home Textos piráticos, Volumen 3 - Número 2 [3.2-19] El arma invisible | Henry Bäx

[3.2-19] El arma invisible | Henry Bäx

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Revista Punto Tlön)

Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: El pergamino perdido, El psíquico, El libro circular, El último siloíta, Hungarian Rhapsody.

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El tren iba lento y cadencioso por la línea férrea. Este se semejaba a una enorme serpiente de acero que era tragada por una densa oscuridad. Se dirigía desde Quito a la ciudad de Riobamba. A eso de las siete de la noche, el cabo René Rico entró al elegante coche comedor, donde su jefe, el teniente Ricardo Po, cenaba en ese mismo instante.

—Señor, me temo que algo horripilante ha sucedido en la cocina. Será mejor que me acompañe.

Ricardo Po, malhumorado añadió.

—¡Es que uno no puede ni tan siquiera ir de visita a donde sus familiares sin que dejen de suceder cosas extrañas!

El viejo inspector acudió al carro en donde se ubicaba la cocina. Había infinidad de curiosos. Al entrar, vio algo que le heló la sangre. Sobre el piso, un hombre vestido de smoking, boca abajo. En la espalda tenía una mortal herida muy profunda y hueca que le había causado la muerte. Él era uno de los músicos que tocaba con la agrupación musical en los lujosos coches de primera clase. El policía miró a su alrededor; junto al cabo Rico, estaba un hombre, que al parecer era el chef, además, una dama muy hermosa que fungía de mesera. Rico habló:

—He detenido a este hombre, me parece que es el principal sospechoso, pero tenemos un serio problema: en esta cocina, no existe ninguna arma asesina con las características de las huellas dejadas en la espalda de difunto. Como se habrá fijado, es profunda y hueca. Jamás he visto una huella semejante. ¿Qué arma pudo haber utilizado? Esto no fue hecho con un cuchillo de cocina y, como sabemos, sin evidencia, será difícil arrestarlo y culparlo.

Po observó con detenimiento. Había adentro artículos propios de una cocina, además de un enorme refrigerador. Se fijó que, en una esquina, había un balde. Se acercó y observó que estaba lleno de agua con sangre y con algunas plumas. Esta despedía vapor. Sonrió de manera irónica. Interrogó al sospechoso.

—¿Me puede dar alguna explicación lógica de esto?

—Utilizo este balde para lavar con agua caliente los pollos que sirvo en las comidas. Por ello está lleno de sangre y plumas. No puedo botar esto al lavadero porque se puede tapar.

Po dibujó una sonrisa burlona. Tomó una especie de cucharón y lo introdujo dentro del cubo; en efecto, había vísceras de ave. Volvió a preguntar:

—¿Conocía al difunto?

—De vista nada más, creo que era músico. Yo salí un momento de la cocina para hablar con mi esposa, que es mesera y darle indicaciones de unos platos que iba a servir en la cena; al regresar me encontré con esto.

—¿Alguna cosa más?

—Bueno, al entrar me pareció ver una sombra que corría por el pasillo.

Ricardo Po miró nuevamente a su alrededor. Trataba de ubicar en aquel sitio, algún arma que se ajustara a las características de la profunda y hueca huella. Volvió a interrogar:

—Imagino que en la cocina no existe un utensilio con características semejantes, ¿no es verdad?

—Puede buscar por todos los estantes y cajones, que no hallará nada parecido.

El cabo René Rico interrumpió:

—Señor, puede que el arma haya sido botada por la ventana.

—Es una posibilidad, pero el asesino no puede cometer ninguna equivocación. Tarde o temprano la hallarían y así encontrar sus huellas dactilares sobre el arma. No, el asesino es tan inteligente, que ha usado un arma invisible.

—Señor, perdón, pero eso no es posible. ¡Por favor, explíquese!

El viejo inspector, se dirigió hacia el enorme refrigerador, sacó un pedazo de hielo y lo arrojó dentro del cubo con agua. Pronto se evaporó. Completó Po, complacido.

—El asesino, fabricó el arma letal con hielo, luego de cometer el crimen, arrojó el punzón dentro del cubo. Este se deslió por efectos del agua caliente y, junto al hielo, se desvanecieron las huellas del culpable con la sangre del difunto. Es muy complicado detectar sangre humana mezclada con sangre de pollo en una cubeta con agua; por esa razón es que el cubo está lleno, una vez desvanecido el hielo, aumentó el contenido.

Po observó que, sobre la pared del coche cocina, se hallaba un mueble en donde reposaban unas botellas de vino. Su mirada bonachona brilló con esa genialidad propia de él. Añadió algo que hizo estremecer a los presentes.

—El asesino, utilizó una de estas botellas; la llenó de agua y la metió en el congelador, en pocas horas tuvo el arma homicida. Luego, rompió la botella con cuidado, que de seguro la expulsó por la ventana del tren en marcha.

El inspector tomó una de las botellas, la acercó a la herida del difunto con cuidado y se fijó que esta calzaba a la perfección.

El chef, pálido, no decía nada, y pronto se vio descubierto. Ricardo Po dio una orden severa.

—Rico, detenga al asesino, aquí hubo un crimen pasional. Lo más probable es que el músico cortejaba a la mesera, esposa del chef y este, en un arranque de celos, lo mató.

Afuera los curiosos no dejaban de sorprenderse. En la ciudad de Ambato, el tren se detuvo, bajaron al difunto y la policía apresó al criminal junto con su esposa para las respectivas indagaciones.

Una vez que la calma volvió, el tren continuó su viaje hacia Riobamba; Po y Rico estaban sentados en uno de los asientos de los vagones de primera clase. El inspector añadió:

—Cabo, deseo una copita de jerez para relajarme, necesito tanto unas vacaciones. Solo espero que, al pedir la copa, no haya otro asesinato.

Rico sonrió, y pidió presto, la copita de jerez.

 

 


(Foto de portada de artículo por Ignacio Olmedo Godoy. Tomada de Flickr: https://www.flickr.com/photos/the_mechanic_in_line/11231377234/)

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