la abuela muriera, su padre, el de Pedro, había mandado una foto de la ciudad e intentaba que Juan la recordase si es que la había visto alguna vez. Con tanto y tanto empeño, por parte de Pedro, Juan casi forzadamente buscó en su memoria y creyó tener una idea de las descripciones hechas por Pedro.

Confió en él, vio lo que Pedro quiso que viera y, después de alguna insistencia, decidió dejar su querida serranía y ver qué era lo que a Pedro le había llenado tanto la vida, las palabras, los sueños. La decisión parecía ser loca, apresurada. En la mañana de ese día Juan no tenía “perro que le ladre” y, de pronto, tenía primo, un reto impresionantemente difícil, un mundo desconocido por atisbar. Juan no era un hombre intenso, ni decidido, pero Pedro tenía ilusiones y fortaleza para los dos.

Dicen que hay circunstancias que a uno le cambian la vida, y esta tenía que ser una de esas para Juan, no podía ser lo contrario, esto se iba contra todo. Su seguridad, su soledad y vida se habrían de poner en la ruleta y a disponerse al azar del destino. Parecía ser que un torbellino había capturado a Juan y lo tenía en sus “garras”. El Juan cauto, pensativo, meditabundo y concreto se amainaba e iba aflorando un Juan audaz e irreflexivo.

La fiesta del Corpus, antes tan importante para Juan, lo único que estaba aportando es a llenar la cabeza de Juan con cosas desconocidas y sumamente atractivas por la labia de Pedro.

Después de haber encontrado la oficina que, por la fiesta, estaba cerrada. Pedro y Juan dieron vueltas por la plaza y siguieron platicando. Unos cuantos “fuertes” animaron sus ánimos y Juan ya tenía “una pata en el estribo”. Juan lo había decidido. Iría a la ciudad.

Empezaron pues a trepar el sendero y después de más de dos horas de caminata llegaron a la choza de Juan.

En ella Juan rebuscó entre las cosas de la abuela la preciada foto, nunca la encontró. Mientras tanto Pedro, no paraba de entusiasmar a su primo con la idea de que la ciudad lo era todo. Ya no hacía falta ni tanto esfuerzo, Juan había empezado a armar su equipaje. Como se podrá comprender, no había una Sansonite, ni mucho menos, una caja de cartón era el recipiente que albergaba dos camisas, dos pantalones, un par de alpargatas y una tonelada de sueños.

Después de descansar unas pocas horas, Juan salía con Pedro hacia su futuro. Tan empeñoso estaba, que no le importó sacar de su huequito subterráneo todo el dinero que, con un esfuerzo tenaz, duro y constante, había logrado reunir con la venta de la vaquita, la cosecha de alfalfa de, ya ni se acordaba cuantos años, y el legado de la abuela.

Nunca habia Juan salido de su entorno. Para él, casi se podría decir, que Pedro era lo que un extraterrestre para nosotros, pero quién sabe qué bicho le picó, el caso es que se entregó ciegamente a las promesas de Pedro.

Caminaron por largo rato, llegaron a la carretera y, sin detenerse, avanzaron hasta que una camioneta se detuvo. Pedro habló con el chofer y se embarcaron apresuradamente. Juan jamás había subido a un automotor y todo le llamaba la atención: el ruido, la radio, el zangoloteo y demás. Viajaron por cerca de 6 horas; Pedro y el chofer conversaban animadamente acerca de cosas de las cuales Juan, jamás había oído, el gobierno y sus actos de corrupción, la economía y cómo habían subido las cosas, las discos y jaranas, escasas y costosas. Juan abría los ojos, su asombro era infinito.

Llegaron finalmente a la ciudad, Juan casi se ahogó, solo con ver. Gente, gente, gente, autos, buses, smog, ruido y Pedro que a cada rato le decía “¿Lo ves?”, “Lo Ves?”, “Mira aquí, mira allá”. Se embarcaron en una micro y llegaron a la casa de Pedro. Lo primero que le asombró a Juan era ver a tantos reunidos en un solo lugar. Era una casona vieja con muchos cuartos y de cada cuarto salían y salían y no acababan de salir decenas de viejos, jóvenes y niños que compartían el espacio. Juan probablemente, ni en la fiesta más grande del pueblo había visto tantas personas juntas y encima todos tan apresurados, sí apresurados, ¿a qué? Él no lo sabía, pero casi empezaba también a correr con ellos. Pedro lo tranquilizó y lo metió a un cuarto en el que estaban una anciana, dos mujeres jóvenes y unos cinco niños de variadas edades. Poco caso le hicieron a Juan cuando entró y ni cuando Pedro les contó que era el primo, y que lo había reconocido casi milagrosamente, ellos se inmutaron. Pedro lo llevó hacia un rincón y le dijo que ese sería su lugar, pero que había que “ponerse”. Juan sacó su pañuelo con dinero y se lo ofreció a Pedro, este astutamente cogió dos billetes y nada más.

Pedro salió por un momento y regresó con unas papas y una libra de maíz. Inmediatamente una de las mujeres prendió la cocineta y las puso al fuego. Parecía ser que la comida avivó un poco el ambiente, y que algo se sonrieron quienes estaban.

Juan no había hablado más de diez palabras desde su llegada a la ciudad, se mantenía alerta, pero callado. La noche llegó y simplemente a dormir.

A la mañana siguiente, Juan, como era su costumbre, ojo abierto antes de las 6. No podía pensar, no sabía qué hacía ahí, no quería tampoco irse, pero era como si en su cabeza le hubieron metido una batidora y le hubiesen revuelto los sesos. Todo era nuevo, inesperado, extraño.

Pedro se despertó a las 7 y puso a calentar un agua con panela, se la tomaron juntos y salieron. Pedro le dijo que ese sería el primer día de su nueva vida, y que dependía de cuán vivo sea para que le fuese bien o no. Obviamente Pedro le había dicho a Juan que tendría que invertir en su futuro y que lo mejor sería que trajese consigo todo el dinero, que el que más apuesta, más gana y que no había riesgo alguno, solo ganancia y felicidad.

Juan no era tonto, pero creyó en Pedro.

Viajaron en micro y llegaron al mercado. Pedro escogió unas hermosas toallas de cocina y le dijo a Juan que esa era la inversión. Era segura, no había perdedor, y proporcionaría muchas ganancias en poco tiempo. Pedro le dijo que, si las vendían individualmente a la gente que viajaba en los autos, ganarían el doble sin hacer mayor esfuerzo. Juan vio las toallas y se atrajo por sus colores y textura; no le importaba tanto la plata, ya que estaba acostumbrado a llenar su vida y a ser feliz con otro tipo de cosas, y, por lo tanto, entregó el dinero a Pedro. Este le pidió que esperara y que no se moviera del lugar en donde lo dejaba porque la gente era muy mala y él conocía la ciudad. Pedro se iría solo porque su pana era desconfiado y le entregaría la mercadería a un precio increíble si podían tratarlo solos.

Juan esperó y esperó, el movimiento del mercado se hacía cada vez más intenso y parecía que a, medida que las horas pasaban, la gente corría más. Juan apacible seguía en su espera, ya tenía hambre de nuevo y Pedro no regresaba. Pedro nunca volvió.

Juan solo en la ciudad, con la noche encima creía que aún tenía que esperar. Se cansó, se durmió y de Pedro nada. No sabía ni en donde estaba, ni qué micro tomar ni qué hacer.

Esperó ahí por un día, por dos, por tres. Algunas comedidas algo le regalaron para comer y él no se movió del mercado.

Solo y aún atontado por el remolino que lo condujo hacia donde estaba, decidió volver.

Sintió que no había perdido nada, total lo que a él le había llenado siempre la vida no era la plata, sino su frío, su neblina, su chaquiñán. El costo de su aventura bien había valido la pena, fue como un sueño que nunca deseó y que el “primo” le regaló.

Su vida tenía sentido ahí y solo ahí, en su conocida serranía.


(Foto de portada de artículo de Lukas Baumert. Tomada de: https://pixabay.com/es/l%C3%A1mpara-neblina-noche-m%C3%ADstica-2903830/ )

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