home Desciframientos, Volumen 4 - Número 1 [4.1-17] Un lugar y una familia | Daniela Calle

[4.1-17] Un lugar y una familia | Daniela Calle

Por Daniela Calle

 

Hay lugares donde uno se queda y lugares que quedan en uno. Lugares en donde encuentras personas que son imposibles de olvidar. Lugares que, desde el primer día, se vuelven parte de ti y te marcan de por vida.

Era una calle poco transitada, tenía unas casas preciosas y tras dar algunos pasos estaba en frente a una casa que no se veía mucho desde afuera. La entrada era un poco extraña, había muchas ramas y en la mitad de estas había una grada angosta; pero, a su vez, mientras se daba pasos para subirlas, se podía ver su sencillez y hermosura. Tras pasar por estas gradas, que se asemejaban a lo difícil que fue llegar a este lugar, había un jardín lleno de flores y árboles de todo tipo, unos más grandes que otros, y estos se asemejaban a la imagen de mi familia despidiéndose en el aeropuerto.

En la mitad de esto, había un camino de cemento, con algunas flores alrededor que conducía a la entrada principal de esta casa. La puerta que divisaba era roja, un color que me recordaba al jugo que tomé en el avión antes de llegar a aquella ciudad. Caminaba un poco asustada y muy despacio admirando todo lo que había alrededor, de pronto alguien abrió la puerta, era una señora con una mirada alegre, se asemejaba a la mirada de la muchacha que había visto horas atrás en el avión, vestida de colores claros y vivos que me hacían sentir tranquilidad. Esta señora era de avanzada edad y hablaba en inglés. Su saludo fue muy emotivo, me recibieron con una gran sonrisa y un abrazo muy fuerte. Entrando a esta casa había una chimenea prendida. Detrás de mí había tres personitas que saltaban mucho y hacían preguntas que no comprendía. Me invitaron a sentar en una sala muy cómoda con amplios sillones y esperé junto a estas tres personitas que se reían y expandían su alegría, haciéndome olvidar que no estaría con mi familia por un largo tiempo. Tras un momento pasamos a la mesa, había variedad de comida y todo tenía un estilo muy rústico, los platos eran extraños, pero muy bellos y los niños miraban con ternura y me invitaban a comer.

Para llegar aquí, pasaron muchas cosas. Todo empezó un año atrás, en el que establecí que quería ir a cuidar a esos niños. Fue un tiempo de mucha incertidumbre y desesperanza, pero al llegar y sentir ese amor y ternura, fue más que claro que todo valió la pena para estar junto a esa familia. Cuando por fin decidí que era momento de viajar, mi corazón palpitaba muy fuerte, sabía que no vería a mi familia por mucho tiempo y tenía mucho miedo, pues nunca había estado lejos de mi familia tanto tiempo y también tenía mucha angustia de lo que me esperaba al otro lado. Sin embargo, decidí que era hora de ser fuerte y me aventuré en este viaje que sin duda cambió mi vida y abrió un espacio en mi corazón para la que considero, mi segunda familia. Una noche fría, tomé un camino que cambiaría para siempre mi vida. Ingresé a un auto y este se dirigió por las calles de Quito. Tras media hora de recorrido llegué al aeropuerto, había poca gente caminando; sin embargo, las únicas personas que veía eran mi familia. Registré mis maletas y me despedí. Con lágrimas en los ojos caminaba por varios pasillos blancos y con paredes que tenían varias señales, trataba de encontrar a través de los letreros la puerta en la que abordaría el avión.

Mientras esperaba intranquila para abordar aquel avión, miraba una carta que me habían dado antes de despedirme de todos. Mi corazón palpitaba muy fuerte y no podía parar de llorar, sentía que tenía que correr y volver a casa y olvidarme de todo. Sin embargo, mientras pensaba en todo esto atravesé por la primera prueba sola. Por sorteo habían elegido mi maleta para ser analizada y fui llamada por altavoces junto a otras personas. Todos seguimos a un oficial que parecía muy enojado y caminamos por un pasillo hasta que nos pidieron que nos saquemos los zapatos y dejemos nuestras pertenencias en una canasta para pasar por un filtro de seguridad, el mismo por el que había pasado minutos antes para ingresar a la sala de espera. Al finalizar este proceso bajé por unas gradas que llevaban a la pista del aeropuerto. Sin embargo, al bajar las gradas nos llevaron a una bodega donde se encontraban personas abriendo las maletas y guardias de seguridad con perros. Sequé mis lágrimas y me acerqué a una mesa de control, abrí la maleta.

Al finalizar la revisión de todas las maletas, fui de vuelta a la sala de espera. Me sentía muy angustiada y fue el momento en el que me di cuenta de que a partir de ese momento estaba sola, ya no tendría quien me ayudara, tenía que afrontar todo lo que iba a pasar a partir de ese momento sola. Sentada en la sala de espera, escuché que era hora de abordar el avión. Presenté el pasaje a una señorita que me veía con una mirada alegre y ella me indicó cuál era mi puesto. Mientras estaba en el avión, una señora con su bebé se sentó a lado mío y esto me motivó a pensar en lo que me esperaba al llegar. Esperé varias horas, horas de intranquilidad, horas que parecían eternas. Transcurrido este tiempo, bajé del avión con mucho cuidado y otra vez estaba inmersa en un montón de pasillos, solo que ahora eran pasillos que tenían señales en otro idioma y gente un poco extraña pero amigable a su vez. Caminé durante varios minutos y pasé por algunas tiendas, hasta que llegué a la siguiente puerta en la cual debía abordar el siguiente avión. Subí al avión, caminé hasta la fila del fondo y me senté, se podía ver cómo, a medida que el avión se elevaba, se iban haciendo pequeñas las casas.

El avión siguió su ruta para llegar al destino esperado, Seattle. Tenía mucho miedo, pues en aquella ciudad aguardaban nuevas experiencias, nuevos sueños y sobre todo cinco personas que cambiarían mi vida por completo. Cuando bajé del avión, caminé por más pasillos, esta vez con otra idea, las cosas se veían de otra forma. Había cosas que jamás había visto, personas muy amables y hablaban en inglés. Sin embargo, eso no detuvo las ganas que tenía de salir y conocer a la que sería una segunda familia.

Tras bajar por unas gradas eléctricas, vi en el fondo tres niños y sus padres que miraban con ojos de asombro y alegría. Los niños tenían miradas muy alegres e intrigantes, cada uno tenía características físicas diferentes. Uno de ellos, el más travieso tenía cabello corto y rubio, usaba unos anteojos y tenía ojos cafés muy grandes que me miraban con mucha incertidumbre. Una de las niñas era de raza negra, tenía unas trenzas hermosas, coloridas y cada vez que brincaba ellas saltaban. Esto me distraía, pero lo hacía aún más su sonrisa, y su abrazo al recibirme. La otra niña tenía el cabello muy largo y miraba con un poco de indiferencia. Ella no parecía muy alegre de mi llegada. Sin embargo, los tres cargaban un cartel que tenía dibujado al mapa de Ecuador y escrito “Bienvenida Dani”. Esto hizo acelerar mi corazón, poco a poco sentía que los conocía de antes, sin embargo, faltaban las palabras para poder expresar lo que apreciaba.

Y allí en ese lugar empezó toda la historia, empezó un nuevo destino. Saludé con los padres de los niños y me dirigí a un auto. Mientras iba en este auto veía edificios, carreteras y autos que jamás había visto, parecía que estaba en una película. No podía creer todo lo que veía, era una ciudad realmente hermosa. Tras un tiempo en el auto, luego de conversar un poco con los niños y cantarles una canción en español, llegamos al nuevo hogar. Recuerdo que fue muy difícil llegar hasta aquí. Hoy, tras seis meses de mi llegada, me doy cuenta de que la decisión que tomé fue una de las mejores decisiones y que, a pesar de las cosas que pasé, valió la pena; porque más que una aventura encontré una segunda familia que poco a poco ha alegrado mis días y mi corazón. En especial estos tres niños que tengo aquí a mi lado y que me han brindado una nueva forma de ver la vida y de hacer las cosas. Ya no tengo apuro por volver a casa, extraño a los míos, pero tengo a mis tres pulguitas que han dado un significado a mi vida que fue más allá de mis expectativas.


(Foto de portada de artículo de Jill Wellington. Tomada de: https://pixabay.com/es/familia-muelle-hombre-mujer-ni%C3%B1os-591579/)

 

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