home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 3 [4.3-22] La máquina de café | Bárbara Venegas Narváez

[4.3-22] La máquina de café | Bárbara Venegas Narváez

Por Bárbara Venegas Narváez

Su muerte fue inesperada, como muchas de las cosas inexplicables en la vida. Ocurrió un día tormentoso, en la sombría habitación principal de la casa grande. La mansión ubicada en la Villa Três Cruzes, a las afueras de São Paulo, era un espectáculo para sus visitantes. Estaba rodeada por grandes cultivos de café, cientos de árboles frutales, como jugosas naranjas y frutillas. Su dueño era Leonardo Campos, un anciano proveniente de una antigua familia, de ascendencia portuguesa, que llegó a Brasil en épocas de la colonia. Sabía que le quedaba poco tiempo, así que contactó a un viejo amigo suyo para que venda la gran propiedad y administre sus bienes después de su muerte.

—Y este es el ático —comentó alegremente el señor Fabio de Falco, ascendiendo las escaleras. Él era el mejor amigo del dueño de casa y guía personal de los interesados en la compra de la residencia. El hombre que lo acompañaba era John Leicester, un abogado estadounidense que planeaba mudarse a Brasil en pocos meses.

El lugar en el que se encontraban era espacioso y tenía en su interior algunas alfombras antiguas, muebles empolvados y varias ropas antiguas. Sin embargo, lo que más llamó la atención del invitado fue una máquina de moler café muy anticuada. Leicester se mostró muy interesado en aquel aparato, lo movió un poco y comentó acerca del fino labrado que tenía en su mango. Siguió observando los objetos alrededor de la habitación, cuando de pronto el molinillo empezó a sacudirse y a girar la manivela que tenía. El Sr. De Falco y Leicester se dirigieron de inmediato hacia la máquina. El aparato se calmó poco a poco, y, nervioso, Fabio le atribuyó el fenómeno a la antigüedad del objeto. Ninguno de los dos le dio mayor importancia al hecho y continuaron su visita.

Siguieron recorriendo la casa hasta convencer totalmente a Leicester. Varias semanas después, luego de un gran número de trámites legales, el estadounidense se mudó por fin a su nuevo hogar.

Lo primero que hizo, al mudarse a su gran hacienda, fue sacar aquel extraño molinillo del ático y lo instaló en la cocina de la vivienda. Les ordenó a sus empleados, que vinieron de Washington con él, que le preparan siempre su café con dicho objeto.

Por otro lado, Mauricio, un adolescente que servía en la casa, siempre se apartaba del molinillo lo más que podía y murmuraba en idiomas extraños cada que preparaban la bebida. Además, John lo había encontrado varias veces con destornilladores e instrumentos cuando se levantaba en la noche a beber agua, aunque no le dio mayor relevancia.

Pasó las primeras semanas montando a caballo, realizando varias caminatas por los pequeños senderos de la hacienda, aprendiendo mejor el idioma, pero principalmente disfrutando del café hecho a mano con su molinillo. No obstante, no podía dejar de notar la mirada preocupada de Mauricio cada que lo encontraba. Parecía que quería decirle algo, pero cuando se le acercaba, el chico huía a toda velocidad. Tampoco le daba mucha importancia a ese asunto, ni a nada en realidad, solo a su trabajo, a su hermosa casa y a su acomodada vida.

Tiempo después, el día en el que iba a reunirse con sus socios en la ciudad, despertó mal. Tuvo contantes pesadillas durante toda la noche y sentía una fuerte presión en el estómago. Apenas pudo llamar a cancelar su cita cuando cayó totalmente debilitado en su cama. Llamó a sus empleados, pero ninguno respondió. Su visión se tornó borrosa y lo último que pudo distinguir fue una figura antropomorfa y difusa en el umbral de la habitación.

Después de largo tiempo, Leicester abrió los ojos y se encontró en una habitación antigua. A su lado estaba un doctor arreglando varios frascos en su maletín. Intentó preguntarle por su condición, pero su voz no salía ni podía moverse a voluntad.

—Ya no se puede hacer nada Leonardo, solo esperar —mencionó el anciano, saliendo de la habitación.

Involuntariamente, De Falco tomó un grano de café decorado con plumas y lo estrujó con fuerza antes de volver a perder la conciencia.

Se encontró en el mismo ático que había visitado en su primera visita a la hacienda. Sin embargo, para su sorpresa se vio a sí mismo con el Sr. Fabio recorriendo la estancia. Intentó llamar la atención de ambas personas, por más extraño que le parecía en ese momento, pero no obtuvo respuesta. No lo veían a él, sino a la máquina de café en la que resultó estar encerrado.

Volvió a abrir los ojos y vio el rostro preocupado de Mauricio, quien le aplicaba paños de agua en la frente. Estaba de nuevo en su habitación.

—El Sr. Campos no quiere dejar la hacienda. No lo hará. Váyase ahora por favor —el joven hablaba con cierta dificultad, pero era entendible.

—Es la máquina de café, tiene su alma y busca un lugar donde habitar. No lo deje. Él era muy malo —suplicaba el muchacho.

—¿A mí? Eso no es posible —murmuró incrédulo.

No podían existir esas historias de fantasmas. No las iba a creer. Se puso de pie e intentó bajar las escaleras, iba decidido a llamar a un doctor y a de Falco para obtener explicaciones racionales y no locuras de un niño. Sin embargo, cuando intentó tomar el teléfono, vinieron a su mente imágenes del antiguo dueño de la casa con la boca abierta y sus ojos blancos y desorbitados. El teléfono de pronto se cayó al suelo y se hizo añicos. Los maravillosos candelabros del techo cayeron y las risas de ultratumba de sus pesadillas se escucharon en todo el lugar. Las luces parpadearon y las paredes se agitaron, mientras que el papel tapiz empezó a rasgarse.

Como pudo, John salió de la casa y se dirigió a la policía local. Llamó a sus socios y pidió un boleto de avión de regreso a su hogar. Pasó la noche en casa de un amigo. Ahora había visto lo más escalofriante del más allá y no iba a volver. Pensó, por un momento, que tal vez las leyendas e historias de fantasmas eran reales. Mandó a recoger sus cosas y partió en el primer vuelo que estuvo disponible.

Quería olvidar todo lo que había visto. Tomó su asiento junto a la ventana y se despidió de la ciudad que disfrutó tan poco tiempo. Sacó su maleta del compartimento y empezó a buscar un libro para distraerse, en ese momento, varios granos de café cayeron de ella y terminaron en el suelo. El pánico se apoderó de Leicester, mientras que las luces del avión empezaban a parpadear.


(Foto de portada de artículo de Free-Photos. Tomada de: https://pixabay.com/es/cafe-hombre-sesi%C3%B3n-personas-569349/)

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