home Desciframientos, Volumen 3 - Número 1 [3.1-18] No existen niños pobres | Nicole Caisatoa

[3.1-18] No existen niños pobres | Nicole Caisatoa

Por Nicole Caisatoa

El timbre de entrada había sonado a las siete en punto. Eran las siete y veinte y dos y por la puerta entraba un niño de 8 años, que con voz agitada se disculpaba con su profesora. Estaba vestido con su uniforme: pantalón azul marino y saco de lana negro. Llevaba una pequeña mochila azul con una calcomanía de spiderman pegada en la parte de atrás. Entre sonrisas explicó el acontecimiento que lo llevó a llegar tarde.

—Perdón, no pude llegar antes. Estaba encerrado. —Dice.

— ¿Otra vez encerrado? Dígale a la mami que trate de regresar antes. —Le responde al profesora.

Mientras todos los niños se acercan al escritorio con sus tareas, pregunto:

— ¿Por qué estabas encerrado?

Y me responde:

—Mi mami se va de madrugada al mercado a hacer compras. Antes iba con ella, pero ahorita me da pereza. —Sonríe.

El aula es de color verde agua opaco, hay sitios en donde la humedad opaca aún más el color. En las paredes hay decoraciones como: cd pintados y papel periódico con dibujos. Pregunto, ¿Quién las hizo? Una niña bajita y delgada con grandes ojos negros, quien caminando desde atrás hacía mover su colita de caballo, me responde que el primer día de clases todos pintaron y decoraron su aula. Noto que al recordar se dibuja una sonrisa y su mirada se ilumina. Antes de la clase se reparten los libros y hojas para que puedan trabajar. Sigo observando que hay en el aula. Encuentro plantas de diferentes tamaños, alineadas en los bordes de las ventanas; un escritorio y las filas de mesas de madera en la que trabajan los niños, que a su vez forman un semicírculo para que se sientan más cerca de la profe. La profesora me explica que eso es importante para los niños. —Muchos pasan solitos en la casa, por lo menos aquí que se sientan acompañados. —Dice.

Lo que más me llama la atención de la clase es una especie de caja fuerte que se encuentra en una esquina. ¿Eso qué es? —Pregunto antes de empezar la clase. —Ahí está el tesoro de los niños, me responde la maestra sonriendo. Veo a los niños y algunos asienten con la cabeza, hasta que uno dice: “Son nuestras tablets”.

La clase empieza. En el pizarrón está escrito “Unidades de mil puras”. Primero todos repasan lo que aprendieron antes de las vacaciones de quimestre. Después es hora de hacer ejercicios. “Sumas con unidades de mil”.

Mientras los niños resuelven los ejercicios la profe revisa las tareas.

—Emma, venga por favor.

La niña temerosa se levanta del pupitre, sacude su falda pues le había caído basura del sacapuntas y entonces, se acerca al escritorio.

— ¿Quién le hizo el deber? —No responde.

— ¿Emma, esto no es hecho por usted dígame?—Insiste la profesora.

—Mi ñaño. —Dice bajito.

— ¿Por qué le dio haciendo el deber?

—Porque queríamos ir a jugar rápido al parque.

Emma se sienta y después de ella dos niños más deben acercarse al escritorio, “Estos no son sus números”, “El deber debe hacerlo usted” Recalca la profesora a cada uno. Lo que me llama la atención es la respuesta de los niños, todos coinciden que quien les ayudó a hacer la tarea eran los hermanos mayores.

—Sus padres trabajan. Los mayores se hacen cargo. —Dice la maestra.

A las 7:40 llega la última niña a clases. Un poco despeinada y apresurada.

“Ella siempre llega tarde porque le va dejar a la hermanita en la escuela de arriba. Les ha tocado en escuelas separadas. Me dice la profesora asumiendo que le iba a preguntar acerca de ella”.

Los niños que leen sin letras

Estaba sentada en el escritorio. Era muy temprano, llega una mamá a la clase. Buenos días señorita, me dice ¿La profe ya llegará? Entonces, le llamo. Mientras ellas conversan yo alisto los materiales de la clase, marcadores, hojas. Lo que haya.

—Mamita, el niño no está leyendo, se ha olvidado. Ya le mandé a que practique. ¿Si le estamos controlando en casa, mamita? —Le dice la profesora a la mamá.

—Sí profe en la casa sí lee, antes de irnos a dormir nos lee a mí y al hermano —responde la madre.

—Hay que practicar más mamita aquí no hace los ejercicios porque se demora mucho en leer.

—No señorita, si él lee rapidísimo.

Entonces, la profesora se acerca al anaquel de libros y toma uno. Luego llaman al niño para que lea algo.

—Alexis la mami dice que usted lee mucho en la casa. ¿Es verdad?

—Sí Profe —Responde entusiasmado.

Y dice que usted lee muy rápido. ¿Puede leernos a la mami y a mí esta partecita? Señala con el dedo un párrafo del libro de Ciencias Sociales.

—La cu- la cul- tu –tu-ra, la cultura, del Ecu-a-dor es muy di v-v-versa.

La mamá le da una palmadita al niño.

— ¡Lee bien Alexis me haces quedar mal frente a la señorita!

—En el país hay personas con ponchos, que cuidan llamas y viven en las montañas. También hay personas que viven en la selva con loros de colores y usan faldas porque hace mucho calor.

—Si ve profe como si lee.

—Alexis, dice la profesora. ¿Usted está siendo sincero con la mami?, cuéntele. ¿Está leyendo lo que dice el libro o solo está viendo los dibujos?

—Estoy viendo los dibujos—responde con voz baja.

—No le engañe a la mami Alexis. Léale bien, no se invente.

—Este guambra, le da otra palmada. Ni cuenta me he dado señorita. Razón que lee rápido si todito ha sabido inventarse. —dice la madre molesta.

Alexis prometió no inventarse las cosas cuando lee. Su mamá estaba enojada, pero después de eso se fue tranquila.

—Ese es el problema como algunos de los papás no saben leer, los niños se inventan cualquier cosa. Otro niño también hacía lo mismo. Si leía podía ver la tele, entonces agarraba cualquier hoja, periódico, revista o lo que encontrara y decía lo que llegaba a su mente. Ni cuenta se daban los papás —dice la profesora.

La silla de Ruedas

Era recreo y todos los niños estaban fuera del aula. El patio estaba lleno, este quedaba justo en la mitad de todas las aulas, en él se encontraban canchas de básquet y fútbol. Todo era de color naranja al igual que la fachada de las aulas. En medio del patio estaban seis niños, uno de ellos en silla de ruedas. Dos empujaban la silla, dos caminaban uno a cada lado y otro iba sentado en el brazo de la silla. Empezaron a caminar más rápido, todos reían.

Se acercaban al bar de la escuela, —no pueden pasar los seis, les dice una maestra. Solo pasa Ricardo, el niño de la silla, y otro niño que le ayuda a movilizarse.

Mientras estaban comprando la maestra encargada de vigilar el orden en el bar, me dice que Ricardo tiene Espina Bífida. Una enfermedad de nacimiento que le impide caminar. —Al inicio gateaba, pero igual en los recreos era el que más jugaba, creo—Dice la profesora con una sonrisa al final. Lo dice como algo muy normal. ¿Cómo consiguió la silla?, pregunto. Me responde que por medio de la escuela hicieron un trámite y el gobierno les donó la silla. Me cuenta que el primer día el niño se llevó la silla a la casa. Entonces, al día siguiente cuando le preguntaron cómo le fue. Ricardo respondió que le había ido bien, inocentemente contó que los papás habían tenido una conversación acerca de vender la silla. “Capaces son”, dice con indignación la profesora mientras me cuenta el suceso. Desde ahí no se puede llevar la silla a la casa, solo la usa en la escuela. “Es preferible prevenir”, concluye con voz que denota insatisfacción e incluso tristeza.

Terminan de comprar y me acerco a los seis niños. Les pregunto cómo se llaman y a qué juegan en los recreos.

—Al vigilante, responde uno de los niños

— ¿Y cómo se juega al vigilante? —Vuelvo a preguntar.

—Primero paseamos por las aulas de atrás si alguien se pelea lo detenemos, luego le damos vueltas al Ricardo para que vigile si hay alguien peleando o portándose mal y lo detenemos también.

— ¿Ricardo te gusta vigilar?

—Sí a veces me saben dar vueltas también. Se ríe. Me sé marear.

— ¿En tu casa a qué juegas?

—Pinto, veo la tele, sé dibujar también.

Todos se ríen juntos. Yo los dejo que sigan jugando. Me alegra tanto haber escuchado a Ricardo contando con entusiasmo y alegría sus juegos, rodeado de sus compañeros y pienso: En el mundo hay personas como Ricardo que carecen de muchas cosas materiales pero que tienen tantas otras que llenan sus corazones.

La comida del recreo

En la escuela hay dos pequeños bares uno al fondo del patio, que en realidad es una mesa donde se colocan ciertas golosinas y frutas. Venden sánduches, naranjas congeladas, helados caseros y frutas. Ahí hay dos personas atendiendo. Una que está frente a la mesa y otra que está detrás de una ventana pasando las naranjas y helados de una nevera. El otro bar está en la esquina donde termina el patio. En este bar venden snacks, refrescos y comida preparada. Mientras todos hacen fila, hay dos niñas que me llaman la atención. De seguro son hermanas o primas, es lo primero que viene a mi mente. Ambas visten con pijamas térmicas, es curioso pero al menos diez por ciento de los niños va sin uniforme a clases. La causa: pasan solos después de la escuela. Cuando pregunté a una niña ella me contó que el día anterior había llovido, sin embargo no pudo recoger su uniforme. “no alcancé el cordel de la ropa” — me responde.

En el bar los niños pueden conseguir comida desde veinte y cinco centavos. Una empanada de queso con una funda de yogurt. Y un plato de arroz y algo con que acompañarlo como pollo, carne, huevo, etc. Todo por cincuenta centavos. Me acerco a las niñas con pijama, las llamo de esta manera porque no me dijeron sus nombres, les pregunto qué compraron. Y me cuentan una de las historias más tiernas que he escuchado.

—Compramos empanada con yogurt

— ¿Y lo van compartir? — pregunto

—Sí, mitad mitad. —Dice la mayor

— ¿Siempre comparten? — vuelvo a preguntar.

No me responden, noto que son muy tímidas y que la única forma de que sea abran más es que yo les cuente algo acerca de mí también. Hablo de mi hermana menor. Entonces vuelvo a preguntar.

— ¿Siempre comparten?

Me contesta la más pequeña.

–Algunos días no compartimos porque ella guarda la plata. —lo dice señalando a la mayor.

– ¿Tú ahorras? —Pregunto mientras miro a la niña mayor.

–Sí, a nosotras nos dan cincuenta centavos todos los días veinte y cinco para ella y veinte y cinco para mí. Pero compartimos. Nos compramos una empanada y guardo veinte y cinco. Al otro día también compartimos. Y guardo más. Pero ya cuando es jueves o viernes tengo guardado cincuenta y nos dan cincuenta más.

–Ahí nos compramos un arroz cada una. —Interrumpe la pequeña con alegría.

La conversación sigue y me pregunta si voy a ser profesora en ese lugar. Les digo que estoy nada más de vista. El recreo casi termina y las dejo para que puedan jugar y conversar entre ellas. Me siento extraña, confundida. No siento tristeza por ellas o por su situación pero sí hay algo en mi corazón que se conmueve.

Pienso que sería lindo que pudieran comer un arroz cada una todos los días. Pienso también en que, si eso sucediera, ya no tendrían la misma ilusión por que llegue el jueves o viernes, ni la misma satisfacción que deben sentir cuando al fin logran reunir los cincuenta centavos. Pienso en cuántas veces he tenido mucho más de lo que ellas han tenido, cuántas personas tienen más de lo que esas niñas tienen. Pienso en cuántas veces a pesar de eso, no hay cosas que nos llenen de ilusión. Cosas que nos hagan sentir así de bien, como a las niñas del pijama les hace sentir comer un arroz de cincuenta centavos una vez a la semana.

Inglés vs Quichua

Después del recreo todos entran de nuevo a clases. Es hora de inglés, su profesora es alta, delgada y trae consigo un libro y marcadores. Pide orden en la clase, se le hace difícil conseguirlo. Después de unos minutos los niños están más tranquilos y van por sus libros. Claramente se nota que no entienden mucho de lo que la profesora trata de explicarles. Se nota por las expresiones en sus rostros. Expresiones de confusión y desgano.

Conforme avanza la clase, los niños se ponen más inquietos. La maestra trata de hacer lo posible para captar la atención de los niños. Entonces, aprenden una canción. Una vez culmina la clase, la profesora de inglés, deja la tarea y se va. Converso con ella unos minutos.

—Son muy revoltosos, no les gusta el inglés. —Dice, ella también con desgano.

Regreso nuevamente al aula. Todos ya han tomado sus libros de lengua y literatura, hay algunos niños de pie, porque sus libros están ordenados en unas mesas al fondo de la clase. Están estudiando las diferentes lenguas e idiomas del Ecuador.

Cuando la profesora les cuenta acerca de la diversidad cultural, los niños con asombro observan a la maestra y le hacen un sin número de preguntas:

— ¿Cómo es la costa?

— ¿Por qué se pintan el pelo de rojo los Colorados?

— ¿Usted ha ido al oriente?

La maestra trata de responder todas las preguntas para satisfacer la curiosidad de los pequeños. Y avanza la clase. Entonces les pregunta qué idioma hablan ellos.

—Español— responde Maicol, un niño que estaba sentado al frente.

—Bien Maicol, le contesta la profesora y les hace otra pregunta. ¿Qué otro idioma les gustaría aprender a hablar?

— ¡Quichua!— Responden casi en una sola voz.

—Sí, el quichua es un idioma muy lindo. Algunos papis y abuelitos de ustedes hablan quichua.

Todos hablan sobre sus experiencias con el quichua pero una niña dice algo que me llama la atención. Su nombre es Mishell, está sentada en la primera fila, pero no había dicho nada en toda la clase hasta que de pronto dice:

—Mi mami habla quichua pero cuando yo hablo quichua me da en la boca.

— ¿Por qué, Mishell? Es la pregunta de la maestra.

—No sé. — Responde, dice que es malo.

—Dígale que no es malo y que le enseñe. —Añade la maestra.

A la hora de la salida conversaba con la profesora y le contaba como la respuesta de Mishell me había asombrado. Le pregunté qué es lo que ella piensa de eso. Y me responde que:

—Hay algunos papás no están de acuerdo con enseñarles palabras en quichua, dicen que es denigrante, me lo dijeron en otras palabras pero es lo que piensan. Yo no puedo hacer nada, es algo de debo enseñarles porque viene en el referente curricular del gobierno. No quieren que la gente vea a sus hijos como del mercado o indígenas. No quieren que ellos sean o tengan la vida de sus padres. Yo creo que es un poquito de miedo.

Las tablets

Ya casi era hora de salida, faltaba media hora. Muchos de los niños habían terminado de copiar los deberes. La profesora estaba pendiente de ver quien terminaba y se acercaba con la Tablet. Los niños, estaban muy alegres. Las tablets que les entregaban, formaban parte de un proyecto del gobierno, en ellas encuentran juegos, historias, videos.

Me gusta ver a los niños explorando en los contenidos. La profesora me cuenta que antes de este proyecto los niños no tenían contacto con este tipo de tecnología. —La mayoría de niños solo contaba con televisiones en sus casas, nada de internet ni celulares inteligentes. — me dice la maestra

En este momento no me acerco a conversar con los niños, porque están muy concentrados en lo que hacen. Incluso más que en clases, sin embargo logro ver lo que ellos mira. La mayoría está escuchando historias en quichua, otro tanto armando rompecabezas y otro grupo hace sumas.

Lo mejor de todo esto es que ellos al no tener contacto anteriormente con otro tipo entretenimiento virtual, se concentran y se divierten con lo que tienen a su alcance en este caso las tablets.

—Sería diferente que lleves esto a una escuela donde los niños ya conozcan los juegos de moda. A ellos no les parecería divertido los juegos de las sumas. Por eso es que esto funciona con estos niños. Ellos se divierten bastante.

Las clases terminan, suena la sirena y todos los niños ya han guardado sus cosas y han entregado las tablets a la profesora. Cuando salen me despido de ellos. Me voy con la maestra y siento que no solo me he divertido, sino que he aprendido mucho al estar ahí. Me da un poco de nostalgia, porque en tan poco tiempo, los niños se robaron mi corazón. Pienso que debo ir a visitarlos de nuevo cuando se presente una oportunidad.

Lo peor de mi experiencia

Lo peor sin duda lo viví antes, ni siquiera camino a la escuela. Sino antes de saber si podía o no asistir a este sitio. Cuando decidí el tema que escribiría para esta crónica, le conté a varios amigos y familia. Se asustaron al decirles que iba a San Roque a una escuela. Recuerdo sus expresiones: ¡Anda con cuidado!, ¡No lleves nada de valor!, ¡Ojalá no te roben! Recuerdo sus consejos: No te separes de la profesora en ningún momento. No les digas a los niños que tienes un celular, y si ya se dieron cuenta de que tienes uno, no se los prestes. Irás con cuidado.

Admito que estaba dispuesta a seguir todos los consejos que me dieron y que sentía bastante temor de ir. Tenía temor de que me roben y de hecho no fui con nada más que celular con grabadora, una libreta y un esfero. He escuchado muchas cosas acerca del sector, delincuencia sobre todo, venta de drogas y demás cosas. No descarto ninguna de ellas, seguramente las había. Sin embargo al llegar a la escuela, al ver a los niños sentados y al conversar con ellos no pude no sentir vergüenza en algún momento. Porque los había juzgado antes. Porque me había dejado llevar de lo que me decían las personas, de lo que escuchaba y de lo que la gente suponía que era una escuela en San Roque. Me equivoqué, se equivocaron y es lo que muchas veces nos pasa. Los niños que tenía miedo de que puedan ser tal vez agresivos o que tuvieran malas costumbres como el robo. Vieron mi celular, no les llamó la atención y más bien me invitaron a jugar con trompos. Me enseñaron más de lo que hubiese pensado, los quiero y si alguien va algún día a una escuela de San Roque, sepan que ahí se encuentran los niños más ricos de corazón, inocencia y cariño.

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