home Desciframientos, Volumen 4 - Número 3 [4.3-18] El relato de un alcohólico que logró superarse a sí mismo | Lisseth Cueva

[4.3-18] El relato de un alcohólico que logró superarse a sí mismo | Lisseth Cueva

Por Lisseth Cueva

 

La historia que me cautivó

El alcoholismo es una enfermedad que afecta a más de 900 mil ecuatorianos. La mayoría lo hace a partir de la adolescencia según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). El alcoholismo es el quinto factor de muerte prematura y de discapacidad en el mundo y, según la Organización Mundial de la Salud, provoca el 4,4% de la carga mundial de morbilidad. Al menos 2,3 millones de personas mueren cada año en todo el mundo por causas relacionadas con el consumo de alcohol. Esta cifra representa el 3,7% de la mortalidad mundial. Entre una de estas cifras está Ed, quien estuvo inmerso en este vicio desde sus 17 años, por lo que él considera “malas amistades”. Ahora a la edad de 50 es un empresario y ha logrado salir del vicio del alcohol, gracias a la ayuda de un gran amigo, el único que tuvo fe en él y le dio trabajo. De este modo, pudo recuperar su casa y en ella misma montar un gran hotel en Lago Agrio, Sucumbíos. Ahora se siente orgulloso de haber logrado sus sueños y haber recuperado a su familia.

Mi entrevista con Ed

Cuando vi por primera vez a Ed, me quedé sorprendida. Ed, un hombre de 1,73 de estatura, en el momento que nos entrevistamos, estaba con su cabello bien arreglado, camisa blanca bien planchada, zapatos de cuero bien limpios y, sobre todo, lo más importante: él tenía una gran sonrisa. Yo no podía creer que ese hombre, con tanta elegancia y gran educación, algún día hubiera estado en las calles, mendigando como muchas personas alcohólicas en estos momentos. Al pedirle la entrevista, se sintió un poco cohibido, pero explicando mis razones, pude lograr su aceptación.

Nos pusimos a conversar en un espacio neutro, en un lugar familiar. Sentí una gran energía que corría por todo su ser. Se notaba a un hombre con gran visión y alegría hacia la vida. Yo no acabo de entender cómo Ed podía ser tan feliz; al final de la historia lo supe.

Su historia de superación cautivó mi corazón desde el principio. Quiero decir que todo absolutamente todo y en la condición que se encontraba algún momento él pudo lograr lo que consiguió. Esto es lo que aprendí de Ed y esta es su historia.

—¿Cómo entré en la telaraña del alcohol? —Fue como una pregunta-respuesta a mi inquietud de partida.

Primera parte: malas amistades

Apretando sus manos, mirando tímidamente al principio, un poco dubitativo al principio, tomó fuerza y empezó a relatarme cómo comenzó.

—Con el sol radiante del medio día, pegando de lleno en mi rostro, iba de regreso a mi hogar con el calor que caracteriza un clima cálido húmedo. Recorría con paso lento la calle semivacía de gente de mi pueblo. Con mi camisa blanca bien planchada, elegante, iba pensativo algo perdido en el tiempo. Veía con dolor el recuerdo de mi vida pasada; a lo lejos se levantaba mi gran hotel, rodeado de las pequeñas casitas destartaladas de mis amigos de farras, que parecían esconderse como si tuvieran vergüenza de sus dueños que quedaron agazapados en su arruinada vida. Yo me veía erguido, saludado por todos como un gran hombre de negocios, mi semblante robusto, lleno de una vida excelente. Me sentía satisfecho por mis logros alcanzados, pero aun así era un hombre sencillo, un ser de caracteres apacibles, pero seguro de mí mismo. No me veía diferente a los demás, aunque fueran de condición humilde; tampoco les negaba un trabajo porque creía que debían tener una segunda oportunidad en la vida como alguna vez yo la tuve. Ahora la única diferencia era física. Observé mis manos se veían muy bien cuidadas, con buen aspecto, no ennegrecidas, como cuando viví en mi miserable vida. Mi tez blanca y de buen color me hacía ver diferente, era como si fuese otro hombre, no al que años atrás deje que muriera hundido en el alcohol, ahora todo era diferente. Miré a mi alrededor y vi con angustia que solo yo me había levantado de todos mis amigos; ellos eligieron hundirse en el alcoholismo. De vez en cuando, me miraban avergonzados tratando de reconocerme, yo igual los saludaba no se me olvidaban que fueron mis amigos alguna vez, aunque no les agradecía que me hubieran incitado a llevar esa desastrosa vida, que cada ser humano decide si es mejor o peor. Ahora y solo ahora me daba cuenta de cuan en vano es un sufrimiento inducido por malas decisiones que tomamos en la vida.

«A los 17 años empecé a salir con mis amigos que me invitaban a las calles de Lago Agrio, a tomar unas copas y a divertirnos en los centros de noche. Todos pintorescos llenos de risas y de vida vacía, estos me llamaban la atención, me sentía atraído por esas citas nocturnas y sin preocupaciones. Mi juventud no me dejaba dar cuenta que cada día me iba sumiendo en el alcohol. Al principio no parecía nada serio, una copa tras otra nos llevaba sin detenernos al vicio del alcoholismo.

«A los 18 años obtuve mi primer trabajo en la compañía Texaco. En mi trabajo era muy bien remunerado, tenía buenas ganancias gracias a que era un joven muy inteligente. Me llevaba bien con los jefes que me estimaban mucho, me veían con capacidad para resolver cualquier asunto que me encomendaran. Fui ascendiendo y obteniendo diferentes puestos de trabajo; de vez en cuando salía con mis amigos de trabajo, como dicen allá senté cabeza por un largo tiempo. Me interesaba mucho conseguir nuevos ascensos, pero mis amigos no descansaban de invitarme a sus fiestas. Todos los días me presentaban chicas con las cuales salíamos a festejar, fue así como fui entrando en el vicio. Para ir al trabajo me tomaba algún comprimido, así me deshacía de la resaca del día anterior y podía llegar sobrio al trabajo».

Problemas en el hogar

Ed y yo, después de conversar un tiempo, decidimos tomar un paseo por el centro de Quito. A Ed le encanta ir allí, porque en esas calles, cerca de un basurero o en una banca, encuentra personas con historias similares o peores a las que Ed se encontraba hace 33 años. Ed al ir allí, les ofrece ayuda a estas personas y les brinda trabajo. Él sabe que, si ofrece su ayuda, esas personas que están en las calles debido al alcohol, tendrán una esperanza para levantarse y luchar. Luego de lo que me explicó Ed, quise saber acerca de su familia, qué sucedió y cómo logró recuperarla. Ed me habló de su esposa, sacó su celular y me indicó una foto de su familia. Su esposa, una mujer muy linda y llena de alegría es lo que pude observar. Me percaté en sus sonrisas y que ahora son muy felices, pero que, para llegar a este momento, tuvieron que pasar por mucho dolor; tanto ella, sus hijos y Ed.

—Pasó un tiempo y conocí a una joven maravillosa, era hermosa, con su tez blanca, unos ojos color cafés y de cabello rizado corto. En cuanto la vi me enamoré de ella, con su carácter apacible me conquistó. Se veía que me amaba y yo vi su alma puesta en mis manos y supe que era la persona con la cual viviría el resto de mis días. Con ella a mi lado yo sería muy feliz, viendo correr por la casa a nuestros hijos que vendrían en un futuro. El tiempo pasó, pero yo no cambiaba, seguía mi vida rutinaria empeorando mi situación, solo su gran amor lo soportaba. Con el tiempo tuvimos tres de nuestros hijos, a quienes yo amaba mucho, eran mi vida porque yo sin ellos no era nada. Su corretear por la casa y su griterío lo llenaba todo, a veces cuando estaba sobrio parecíamos una familia feliz, aunque con muchas diferencias económicas, pero eso no cambiaba mi forma de pensar. Día tras día mi esposa me suplicaba que cambiara. Me decía: “Por favor levántate y lucha por ti y por nuestros hijos, mira a veces nos acostamos a dormir sin probar ningún alimento, acaso no tienes conciencia de lo que haces, no solo es tu vida la que acabas, es también las nuestras.” —Ella me hablaba llorando— “¿No deseas un futuro mejor para nuestros hijos?”

Él recordó tristemente estos momentos, mientras dábamos un paseo por las calles de Quito. Su mirada fija en el recuerdo que estaba enraizado en su memoria. Miró con desconsuelo el pasado, pero pude darme cuenta, que sin olvidar el hombre que fue, esto es lo que lo hace grande ahora.

—“Sí, sí”, le decía a mi esposa con arrogancia, sin importarme el dolor que ella estaba viviendo. Cuando reflexionaba yo volvía a consolarla diciéndole que todo cambiaría, que esto era momentáneo.

Un rato él quedó sumido en el silencio. Luego pude notar que se sonrojó, tal vez sentía pena al contarme como se comportaba con su esposa.

—Cansada de este problema, una tarde me reprochó el haberse casado conmigo. Hecha un mar de lágrimas, me amenazó con abandonarme; me asusté mucho porque era la primera vez que me lo decía. No me veía sin ella, ni tampoco sin mis hijos a mi lado, pero no le hice caso. Escuchando sus reclamos, entré en rebeldía y pensando lo peor; trataba de no alejarme mucho tiempo de mi hogar, por si tratará de cumplir su amenaza. Ya no tomaba en las calles con mis amigos, los llevaba a casa y ocupaba la salita para beber con ellos, cosa que desagradaba mucho a mi esposa porque daba mal ejemplo a mis hijos. Sus reclamos se hicieron mayores. Ella me decía: “No puedo más”. Y lo decía muy enojada. Otro momento también me dijo: “ahora no solo debo soportarte a ti, sino también a tus amigos, ve y húndete solo si quieres, pero respeta nuestro hogar”.

Se podía sentir la desesperación de Ed al recordar las palabras de su amada esposa. Con un gran suspiro prosiguió. Nos olvidamos del bullicio de la calle. Caminábamos concentrados mirando la calle y yo le estaba escuchando con atención.

—El vicio me vencía, era mayor que mi fuerza de voluntad. Me quitaba las ganas de luchar por nuestras vidas. Pero me vi más frustrado aún, cuando perdí mi último trabajo. Tocaba puertas, pero todas se cerraban para mi desgracia. Ya nadie creía en mí, ni mis conocidos deseaban verme, ni siquiera me dirigían la palabra; al contrario, recibía insultos como respuesta. Algunos me decían: “Quítate borracho, acaso vamos a ensuciar nuestras empresas con tu presencia, no has visto tu semblante asqueroso y no solo eso, tu reputación esta por los suelos, lárgate de aquí, ni siquiera nos das lástima porque eres un perdedor.”

«Fue así en aumento mi desesperación porque ya no teníamos ni qué llevarnos a la boca. Mi esposa una mujer admirable, aunque desesperada. Comenzó a trabajar para llevar el sustento a la familia. Era tan poco lo que ganaba, que casi ni no nos alcanzaba para vivir, aun así, trataba de alimentarnos. Luchaba incansablemente para que me reanimara y saliera adelante, su fuerza de voluntad y el amor que me tenía hacía que persistiera en sus intentos por rehabilitarme. Recuerdo que me dijo un día con cierto dolor en lo que decía: “Tú vas a lograr todo lo que te propongas en la vida, tómate un poco de tiempo y reflexiona, yo sé que te fortalecerás y todo será diferente, además podemos buscar ayuda para tu enfermedad”.

Ed y yo tomamos un café, en un café en la plaza San Francisco, mientras conversábamos. Noté cierta tristeza en su voz. Parecía que recordar al viejo Ed le derrumbaba el corazón. Pero con cierto orgullo de ya no ser más aquel hombre, siguió hablándome de su esposa.

—Día tras día, ella insistía en llevarme a una institución para alcohólicos, pero todo era en vano. Al ver que sus esfuerzos y sus reflexiones no daban resultados, ella se iba debilitando porque sabía que debía abandonarme a mi suerte. Haciendo el último intento para que tomara conciencia del daño que yo les estaba causando con mi vicio y para que reflexionara, había recolectado algunas botellas que dejaba en la vereda y comenzó a acumularlas en el patio de atrás de mi casa. Poco a poco fueron aumentando y aglomerándose en la pared, un gran montón de botellas, pero como yo no me daba cuenta de nada, comenzó a colgarlas con una piolita débil en cada rama de su único árbol. Ella tenía la esperanza de que las viera y tomara conciencia de que cada una de esas botellas, que estaba allí colgada, como símbolo que le quitaba el alimento a mi familia. Pero era imposible que ocurriera ese milagro, porque casi siempre estaba sumido en el alcohol. Cuando me pasaba la borrachera le pedía perdón y abrazaba a mis hijos, ella lloraba su desafortunada vida porque era interminable. Llegué al colmo que daba los peores espectáculos a vista de mis hijos. Todos mis amigos se quedaban tendidos grotescamente en la salita a vista de ellos, que los observaban con temor desde un rincón, suplicándome que me fuera con ellos; a lo que yo hacía caso omiso.

Ed también me indicó una foto de sus amigos de ese tiempo. Lo trajo para este encuentro. En la foto estaba gracioso. Ed no parecía ser él. Estaba puesto una camiseta amarilla y una bermuda. En su mano derecha tenía una botella de alcohol y en con el otro brazo, abrazaba a uno de sus amigos de chupe. Estos, también salían en la foto con sus botellas. Lo increíble fue ver la cantidad de botellas que estaban allí. En ese momento comprendí que, en ese tiempo, Ed no se imaginaba que esas reuniones le constarían su matrimonio y le traerían muchísimas desgracias a su vida.

—Un día que yo no me encontraba en casa, mis amigos llegaron sin previo aviso entrando alcoholizados en ella. Como mi esposa no los dejó entrar, lo hicieron por la fuerza. Ella aterrorizada se encerró en el dormitorio con los niños pensando que le ocurriría lo peor. Cuando llegué, los encontré cómodos bebiendo, al ver el abuso cometido por ellos nos enredamos a golpes y los saque a empujones de mi casa. De inmediato corrí a buscar a mi esposa encontrándolos desprotegidos temblando de miedo. Los abrasé, prometiéndoles que jamás volvería a suceder un incidente tan desagradable como ese. Sentí remordimiento, me di cuenta que los había dejado a su suerte y que por mi culpa pudo sucederles cualquier desgracia.

«Después cambié de amigos de chupa pensando que eso mejoraría la situación. Ya no entraban a mi casa y bebíamos solo en mi vereda. Ahí nos quedábamos tendidos hasta el amanecer. Habíamos caído tan bajo que ya nada nos importaba, mi esposa me recogía al igual que las botellas, como si fuera una más de ellas; con la diferencia que me llevaba a la cama, me quitaba los zapatos, me cubría y me ponía a dormir. Mientras que ella se daba el trabajo de colgar unas botellas más en el árbol, para llegada la hora mostrármelas y con ello yo recapacitaría recobrando el juicio que lo había perdido.

«Desalentada y demacrada, un día tomó la decisión de abandonarme. Con el rostro ensombrecido por el dolor, abandonó nuestro hogar y no la culpé por ello, tenía toda la razón, a mi lado solo tenía sufrimiento. Tomó a nuestros hijos, los miró desolada como si llevara una carga pesada acuestas, reflexionó y me recriminó: “Esto no es vida, esto tiene que cambiar”. Vi que entró a las habitaciones, arregló las pocas ropitas de mis hijos, las metió en una maleta envejecida, miró la estancia por última vez, y sin volver a mirar atrás, se marchó buscando refugio con sus familiares.

«Ahora entiendo que ella en ese momento tenía su corazón destrozado, por el dolor de haber dejado en quien creía firmemente. Sé que mis amados hijos dijeron: “¿Papá también viene con nosotros?”. Yo creo que estaba como mudo, ido. La respuesta de mi esposa sonó como un eco: “Él nos alcanzara”. A continuación, los sollozos inundaban su corazón.

Fue así como su esposa partió de su hogar buscando nuevos horizontes. Ed con angustia en su corazón, no supo qué hacer en ese momento. Profundizó más el problema: buscó desaparecer sus penas en el alcohol, pero lo que no sabía era que sus penas no desaparecían así de sencillo, sino que estas permanecerían anestesiadas solo por instantes. Sabía que beber no era su solución, pero la decisión que tomaría después cambiaría totalmente su vida.

—Cuando regresé a mi hogar pensé que mi esposa y mis hijos habían salido de compras, así que salí de nuevo a mis andadas. Me preocupé de ellos al día siguiente, cuando no los vi levantados circulando por la casa. Comencé a buscarlos, pero no los encontré por ninguna parte. Una vecina, al preguntarle, me dijo que se habían marchado para siempre porque yo era un mal hombre y muy despreciable. Después de tal comentario, me sentí ruin, pero a la vez destrozado; no podía entender su decisión. La desesperación me ahogó en dolor, me quedé sentado en el suelo destrozado por la angustia. Las lágrimas inundaban mi rostro, en esos momentos solo deseaba morir. Allí me di cuenta que por mi negligencia los había perdido.

«Entonces me desesperé y me sumí en la depresión. No descansé y seguí tomando. Incluso me fui a rogar entre los borrachos que me dieran alcohol para matar mis penas. Al final aburridos mis amigos de mí y viendo que no tenía ni un solo centavo para comprar licor, me abandonaron y me dejaron a mi suerte. Ya no tenía que perder, dormía en las calles todo harapiento sin comer, macilento era todo yo una desgracia; en realidad, parecía un mendigo. Yo me avergonzaba de mí mismo, por la condición en la que me encontraba. No solo a los ojos de la gente, me veía mal también con mi propia dignidad. Cuando a veces me pasaba la borrachera y recobraba el conocimiento; me acordaba de mi hogar y a veces volvía. Al verla abandonada, sucia con un olor nauseabundo a alcohol y sin lo más importante, mi familia, me hundía más en el vicio porque según yo, lo hacía para no recordar en lo absoluto mi existencia.

«Mi dolor era profundo me desgarraba el alma. En mis tiempos de lucidez deseaba cambiar, pero jamás lo lograba. No podía permanecer en pie ni un solo momento y era cuando lloraba mi desgracia. Un día sentado en la vereda sin esperanzas, solo con mi profundo dolor, el dolor de alguien que lo había perdido todo. Me veía observado a mi paso por la gente, se podía ver la repugnancia en sus rostros; yo con la cabeza inclinada por la vergüenza apenas si alzaba a verlos. Con mis ojos adoloridos, me miré y entendí porque lo hacían y vi mi desarrapada vestimenta y mis manos ennegrecidas por el sol. La suciedad, había carcomido mi piel, y por primera vez me dio asco de mí mismo. Como había cambiado mi vida, de ser un hombre con dignidad, me había convertido en una escoria, a la cual escupían a su paso. Me avergoncé y recordé quien era antes del alcoholismo. Un joven prospero con una vida llena de ilusiones, tenía muchos sueños, pero aún más anhelaba con formar una familia que me acompañara todos los días de mi vida».

La oportunidad que necesitaba para que mi vida cambiara

En nuestra visita al centro de Quito y luego de tomar el café, pasamos por un basurero en la plaza San Francisco. Vimos pasar a un mendigo, con una botella de alcohol. El mendigo se nos acercó, y nos pidió dinero, pero Ed sabía que la telaraña del alcohol atrapa a cualquiera y no lo suelta. Ese dinero sería solo para hundir más al mendigo.

Ed y yo nos acercamos a una tienda del centro de Quito. Compró comida, unos cuantos panes, algo de tomar y se lo dio al mendigo. Lo más motivador fue al momento que vi que Ed le dio su tarjeta personal, para que el mendigo se comunicase con él.

Él le dijo que, si necesitaba un trabajo, él podría ayudarlo. Y yo le pregunté que por qué hizo eso y si él de verdad le daría trabajo. A eso me contestó:

—Cuando yo estaba hundido en la miseria, busqué ayuda en todos, hasta en mis grandes amigos de chupe, como ya lo sabes. Estaba seguro de que me ayudarían, aunque pensaba que me darían un pan para alimentarme. Sin embargo, no fue así, ellos me dieron la espalda y agotado busqué a un amigo más. Él, nunca me olvidaré de él, fue el único que creyó en mí, cuando más una persona como yo lo necesitaba. Solo necesitaba un poco de fe para luchar y él me la dio.

Hay muchos casos de alcoholismos en todo el mundo, pero no todos esos casos terminan en la rehabilitación completa de la persona. Estas personas muchas veces pierden trabajo, familia, dignidad, hogar y lo más importante, el alcohólico se pierde a sí mismo.

Cuando Ed me demostró este noble acto, pude entender cómo su vida cambió a partir de ese pequeño esfuerzo. Ahora da su apoyo sin ver rostro, vestiduras o posición. Por su noble corazón, la vida le dio una segunda oportunidad. Se levantó y ahora no se deja derrumbar por malos vicios. La segunda oportunidad que la vida le dio hace muchos años atrás, le hizo el hombre que ahora podemos conocer. Sentados luego de ese noble acto, Ed y yo continuamos nuestra conversación.

—Mirando a mi alrededor y con un poco de resentimiento hacia la vida que me había tocado lidiar por mi debilidad humana, juré superarme para poder recuperar a mi familia, pero también a mi dignidad que estaba por el piso.

Para esto debía rehabilitarse. Él se planteó para llegar a ser un hombre a quien todos respeten, una convicción. Así que un día se dijo a sí mismo: “¡Basta de humillaciones!”. Él contó que ese día estaba motivado y se continuó diciendo: “Lograré ser un hombre diferente, pero también rico, para que todos los que me habían despreciado se dieran cuenta de que yo era un hombre con carácter y fuerza”. Para lograr lo que se propuso, primero luchó consigo mismo. Era él, la única persona a la que tenía que convencer sobre esa gigantesca batalla y no a los demás.

—Debía enfrentarme al monstruo interno que me debilitaba en lo más profundo de mi ser que había olvidado que existía.

Relató que Ed seguía meditando por algunos días, pero de nuevo la tristeza lo venció. Se vio agobiado y sin salida. Entonces bebió hasta perder la conciencia, pero antes juró que lograría cumplir su propósito. Entonces, se refugió en la parte de atrás de su casa, casi a los pies de las raíces del árbol. Él estaba en la parte de atrás del patio de la casa. Aquel día llovía como noche de tempestad. Se quedó acurrucado, sin protección muriéndose de frío. “Quizás lo hice porque en mi conciencia quería castigarme”, contó con algo de vergüenza. Recordó las miradas de asco con las que le veía la gente y eso le hizo avergonzarse.

Al otro día cuando se despertó. Estaba meditando acerca de la promesa que se había hecho a sí mismo; la de ser un hombre diferente. Recuerda que, “de pronto, en un descuido choqué mi cuerpo con el tronco del árbol, entonces fue cuando algo cayó en mi cabeza y cuerpo, eran unas botellas”. Lastimado agresivamente, se recogió asustado y adolorido por los golpes; entonces al ver colgadas las botellas, comprendió lo que estaba sucediendo. El dolor, la desesperación y el llanto hizo presa de él, al ver que cada botella colgada en el árbol había privado del sustento a sus hijos. Lloró hasta cansarse, vio el dolor de su esposa reflejado en cada una de ellas. Se detuvo en la caminata y me dijo a los ojos:

—Entró un profundo dolor en mi corazón que me laceraba el alma, entonces me incorpore, camine hacia el lavadero que se había llenado con agua de lluvia, me bañe, también me afeite y salí decidido a conseguir trabajo.

Pero antes fue a la cocina. Todo aquel lugar era una desolación, sin alimento y con su carga a cuestas salió de inmediato a la calle a pedir trabajo.

—A donde iba me lo negaban, unos parecían no reconocerme por el cambio de mi físico, pero eso no les importaba, ni siquiera les interesaba quien era yo. —Continuó diciéndome.

Ese día, muerto por el cansancio y un poco desalentado porque no pudo conseguir trabajo, ni siquiera para barrer las calles, se senté a pensar si lucharía o se daba por vencido, pero no lo hizo. Casi al final del día, temblando por falta de alcohol y de alimento acudió a un viejo amigo en última instancia; casi sin esperanzas, insistí hasta lograrlo. Después de tanto rogarle por trabajo, le tendió la mano como amigo.

—Recordando viejos tiempos, al verme desamparado y demacrado al punto que parecía desmayarme, me auxilio, después de darme un poco de comer —me dijo que me recuperaría y que sería mío el trabajo.

Cada uno de mis sueños se iban cumpliendo

Ed se fue sin poder contener las lágrimas: “sentí que había vuelto a la vida”. Más tarde en su hogar, pensó que sería el comienzo de una nueva existencia.

—Con la esperanza de recuperar a mi familia y mi integridad como ser humano, comencé día a día a trabajar y a guardar todos los ahorros que podía. Después, al ver mi casa a punto de desplomarse, cayéndosele las paredes de lo vieja y arruinada que estaba; pensé que no era correcto vivir de ese modo tan deplorable.

Es así como cuando comenzó a hacer el aseo. Fue plasmándose una idea en su mente. Si era un hombre nuevo todo sería distinto, y en un soñar se ilusionó viéndose como un gran hombre de negocios; administrando y admirando su gran hotel que con mucho esfuerzo había construido.

—Por un momento en mi imaginación me pareció que vivía esa experiencia, tiempo después comenzó la idea de dar los primeros frutos. Empecé a construir y ampliar mi casa. Con todo lo que había ahorrado terminaría de hacer algunas adecuaciones. Así que planifique con mucho cuidado cuanto invertiría en la construcción. Ese, ese fue el primer paso que di a mi idea de superación.

Su mayor ilusión era reconquistar a su esposa y traer de vuelta a sus queridos hijos, pero para eso debía demostrarles que había cambiado.

—Me esforcé mucho, remodelé el comedor, la cocina y seguí haciendo varios aumentos. Al observar que todo se veía diferente, y al ver que las habitaciones eran cómodas, incluso hice tres más para rentar. No era el gran hotel que había soñado, pero era el principio de la reconstrucción de mi vida y por ende de mis sueños plasmados allí —esto lo dijo con convicción.

Bien recuperado del alcoholismo, decidió buscar a su esposa.

—Parado en la puerta de la dirección que me dieron. Me veía nervioso no sabía si ella, en el tiempo de nuestra separación, se había vuelto a casar de nuevo; pensé esa será mi ruina.

La idea de perderla era dolorosa. Al abrir la puerta, apareció ante sus ojos el amor de vida. Él siguió contando con mucha emoción. Le notaba de reojo cómo quería expresar lo de ese momento. Fue muy emotivo.

—Se veía diferente, muy bonita. Sin embargo, pude observar una estela de tristeza en sus ojos, parecía que ella no me había olvidado.

Ahí surgió una esperanza para Ed. Se planteó convencerla con argumentos sólidos.

—Ella era una mujer muy correcta y firme en sus convicciones, tal vez sería difícil persuadirla para que vuelva conmigo y olvidé el tormentoso pasado, pero en ese momento era diferente, ahora tenía que ofrecerle, no solo mi amor si no también una vida plena, llena de alegrías y un esfuerzo por superarnos.

Cuenta que al verlo se sorprendió muchísimo y le dijo:

—“Qué sucede, qué haces aquí, por favor vete que nosotros hemos continuado nuestra vida sin ti”.

Ed respondió a ello con una súplica, pidiéndole de favor que lo escuchase. “Dame la oportunidad de explicarte, he cambiado, ahora soy un hombre nuevo. Me he rehabilitado, tengo trabajo y he construido una casa bonita para ti, para nuestros sueños y los de nuestros hijos. Creo que el pasado tenemos que olvidarlo, te prometo que seremos muy felices tú y mis hijos. Mira que gracias a ti y a los golpes de las botellas que colgaste en el árbol, despertó mi conciencia. Tus ingenios para que tome mis responsabilidades en serio, han dado resultados. He podido superarme, no sabía que tu abandono me daría fuerzas para levantarme y salir adelante. Gracias a ti tengo las fuerzas para no caer de nuevo, por favor vuelve conmigo te necesito ahora más que nunca”. Cabizbajo dejó un silencio profundo en el aire. Luego recobró su alegría porque lo que venía luego, completaría el vacío de Ed.

Después de la conversación con su esposa y de abrazar a sus amados hijos, decidieron volver a casa y cada día mejoraban económicamente. Al principio tampoco fue fácil, porque había una huella. Ella al ver las tres habitaciones vacías le propuso a Ed que las rentaran. Pensó al igual que él que esto les ayudaría a mejorar sus vidas. Ella le dijo: “Pienso que deberíamos hacer una pequeña pensión, donde los huéspedes no solo se quedarían a dormir si no también se les daría su alimentación. Algunos jóvenes que vienen de afuera o de la capital se pueden quedar en las habitaciones, por su comodidad y por el buen trato que les demos, pienso que nos pueden preferir”. Con un brillo en sus ojos, Ed sonrió y con entusiasmo me describió como fueron levantando su hotel.

—Con el tiempo fueron llegando más personas solicitando nuestros servicios de restaurante y de vivienda. Fue así como hicimos un préstamo al banco y dio comienzo la idea de hacer en la parte de atrás las primeras bases del hotel.

Ya construido el primer piso y con diez y seis habitaciones tuvieron que dar pie al gran proyecto. Otros jóvenes amigos de los que se hospedaban recomendaban su hotel. Así siguió la segunda planta, la tercera y se estaba construyendo la cuarta planta.

El siguiente proyecto era terminar el segundo bloque en la parte de adelante, con eso terminarían su gran hotel.

—El trabajo de todos era arduo casi no descansábamos, los pagos de los prestamos eran muy fuertes, así que teníamos que cubrirlos de alguna manera.

Su sueño se había cumplido, la felicidad rebosaba en su hogar, pero faltaba algo que jamás Ed les había dado y era el descanso del cuerpo. Siguió relatando.

—Fue así que acabamos de pagar los préstamos, dejamos encargado nuestro hotel al administrador y a los empleados que contratamos con el tiempo, para que hicieran el trabajo. Propuse a mi esposa darnos unas vacaciones lejos de nuestro país. Con lo que habíamos ahorrado, los lleve a Francia, que eran el país que mi esposa tanto había soñado visitar. Gracias a Dios todo salió bien.

Fue así como el amor, la fuerza de voluntad y con la ayuda de un verdadero amigo que supo darle la mano cuando más lo necesitaba. Ed pudo levantarse y no caer en el laberinto del alcohol; ya que es una enfermedad que todo aquel que este inmerso, debe vencer y rectificar sus equivocaciones.

Ed al final del día no solo me dio un consejo a mí, sino también a todos aquellos que quieren darse por vencidos. Con alegría en su rostro Ed dijo:

—Yo les aconsejo a los que se sumergen en este vicio o en cualquier otro, no se dejen vencer luchen con todas sus fuerzas para destruir este mal, que lo que hace es llevarlos a la perdición. Agradezco a Dios, a mi esposa, mis hijos y a un hombre cuyo corazón tuvo el coraje de tenderme su mano y darme una nueva oportunidad. Me devolvió la fe en mí, y así pude lograr lo que me había propuesto. Lo único que necesitaba es alguien que me diera algo de fe.

Ed y yo regresamos en su auto a mi casa. Despidiéndose de mi hizo esta reflexión:

—Cualquier hombre puede llegar a superarse y conseguir ser un gran hombre, pero un hombre no es un hombre si no se levanta con sus pies y logra lo que desea en la vida.

Esto lo dijo porque estaba sumido en la miseria humana y que, habiendo llegado a lo más bajo y profundo, tuvo el valor de levantarse. Logrando todo lo que se había propuesto con fuerza de voluntad, amor y esperanza de un futuro mejor. “Lograrlo es toda una hazaña o proeza, cuando estas sumido en lo más profundo de la desesperación”. Con estas palabras despedí a Ed y el feliz dijo que estaba con ansias de volver lo más pronto a su hogar, donde su familia. Ahora Ed, no se separaba casi nunca de ellos y con una sonrisa marchó.

La historia de Ed fue narrada solo con sus iniciales por respeto a su vida privada y a la de su familia.


(Foto de portada de artículo de Bata Stojanovic. Tomada de: https://pixabay.com/es/botella-beber-alcohol-vino-3276117/)

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