home Textos piráticos, Volumen 3 - Número 2 [3.2-20] Glimte | David Andrés Duque

[3.2-20] Glimte | David Andrés Duque

Por David Andrés Duque

El bosque puede guardar muchos secretos, misterios y encantos.

En una ladera colosal con imponentes árboles, cubiertos de nieve por la temporada de invierno en diciembre y una espesa neblina que acaricia cada una de las hojas hasta reposar por completo en la vegetación, se ha visto amenazada por la presencia de un diminuto ser, con apariencia poco atrayente, grandes orejas y un singular sombrero, paseándose por cada rincón de la empinada zona.

En una mañana, Charles, iba en camino al bosque llevando algo de nieve en varias fundas para armar su muñeco en el patio posterior de su casa. Este era un niño muy alegre y con un carisma que atrapaba a todos sus parientes en las reuniones familiares. Llevaba consigo una maleta amarilla con stickers de los héroes de su saga favorita: “Star Wars”. Se dirigía a una ladera muy oscura y sin medir consecuencia alguna, decidió adentrarse en el sitio. Caminando a un paso cauteloso tropezó con un pequeño cinturón de hebilla dorada que yacía entre las hierbas y el hielo. El niño lo evitó y siguió escalando hasta llegar a una parte totalmente rocosa llena de pasajes oscuros. La curiosidad lo persuadió y con un coraje se propuso entrar. Al dar su primer paso, de entre dos piedras, que estaban unidas, emergieron unos ojos brillantes totalmente blancos. Charles recordó los relatos de su madre acerca de la criatura que se decía habitar allí. Y al recordarlo no hizo más que pegar un brinco del susto y caer sin intención por una pequeña parte de la ladera. Ahí quedó totalmente inconsciente al chocar con un suave golpe su cabeza en un árbol que estaba allí, rompiendo su maleta.

Anochecía y el muchacho recobró sus sentidos. Sorprendido y confuso vio que se encontraba en una guarida hecha de piedra, llena de velas y algunas ramas con fuego que ayudaban a dar claridad y algo de calor al lugar.

Al otro extremo de la pequeña cama donde se encontraba él, estaba sentado en un diminuto velador, un duende con unos grandes lentes gozoso leía un libro. Charlie abrió sus ojos y con señal de miedo empezó a taparse con la cobija que estaba sobre él. Estremeció sus manos y empezó a temblar de miedo, mientras veía a través de la tela cómo se acercaba la criatura hacia él. Charlie estaba dispuesto a abalanzarse sobre el extraño ser de sombrero verde y a la hora de hacerlo, el pequeño ser le ofreció galletas con un vaso repleto de jugo de naranja. El chico bajó la guardia y empezó a comer, mientras se percataba que el duende no tenía la piel verde o algún color que le pareciera extraña para él.

Cuando el plato estaba totalmente vacío, al igual que el vaso, el duende le invitó a seguirle hasta la puerta. Charlie pudo salir con cuidado en medio de la noche por la ladera resbalosa. Con mucha prisa se puso marcha a casa donde tuvo que relatar a su madre lo sucedido. Ella nada le creyó.

Amaneció, Charlie se había quedado con la intriga de porque tanta cordialidad, porque no le hizo daño y más que nada sentía que debía agradecerle por lo sucedido en la noche anterior. Empacó todo de vuelta y llevó algunos dulces para darle como agradecimiento, y al llegar al sitio empinado, vio entre las ramas al pequeño duende mirando hacia el cielo como esperando algo. Charlie se acercó, le llamó y este bajó de inmediato. Le dio los dulces agradeciéndole por la ayuda del día anterior e impresionado preguntó lo que observaba en el cielo.

El duende se entristeció, alzó su sombrero y del bolsillo sacó otro sombrero con tonos verdes y rojos; unos pequeños cascabeles alrededor con una bola de lana blanca en la punta del mismo y en la parte de al frente tenía bordado el nombre “Glimte”. Dentro del sombrero que se había desprendido sacó un mapa que señalaban muchas casas y había una que resaltaba del resto la cual decía “Familia Dickens”.

El muchacho quedó totalmente sorprendido con lo que veía: su apellido en aquel mapa y un gorro fuera de lo común como si de un ser mágico se tratase, más allá de la magia que estaba ocurriendo en ese instante. Charlie preguntó sobre el gorro y el mapa. El duende le respondió que una Nochebuena, repartían regalos con sus demás compañeros, pero su líder se detuvo al ver un reno muy particular, al que lo eligió, por tener una nariz muy singular, su nombre era Rodolfo. Y cuando emprendieron de nuevo su marcha, Glimte buscaba la casa para dar el último regalo en aquel lugar. Quería cumplir su misión, pero no se dio cuenta que el trineo estaba por partir.

Glimte quedó abandonado, esperando que su líder al cual él llamaba “Sr. Claus”, volviera a recogerlo, pero habían pasado varias navidades sin respuesta alguna y con un Polo Norte enloquecido por querer saber de él.

Así Charlie volvió a casa, faltaba un día para Nochebuena y se puso triste al no saber cómo ayudar a su pequeño amigo. Con un esfero y una hoja en blanco, sin idea alguna que pedir a Santa, se le vino algo a la mente.

Llegó Nochebuena, las casas se vestían de fiesta, luces y guirnaldas, se podía oler al pavo; se podía escuchar las risas y cómo los niños se emocionaban por la hora de recibir sus regalos, menos Charlie quien corrió hacia el bosque y trepó inmediatamente la ladera, gritando el nombre de Glimte. Este salió de su pequeña casa a recibirlo. Entonces el reloj de la Iglesia, que quedaba en el pequeño poblado, sonó y se escuchó hasta donde se encontraban ellos. Glimte le pregunto por qué no estaba en casa con su familia. Charlie le respondió diciendo que él había perdido el camino de vuelta a casa por dejarle su regalo. Él iba a hacer que Glimte regresara a casa.

De repente los árboles empezaron a tambalearse por el enorme viento que se desató. Muchas luces de colores iluminaron el bosque. Aterrizó entonces un gigante trineo rojo, con marcos de oro, donde había muchos regalos. Se abrió la puerta y bajó un hombre robusto y de barba blanca.

Santa Claus miró al niño y al duende y sin haber pasado demasiado tiempo corrió a abrazarlo. Entre unos suspiros repitió el nombre Glimte y su sombrero empezó a brillar, al igual que su ropa y su rostro. El duende había recuperado toda su esencia. Al ver esto, Glimte preguntó a su líder cómo le había encontrado. Sin dar palabra alguna y señalando a Charlie, este exclamó que su carta de deseo de regalo, era que su amigo volviera a casa.

Santa abrazó al niño y lo subió a su trineo al igual que a Glimte y empezaron a dejar regalos por todas las casas.

Al finalizar la entrega y el arduo trabajo, el trineo dejó a Charles en su hogar y le agradeció por haber cuidado y ayudado a su pequeño duende. El corrió donde el niño a agradecerle por todo lo que había hecho y cuando llegaba el tiempo de partir, Glimte sacó de la parte posterior del trineo una maleta nueva, muchos juguetes de su saga favorita y un muñeco de nieve para Charles, quien emocionado lo recibió con mucho gusto.

A partir de esa Navidad, el Polo Norte trabajó de una manera muy eficiente a la hora de entregar los obsequios teniendo a un ayudante muy especial, Charles Dickens con su amigo Glimte.

 

 

 


(Foto de portada de artículo por holiho. Tomada de Pixabay: https://pixabay.com/es/navidad-adviento-duende-decoraci%C3%B3n-2939315/)

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