home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 1 [4.1-21] Cuarto para dos | Gianmarco Ginatta

[4.1-21] Cuarto para dos | Gianmarco Ginatta

Cuarto para dos (o El día en el que mi mujer enloqueció)

Por Gianmarco Ginatta

Yo, como todos los hombres, tenía mi lugar perfecto. Dos lámparas, una cama; dos almohadas, un sillón; tres cuadros, un espejo, una tele y una vista al parque imposible de olvidar. Paredes rojas y blancas, un frio piso de cerámica, detalles de madera y metal. No había alfombra ni un cenicero en ningún lugar. Así era nuestra habitación, o por lo menos así lo fue hasta que mi mujer decidió que existía una vida más allá de las cuatro paredes; es decir, hasta que mi mujer enloqueció.

—No entiendo qué tiene de malo nuestro cuarto.

—Nada cariño, no tiene nada de malo. Solo intento decir que no está bien que pasemos tanto tiempo aquí metidos. Deberíamos salir, estar con más personas, ya sabes a lo que me refiero.

Estábamos en la cama, ella me miraba y yo intentaba concentrarme en esa mirada en lugar del ver el televisor.

—Vamos Juan, no me mires con esa cara. No me digas que nunca has pensado en salir de este cuarto. Ya llevamos toda una vida aquí metidos.

—Te entiendo, amor —realmente no le entendía—, pero dime: ¿para qué quieres salir? Lo tenemos todo: comida, bebidas, entretenimiento, una cama.

Suspiró y bajó la mirada.

—Yo sé que lo tenemos todo aquí, pero no se trata de eso. Ya estoy cansada de lo mismo. ¿Nunca te has preguntado qué hay más allá de estas paredes? ¿No te interesa saber si hay algo que valga la pena?

—Pero yo sé lo que hay afuera: hay pobreza y riqueza, amor y guerra, ciudades de sueño y sueños no cumplidos. Lo sé todo y no tengo que salir: me basta con lo que la televisión y los libros me cuentan. Es más, si quieres viajar solo mira una película o lee un libro, podrías estar en Paris o en Roma esta misma noche si quisieras.

No tienes por qué salir por esa puerta —dije señalando a la tabla de madera, quieta e inocente, que se erguía con una chapa que jamás había sido usada.

Ella respondió a mis palabras girando su cabeza hacia la puerta. La miraba con tal intensidad que por un momento pensé que saldrían rayos de sus ojos y la penetrarían. Regresó su mirada a mí.

—Juan, no es lo mismo conocer la realidad por tu cuenta que a través de otro. Nos hemos perdido mucho por escoger el camino cómodo.

«Pero si de eso se trata, de que sea cómodo», la interrumpí con mi pensamiento, pero ella continuó:

—De todas formas, ese no es el problema —hizo otra pequeña pausa, desvió su mirada a un lado y luego la regresó a mí, como si su cabeza fuera un dispensador de riego—. Mi verdadera preocupación nació hace unas dos semanas. Estábamos viendo esa película de Fellini (¿recuerdas?, esa que no te gustó), cuando de pronto vino a mí, me chocó como una ola en la oscuridad. No sé cómo explicarlo, solo puedo decir que sentí un vértigo terrible: me volteé para comprobar que toda mi vida había estado parada de espaldas a un precipicio.

—Pero ¿qué? ¿De qué hablas?

—Ese día —continuó ella, ignorándome— empecé a dudar. Surgieron preguntas y nació el miedo a que sus respuestas no existieran o no fueran lo que yo esperaba. ¿Qué hacemos aquí? ¿Cómo llegamos a este mugriento cuarto? ¿Para qué todo esto? ¿Qué hay allá fuera? ¿Cuál es su sentido?

Se había incorporado y estaba inclinada hacia mí, casi asechándome. No supe qué responder.

—¿No te das cuenta de que en unos años se bajará el telón, se terminará la obra y todo esto habrá sido para nada? Cómo puedes seguir acostado sabiendo que morirás, y cómo puedes vivir sin saber para qué… Pero no, no creo que sea así, no puedo aceptarlo. ¡Tiene que haber algo más y lo voy a encontrar!

Dicho esto, saltó de la cama y se dirigió hacia la puerta.

—¡No! —exclamé, utilizando todo el aire que mi cuerpo había guardado.

Ella se detuvo, su rostro se contrajo.

—¿Sabes? Deberías venir conmigo. Sé que no comprendes ahora lo que te digo, pero algún día lo harás. Tantas veces me has dicho que me amas, ¿no estás ahora dispuesto a dar este salto de fe por mí?

No respondí, y sin quererlo lloré. La odié, la odié como no había odiado a nadie antes. La odié porque había enloquecido, porque había decidido abandonar todo lo que yo amaba y porque ahora, como si tal tortura no fuera suficiente, me exigía que yo también lo abandonara como prueba de mi amor y virtud. La odié porque me obligó a odiarme.

Ella comprendió lo que ocurría y sonrío con tristeza; luego se abalanzó y me besó. Su beso fue eterno; aun cuando se apartó, me seguía besando; incluso ahora sé que me besa, que nunca me dejó de besar.

—Lo siento, Juan.

La vi acercarse nuevamente a la puerta. Se detuvo frente a ella y acercó su mano a la chapa. Tuve que cerrar los ojos. No sé por qué, pero espera escuchar una explosión, algún estruendo, lo que sea, pero no ocurrió nada. Abrí nuevamente los ojos: ya no estaba. Sentí el impulso de seguirla, de gritar su nombre, de dejarlo todo para tomar el riesgo. No lo hice.

Ese día estuve inquieto, cambié varias veces de canal, empecé y abandoné más de un libro, intenté dormir, pero nada funcionó. Por primera vez en la historia de mi habitación, estuve un día entero sin poder distraerme, y por primera vez me pregunté quién era ese ser tan extraño y solitario que habitaba en un cuarto para dos.

El tiempo se encargó de regresar todo a la normalidad: me interesé nuevamente por el fútbol, los juegos, los concursos de canto y los shows baratos de televisión. Han pasado ya casi siete series y veintenas de libros desde aquel fatídico día en el que mi mujer huyó. Solo Dios sabe las cosas que ha hecho, que ha visto, que ha enfrentado, que ha descubierto. Pero sé que sigue viva porque aun siento su beso, y mientras ella viva no me dejará de besar.


(Foto de portada de artículo de Tumisu. Tomada de: https://pixabay.com/es/ruptura-divorcio-separaci%C3%B3n-908714/)

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