home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 1 [4.1-19] ¿Qué pasaría si hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada? | Mishell Villacis

[4.1-19] ¿Qué pasaría si hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada? | Mishell Villacis

Por Mishell Villacis

 

En mi cuenta personal de la web ya aparecía la confirmación de mi reserva en el lujoso y más visitado restaurante “Rascacielos”. Hace muchos meses atrás había apartado una mesa para ese evento anual, donde todos los solteros y solteras de una cierta generación esperábamos ser parte. Quién diría que el día ya había llegado. Vestía tan formal como si fuera a casarme ese mismo instante. Con tan solo un botón del elevador, logré trasladarme hasta el lobby principal del evento. Retiré mi código y fui directamente a la mesa que había reservado. Mientras esperaba la llegada del camarero, no podía creer la espectacular vista que tenía ante mis ojos. Me encontraba a tan solo 80 kilómetros de la tierra, me sentía flotando por el espacio. Las estrellas y constelaciones se veían sin necesidad de algún instrumento astronómico.

Miré a mí alrededor de las ventanas y justo un cometa cruzaba por Marte. Intenté capturar ese momento hasta que el camarero interrumpió. Muy atento, abrió una botella de vino y me entregó la carta del día. Cada una de las propuestas estaban ordenadas alfabéticamente, las imágenes sin duda eran de calidad HD, además ubicaban el país de origen, los años que tenían, los idiomas y por último su profesión. Leí detenidamente buscando realmente algo que me suene interesante y que vaya de acuerdo con mis gustos. Señalé la fotografía y el mesero empezó a encender la pantalla que se encontraba encima de la mesa, justo al frente mío.

La pantalla se encendió y al instante, una bella mujer, muy decente y clásica, estaba frente a mí a través de una pantalla. Aunque con recelo y nervioso empecé a presentarme. Pasaron unos minutos y, sin darme cuenta, ya le había contado todo de mí. Pregunté sobre ella. Con su pequeña pero hermosa sonrisa empezó hablar. Me quedé totalmente sorprendido, no sabía qué hacer, no le entendía nada de lo que me decía, hablaba en otro idioma.

Rápidamente busqué en su pantalla algún subtítulo o traductor del idioma y, por suerte, lo encontré. Pasaban las horas y no nos cansábamos de hablar. Estaba fascinado por muchas cosas que compartíamos. Tomamos un tema interesante que solo los científicos sabíamos. Hablamos de los motores de las cápsulas para viajar a Marte en treinta días, comentábamos de las condiciones, la fusión de un núcleo de plasma encapsulado en un campo magnético, de los tres anillos de litio que colapsaba sobre el núcleo del plasma, la energía de la fusión, lo que impulsaba a los motores generando calor y electricidad y de muchas cosas más.

Estábamos totalmente en nuestra zona de confort. Creí que hasta podía pedirle matrimonio en ese instante, sin importar la distancia ni la división de una pantalla.

Miré mi reloj y quedaba poco tiempo de nuestra cita. El reloj de la pantalla cada vez se iba reduciendo. Observé también que en su pantalla la frecuencia del pulso aumentaba y eso era una buena señal. Estaba tan emocionado de hablar con esta mujer, al punto que, por accidente, derramé todo el vino que estaba en la copa. Un poco avergonzado me agaché para recoger la copa y, al levantar mi mirada, creí delirar de la emoción por un instante. Pensé que era los efectos del alcohol, pero era cierto. Ahí estaba, ella hablando en varios idiomas y vestida de diferentes formas en cada una de las pantallas junto a las mesas de los solteros.

Reaccioné, decepcionandome completamente. Supe que yo, al igual que otras mujeres y otros hombres, habían escogido las mismas opciones de la carta. En mi cabeza me repetía una y mil veces: «sabía que podía pasar eso». Me incorporé y solo la observé por última vez. De pronto me di cuenta de que, por mi accidente del vino, colapsaron todas las conexiones.

Mientras me retiraba del sitio, la imagen de esa mujer en casi todas las pantallas de cada mesa, poco a poco se iba desvaneciendo entre líneas. De reojo me di cuenta de que frente a las pantallas de las mesas salía un pequeño mensaje con la opción conectar de nuevo o cancelar la conexión. Mientras me retiraba, la mitad de los presentes se quedaban intentando retomar las llamadas, mientras que otros se retiraron del lugar al igual que yo, con el sentimiento vacío en su totalidad y decepcionados de lo sucedido. Entré al elevador y una mujer entró atrás de mí. Le había pasado el mismo engaño que a todos. Me miró y aunque éramos desconocidos me dijo:

—Hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada. Hay que tener presente que el estar ausente no anula el recuerdo, ni compra el olvido, ni nos borra del mapa.

Mientras le daba la razón asintiendo con mi cabeza me preguntó:

—¿Y tú a dónde te diriges?

Y aunque no dije nada los dos marcamos el botón del elevador que decía: “AL PRESENTE”.


(Foto de portada de artículo de Schweiz. Tomada de: https://pixabay.com/photo-1637393/ )

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