home Lenguas hemisféricas, Volumen 4 - Número 1 [4.1-12] Pablo Palacio y su compromiso a-político para los desposeídos | David Alejandro Samaniego Rojas

[4.1-12] Pablo Palacio y su compromiso a-político para los desposeídos | David Alejandro Samaniego Rojas

Por David Alejandro Samaniego Rojas

 

“Solo los locos exprimen hasta las glándulas de lo absurdo y están en el plano más alto de las categorías intelectuales”.

 

Pablo Arturo Palacio Suárez, excelso narrador ecuatoriano, escudriñó su primer amanecer el 25 de enero de 1906, en la ciudad de Loja, provincia del mismo nombre. Rápidamente desde su primer poema “Ojos negros”, publicado en 1920, se consolidó como una figura destacada de las letras hispanoamericanas, al ser catalogado como uno de los precursores de la vanguardia, en cuanto a estructura narrativa e introspección psicológica, separándose de la raigambre costumbrista clásica en las letras ecuatorianas. Su trágica y temprana muerte, mitificada en la locura, han hecho de esta figura una de las más aclamadas por la nueva crítica y considerado un visionario sin precedentes, no solo a nivel literario, sino en su mensaje político desarrollado durante su obra.

Hablar de Pablo Palacio, es hablar del mito, del enigma personificado en la figura de un escritor salido del “último rincón del mundo”; es admirarse de su obra que pacientemente esperó su momento, espero a sus lectores, a que estos maduren, se sienten plácidamente en el mundo y regresen a ver su propio interior, sus entrañas mismas. Palacio no siguió una línea estética definida, porque jamás creyó conveniente definir nada, ni siquiera definirse a sí mismo, no se dejó marcar por las influencias vanguardistas europeas, leyó mucho, y esto es fácilmente perceptible en su narrativa, donde convergen una amalgama de conocimientos técnicos, científicos, médicos y jurídicos; fue un abogado eso es cierto, pero la mitad de su corazón se inclinó hacia la medicina, la otra hacia la protección de los indefensos, de aquellos cuyas vicisitudes se han extendido por generaciones, aquellos no solo con problemas físicos o económicos, también, y atrevámonos a decir, en gran medida, psicológicos, aquellos cuya existencia gira en torno a la economía o el amor, aquellos extraños en un cuerpo humano, aquellos que somos nosotros, estos “indefensos” son, somos, los desposeídos.

Desposeídos del alma, de la vida, del sentido innato de existencia misma. Palacio en su narrativa los rescata como a pequeños animales salvajes, para analizarlos, explorarlos, entenderlos y fundirse con ellos en la comprensión de un mundo nuevo, pero ya no de desposeídos. Para este fin el lojano nos presenta personajes “desequilibrados socialmente”: pedófilos, homosexuales, asesinos, transexuales (¿incluso?), infieles; y son contrastados con figuras aparentemente correctas, hombres naturales, que hacen cosas naturales, sin siquiera atreverse a imaginar que en realidad los verdaderos desequilibrados no son los otros, sino ellos mismos. La paradoja irónica de Pablo llega a tal punto de expresar las circunstancias del asesinato de un homosexual que, al no poder reprimir sus deseos, trató de aprovecharse de un joven de catorce años, y que fue fulminado por el padre de este, “a puntapiés” (“Un hombre muerto a puntapiés”).

Palacio, estructuró en su obra el antecedente de una literatura vanguardista en su propio tiempo, en cuanto a la unidad, justificación, estilo y protagonismo condensado en una narrativa lúdica que giró los cánones del pensamiento político en la novela de los años de la década de 1930. Tras el desglose analítico y de denuncia social que supuso la irrupción del realismo social en un plano dónde la sociedad ecuatoriana había heredado el discurso de Montalvo y Espejo, surge la necesidad en idea de Palacio de un cambio sustancial, ya se había visto hacia afuera con la generación de Joaquín Gallegos Lara y “los cinco como un puño”, era el momento de analizar introspectivamente al ecuatoriano, de mostrar que no solo los europeos tienen crisis existenciales o problemas de psicología derivados de su ordenamiento político, el tercer mundo y en este plano los desfavorecidos tenían su propio sistema de problemas depresivos.

Pero Palacio no solo quiere mostrar la introspección psicológica humana, va más allá, ahonda en la subjetividad del ser y la complejidad de las superestructuras novelísticas agotadas por el costumbrismo. Parodia el realismo tratando de escribir como una novela realista, su novela Débora, para luego dar paso al análisis propio, casi como si hablase consigo mismo a través del papel, de las inconsistencias de este método de escritura; trata entonces de ser barroco, pero falla y muere de risa en el intento. Eleva, entonces, la vanguardia al plano metafísico, analizando la historia y sus consideraciones, su sentencia es irrevocable: “Los historiadores son ciegos que tactean”.

Con el aparecimiento del Grupo de Guayaquil (los cinco como un puño), con Gallegos Lara a la cabeza, y conformado además por: Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert, José de la Cuadra, y Alfredo Pareja Diezcanseco, se constituye el movimiento de renovación más importante que ha tenido la literatura ecuatoriana. Escritores de tendencia revolucionaria que al comprender el mensaje del francés Jean Paul Sartre, creyeron en una literatura al servicio del progreso político del hombre. Una generación que vivió la masacre obrera del 15 de noviembre de 1922, que a la postre ocasionaría la revolución Juliana de 1925, y en el medio con la publicación del magnífico conjunto de cuentos: Los que se van (Demetrio Aguilera, Joaquín Gallegos, Gil Gilbert). Sus escritores consideraron que su misión era la denuncia social, la expresión tajante y cruda de la realidad del montuvio, negro, mestizo, indio, en contra de los poderos opresores de un estado limitador.

Palacio más burgués acaso, tomó esta expresión de denuncia como un precedente para su mensaje político, militante de izquierda como casi todos los intelectuales sudamericanos de los 30, desarrolló en sus tres libros: el conglomerado de cuentos Un hombre muerto a puntapiés, y las novelas Débora y Vida del ahorcado, su a-política, una expresión casi desinteresada del medio socio-económico que lo envolvía, pero de un profundo sistema crítico a la sociedad de desposeídos, esos desposeídos presas de la lucha desmesurada para salir de una dictadura por entrar en otra, con el único afán de cambiar de gobernante pero no de fondo. Palacio comprendió que el Estado debía ser uno solo, que los desposeídos llamaban locos a quienes pensaban en eso, que los desposeídos clamaban por aprovecharse del desposeído próximo. Pero en vez de rechazarlos, Pablo Palacio se comprometió con ellos, les entregó su mejor parte, la expresión del sueño, de la idea metafísica, de la ironía fina y la sátira política criticada por Joaquito Gallegos. Palacio se nutrió de la lucha de Gallegos Lara y sus contemporáneos, para crear el trasfondo de su mensaje: la a-política es una batalla no ganada, el compromiso consiste en rechazar el canon clásico e intercambiarlo por la supervivencia del hombre, por el hombre, de todos los fuegos: el fuego; de todos los hombres: el hombre.


(Foto de portada de artículo de Nino Carè. Tomada de: https://pixabay.com/photo-1655783/ y http://palabraescritafernandochelle.blogspot.com/2016/10/un-hombre-muerto-puntapies-cuento-de.html . Edición: Belén Loaiza)

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