home Textos piráticos, Volumen 3 - Número 1 [3.1-20] Y en la noche silenciosa, un sollozo | María Romina Galeano

[3.1-20] Y en la noche silenciosa, un sollozo | María Romina Galeano

Por María Romina Galeano

Las persianas se sacuden y su llanto me despierta de un sobresalto.

El cansancio de la madrugada se hace cada vez más pesado, haciendo que mis ojos se quieran cerrar involuntariamente. La lucha se hace más dura mientras me acerco a su cuna. Ahí está. Pequeña, de 50 centímetros, envuelta en su mantita rosada, agitando sus piernecitas de arriba a abajo, mientras forma un hoyo perfecto en su boca. El color moradizo en sus labios por tanto tenerlos abiertos es cada vez más notorio, cuando deja escapar un llanto estruendoso que quedó ahogado durante mi trayectoria de la cama a su cuna.

Amelia, la más hermosa, prematura, pero sana niña que existe. Al tomarla en mis brazos con suma delicadeza, un suspiro hondo la tranquiliza y su llanto se hace cada vez más tenue y débil. La miro y siento una lágrima correr suavemente por mi mejilla. Noto rasgos familiares en su pequeño rostro, los ojos almendrados que tenía mi abuela, oscuros como la noche, su naricita redonda y roja del llanto. Mientras la arrullo, retuerce sus pequeños dedos sobre su boca intentando conciliar el sueño.

Le tarareo la canción de mi padre, esa que me cantaba todas las mañanas al despertar. El cansancio parece haberse esfumado, y la alegría de tenerla en mis brazos parece borrar todas esas cosas que una sufre durante el embarazo; aquellas malas noches, los estragos del embarazo, el miedo de tener que hacerlo yo sola, y elimina por completo la posibilidad de seguir los consejos de aquellos que sugirieron deshacerme de ella.

Regreso a ver al umbral de la puerta, y ahí está ella otra vez. Con 5 años llevando su lonchera morada de unicornios en mano y una diadema rosada sobre su cabello miel. Escucho su dulce voz insistiéndome a que me apresure porque es su primer día en preescolar.

En cuestión de un pestañear, pasan años y de nuevo la veo entrar a la casa. Tiene 13 años. La veo con su vestido rojo de puntitos blancos, y su esmalte esmeralda en mano, pidiéndome dulcemente que le ayude a pintarse las uñas.

Me acerco a ella, y la veo tomada de la mano de un muchacho, mayor que ella, como de unos 25 años y esta vez llevaba un vestido largo y blanco. Su rostro me deja ver que ha dominado la habilidad de maquillarse ágil y sutilmente. Tiene definitivamente los ojos brillosos y hondos de su abuela, y una sonrisa amplia que demuestra serenidad y una alegría profunda.

Dos pequeños chiquillos corren alrededor de mis piernas, y me percato de que los años han pasado, y el rostro tan jovial de Amelia, se ha convertido en uno lleno de experiencia, pero que denota ternura y comprensión. Su mirada está fija en mí, y siento el cansancio de los años pesar sobre mis hombros, ahora encorvados. De repente la veo acercase con un plato en su mano derecha, y una cuchara en la izquierda:

– Mami, come un bocado más, es por tu propio bien. Vamos, por el nietito que ya se graduó del colegio. – Escucho su dulce voz, y veo que los años han marcado su rostro con pequeñas arrugas al lado de sus ojos almendrados, y otras cuantas alrededor de la boca. Me percato, que ella, como yo, hemos envejecido y es ella quien ahora cuida de mí. Ante mi obstinación empieza a tararear la misma canción con la que yo la hacía dormir en sus años de niñez, y con la que mi padre me despertaba de pequeña.

De repente, las persianas se movieron violentamente y todo se volvió negro. Solté un profundo suspiro que no sabía que contenía y abrí los ojos. Las luces blancas de la sala de operaciones de la clínica abortiva me enceguecieron. Y sentí una ráfaga de viento helado recorrer en mi interior, e instantáneamente la piel se me erizó. Ya es muy tarde, nunca podré ver su rostro y saber si heredó los ojos almendrados de la abuela, o si su llanto será suavizado con mi canto y arrullo por la noche, o si su cabello será color miel.

Las manos frías de una enfermera me agitaron suavemente, pero lo único que hice fue llorar, y ser consciente de que permití el asesinato de mi hija, de mi Amelia.

No fue su llanto el que me despertó, fue el mío.

 

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