home Mecánica del asombro, Volumen 4 - Número 1 [4.1-3] A propósito de nuevos propósitos | Marialuz Albuja

[4.1-3] A propósito de nuevos propósitos | Marialuz Albuja

Por Marialuz Albuja

 

Antes de que se terminara el 2017 escuché a un niño decir, frente a sus compañeros y profesores de la escuela, que su propósito de año nuevo sería “no odiar a la gente”. Esto, en medio de las promesas encantadoras y socialmente aceptables preparadas por el resto de pequeños, ocasionó desconcierto, risas incómodas y, en vez de un ferviente “ohhhh” lanzado por los escuchas, generó comentarios del tipo: “Tiene personalidad este niño” o “qué propósito tan original!”.

Lo de “original” fue sin duda una exageración de algunos padres de familia para salir del momento incómodo. Pero lo que algunos interpretaron como “personalidad” podría referirse a la franqueza de un propósito construido sobre la aceptación pública de algo que muchos negamos por “educación”: nuestros congéneres nos pueden resultar insoportables.

Sin embargo, dejando de lado el que los niños tienen más capacidad que un adulto para observar el mundo sin programaciones impuestas (todavía), me aventuro a decir que el niño en cuestión podría, con su frase, haber querido expresar disconformidad ante el hecho de que se lo estaba forzando a formular un propósito. Públicamente. Con ojitos de querubín. Y no solo eso, sino con palabras esperables y frases positivas. Si su oración hubiera planteado: “Me propongo amar a los demás”, nadie se habría impactado. Pero la frase formulada por el pequeño se prestó a la interpretación de que este odiaba (y quizás siga odiando) a la gente y que, por tanto, intentaría dejar de hacerlo. Así como se puede asumir, también de manera errónea, la ebriedad de alguien que se propusiera no tomar o no drogarse, aunque quizá dicho propósito fuese apenas una afirmación de algo que ya se practica en la vida (la sobriedad).

Ahora, cuando el propósito se realiza en afirmativo y con palabras inofensivas también podríamos equivocarnos y pensar que se refiere a la incorporación de algo que no se ha hecho o que se ha dejado de hacer. Retomando el ejemplo, si alguien se propone amar a los demás, ¿será que no los soporta en la actualidad?

Está claro que no. O, al menos, no tendría por qué ser así. Pero estamos tan acostumbrados a hacernos propósitos para llenar baches (personales o empresariales), para salir del paso, para cumplir con un requerimiento del jefe, del profesor o de nuestro propio patrón Vásquez (como Pessoa llamaba a la vida en su Libro del Desasosiego) que ni siquiera nos detenemos a pensar en lo que es un propósito.

¿Es un fin o es un medio para conseguir un fin? ¿Tiene sentido planteárnoslo? ¿Tenemos claro lo que queremos alcanzar cuando lo pongamos en práctica?

Me aventuro, otra vez, a creer que nos estamos planteando propósitos sin sentido. Esto, quizá, porque lo hacemos desde el ego, desde la obligación impuesta, desde la necesidad de reconocimiento o de quedar bien con quienes marcan las exigencias laborales que ahora han invadido no solo la manera en que uno debe hacer su trabajo, sino la vida personal: tiempos, ritmos, acciones aceleradas para algo que, visto a la distancia, se convierte en papeles apilados y en la triste constatación de que nadie nos devolverá las horas perdidas en el absurdo propósito de satisfacer las agendas de cuanta entidad reguladora aparezca por ahí.

Hemos enterrado (dicho más claramente, nos hemos visto obligados a enterrar) el sentido de nuestro trabajo y de nuestra vida en formularios burocráticos con objetivos redactados en infinitivo, con destrezas sustantivadas, con resultados “medibles”, con los tan de moda “entregables” (traducción horrorosa de los deliverables que tienen hasta la coronilla a educadores y a empresarios, como si todo tipo de trabajo fuese harina del mismo costal).

¿Hasta qué punto el propósito tiene que ser cuantitativo o medible? ¿Dónde queda lo que no se mide, como la salud y la familia? ¿Cómo se puede evaluar lo que sabe un profesor, lo que un alumno ha aprendido realmente, el potencial de un empleado?

Tanto las empresas como las entidades educativas han perdido lo que la jerga del momento ha bautizado con el nombre de “misión”. Y puedo equivocarme, pero en el ámbito empresarial quizás esto no sea tan nefasto como lo es en los colegios y en las universidades. No se puede tratar a una institución educativa igual que a una fábrica de enlatados.

Si un departamento de ventas se propone vender un millón de dólares de producto, el dinero ganado por los empleados después del proceso podría terminar en manos de un hospital o, por lo menos, de un médico. No es extraño el estrés laboral, como tampoco lo son otras enfermedades relacionadas con el trabajo y demás sucedáneos del éxito. ¿Se habrá cumplido entonces con el propósito? Con su parte medible, seguro que sí. Pero no con el resto. Y esto es lamentable desde el punto de vista humano. Pero si trasladamos lo mismo a la educación, veremos que es aún más espeluznante.

Se mide el éxito de un profesor porque tuvo un mayor número de alumnos aprobados o porque ha sido evaluado por sus estudiantes con puntajes altos (aunque los “rubros”, otra palabra importada de la jerga empresarial, sean conceptos no manejados por los jóvenes evaluadores) o porque publicó más artículos científicos que otros profesores (sin importar el contenido –lo no medible– de dichos artículos). Una universidad cuyo cuerpo docente se ajuste a estos parámetros ¿está cumpliendo con el propósito de la educación? ¿El profesor “exitoso” es un buen profesor?

Así pues, aunque los propósitos, objetivos, entregables y “otros” se logren, ¿no está claro que se ha perdido el sentido de la enseñanza?

Visto desde esta óptica, tenía razón el niño cuyo propósito de año nuevo fue el de no odiar a la gente. Nos hemos convertido en una especie deshumanizada, superficial y sin sentido de para qué nos proponemos conseguir algo. La propuesta del niño en cuestión al menos pertenece al terreno de lo no medible, y eso ya es mucho decir. Quizá solo así, saliéndonos de las líneas de los cuadritos de Excel, consigamos ser menos odiables y, ojalá, un poquito más humanos.


(Foto de portada de artículo de Dongtan Ko. Tomada de: https://pixabay.com/photo-2358983/ )

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