home Desciframientos, Volumen 4 - Número 1 [4.1-18] Quito Terror Fest (Tus días contados) | Alejandro Rakela

[4.1-18] Quito Terror Fest (Tus días contados) | Alejandro Rakela

Por Alejandro Rakela

 

La gente es caótica, distinta y, asimismo, seres muy extraños. A las personas nos gusta formar parte de un determinado grupo donde encajamos de mejor manera de acuerdo con lo que nos interesa o lo que compartimos, es lo que lo hace bello y tan versátil al mismo tiempo.

Ocurrió en la Mariscal Foch, a las ocho de la noche, un miércoles. Distintas personas se preparaban para entrar a distintos eventos, unos al Bungalow y otros, a una cuadra, con destino a un concierto de Metal llamado “Quito Terror Fest”. Era un lugar donde las bandas más importantes del género de la capital iban a compartir escenario y brindar un show como hace mucho tiempo no se veía, o por lo menos algunos no recordábamos.

Como siempre, antes de entrar a un lugar, se hizo la “previa”, la mezcla perfecta de amigos con alcohol, donde cada uno después toma su camino.

—Préndete ese porro —dijo mi amigo Boris.

—No importa, total que aquí en la Foshe a nadie le importa —planteó Ricky.

De regreso al auto buscamos hacer tiempo, escuchando música y tomando unos tragos, antes de poder ir al concierto que tanto se esperaba.

Finalmente, en el evento, la gente se acomodó como podía; pagaron sus entradas con total naturalidad, se tomaron unas cervezas, tanto afuera como adentro del lugar, esperando a la primera banda llamada “Chivo Judas”, una banda del vocalista de Descomunal y su hijo llamado Joel, un niño de catorce años tocando la batería de una forma impresionante, con el pelo bien cortado, a diferencia del papá que tenía su pelo súper largo, el cual tocaba la guitarra.

La gente comenzó a subir cuando Chivo Judas empezó a tocar. Para mucha gente se trataba de ir a apoyar y ver lo que se suscitaba: ¡un niño de catorce años que tocaba y cantaba como un viejo metalero de cuarenta, los sonidos entre rápidos y lentos, con voces guturales, y que hacía que la gente se mueva por todos lados! Era muy complicado para la gente sacar el ojo del pequeño baterista ya que este emanaba tal energía que hacía sentir toda su energía con cada batacazo que metía o cada pedazo de letra que cantaba.

Cuando acabó el Chivo Judas, nos pareció normal buscar un poco de aire nuevo antes de ingresar nuevamente para volver a explotar toda esa energía que uno llevaba adentro. Al salir podías notar a gente totalmente distinta de la que se encontraba adentro, vestida de forma elegante; extranjeros y todos contaban que iban a hacer la noche de ese día.

—Oye, después el after es en mi casa de ley —dijo uno de los chicos que pasaba.

—Claro, solo tenemos que guardar para después pasar comprando trago —respondió otro que pasaba.

A la final todos tenían su plan, pero por más distinto que sea, todos querían llegar a un mismo fin: “embrutecerse” esa noche.

El tiempo pasaba y la rutina era la misma. Gente entrando y saliendo de un cuarto no mayor a ochenta metros cuadrados, donde el calor se apoderaba del sitio, entre bailes fuertes o gente cabeceando, olor a tabaco y, afuera, más que nada, gente bebiendo para sentir toda esa energía del metal.

Hay veces que uno necesita que su cuerpo se libere de lo que le acecha en el día a día y qué mejor forma que hacer lo que uno ama de verdad. Salir un poco de esa rutina social de la cual todos estamos sumergidos y transformarnos en lo que realmente éramos: unos orcos u orangutanes apasionados, con ganas de caos interno, que se convertía en paz a medida que la noche avanzaba. Eso pasaba aquí, eso se emanaba y se sentía, conmigo y con todos los demás.

Dentro de los camerinos se pudo ver a los músicos nerviosos, estirando o tomando aire para salir. La gente emocionada esperaba que ahora Mini Pony saltara al escenario. Iba a estar en escena una banda de Metal-Electrónico, con un increíble juego de luces y un show fantástico; su vestimenta de negro entero, distinta, parecía que estaban puesto vestidos de viuda y su forma de moverse en el escenario era espectacular.

—Gracias a todos por venir, por eso estamos aquí, porque todos compartimos esta pasión y por eso ustedes son mis amigos orcos —dijo Emilia, una de las integrantes del grupo, antes de tocar.

Toda la gente se emocionaba y aplaudían. Comenzaron a tocar y fue impresionante el show que brindaba Mini Pony. Se subían en los amplificadores. Las notas se quebraban para que tú puedas ir al ritmo de la luz, de la batería y de la lentitud fuerte de la guitarra, mientras que el resto alrededor hacían exactamente lo mismo. De forma muy rápida el show se fue acabando. En todo caso después de cada banda se volvió normal salir a tomar aire

—Oye, ya vamos al recreo —dijo Boris

—Aguanta, vamos a comprar una cerveza —Respondí.

El lugar era un sauna por dentro. Muchas camisetas totalmente mojadas por el sudor o por la cerveza derramada dentro del pequeño caos que se armó ahí dentro. En las calles todo era un distinto, la gente estaba bien vestida; a una cuadra estaba el Bungalow, gente en camisa, lindos zapatos, reloj y peinados elegantes. A una cuadra se podía ver nuevamente gente de negro caminando, con pelos largos y botas, de una esquina a otra dos mundos paralelos. Dos tipos de personas, dos tipos de liberación, la una más sensata que la otra.

Andrés, un chico muy conocido en la escena rockera de la ciudad, hacía nuevamente su espectáculo después de tomar de más, se iba tambaleando de lado y lado mientras bajaba las gradas, riéndose y burlándose de toda la gente, sacando conclusiones bastante lógicas del ser humano

—Ja ja. Todos son unos orangutanes, ¿cuál será la forma más sensata de describir a las personas? ¿Simio? ¿Orangután? ¿Mono? ¿Mandril? Eso es lo divertido, sus derivados. Ja ja. —alguien balbuceó.

Era un comentario acertado para la ocasión. A pesar de su borrachera nos hizo pensar a todos y analizar lo sensato que puede ser una persona cuando expresa lo que siente.

Estos entretiempos fueron un recordatorio de la época de colegio, ya que en los recreos se sentía la misma sensación de salir con un determinado tiempo para volver a entrar y ver en los pasillos y patios gente de todo tipo, los que escuchaban música, jugaban videojuegos, fútbol o estudiaban. Asimismo, después de unos diez a quince minutos, la gente volvía a entrar, con la diferencia que ahora en el trayecto la gente tenía que pasar por el bar pidiendo unas cuantas cervezas para ver la siguiente banda. Comenzó en fila las bandas más esperadas de la noche. Kanhiwara, una banda de metal quiteño, muy conocida en el medio local, estaba por tocar. La gente empezó a volverse loca mientras coreaban sus canciones más conocidas, entre esas: “Olor putrefacto” o “Instinto Suicida”, dos canciones que representaban a la banda en todo su esplendor.

El lugar se volvió un caos. La gente se empujaba de atrás para adelante. El vocalista de la banda se lanzó encima de todos mientras seguía junto al público cantando todas las letras. Kanhiwara fue una banda muy importante en el ámbito metal aquí en la ciudad de Quito y, ahora en su regreso, después de estar varios años separados, desató nuevamente la locura en la capital. Todos los metaleros de la vieja escuela se encontraban emocionados, sabiendo que verían nuevamente a una banda que los marcó tanto.

Quedaba Descomunal y Colapso, dos bandas igualmente muy famosas en el medio local. Como era de esperarse explotó el lugar. La gente ya estaba vuelta loca, ya borracha, personas tambaleándose o empujando. Estar ahí adentro a estas alturas ya era imposible, ya que había tanta gente queriendo ver el show, que simplemente colapsó. Había personas que estuvieron destinadas a ver tan solo desde una especie de ventana que daba a la cara del vocalista y el guitarrista de cierta forma. Esto era mejor que meterse en el caos, aunque la energía que te daba estar en el fenómeno, no se comparaba con nada.

La música es un arte muy versátil y muy lleno de energía, el rock es uno de sus derivados más importantes, entre esos el Metal. Como se pudo ver en este concierto, una persona metalera jamás dejará de serlo. Siempre está dentro de él el espíritu metalero y siempre se la vive con la misma energía, ya sea teniendo veinte o cuarenta años.

La música es la liberación para muchas personas, incluyéndome. Me repetiría esta historia una y otra vez.


(Foto de portada de artículo de Alexander Fradellafra. Tomada de: https://pixabay.com/photo-1748102/)

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