home Lenguas hemisféricas, Volumen 3 - Número 1 [3.1-10] Lenina Crowne, la perfecta imperfección | Belén Loaiza

[3.1-10] Lenina Crowne, la perfecta imperfección | Belén Loaiza

Por Belén Loaiza

Aldous Huxley alcanza el pináculo de su carrera literaria con la novela distópica Un mundo feliz publicada en 1932. La obra de Huxley fue escrita en el período de entreguerras en el que los totalitarismos europeos potenciaban su poder y popularidad. Esta situación llevó al escritor a pensar en que el poder de estos gobiernos, con su potestad sobre los medios de comunicación, podría ejercer un control sistémico sobre las masas. El deleznable escenario en el que Huxley se desarrollaba lo llevó a plasmar en esta obra su desencantada visión de una sociedad futura capitalista, consumista y carente de individualidad.

Esta sátira social, situada en Londres, en el año 632 después de Ford, presenta una civilización en la cual las guerras y la pobreza han sido erradicadas. Regida por un totalitario ‘Estado Mundial’ que controla cada uno de los pensamientos, intereses y destinos de sus ciudadanos. Este mundo feliz ha debido pagar un alto precio por su estabilidad social: la familia, la historia, el arte, la ciencia, la libertad y el pensamiento crítico individual han sido exterminados.

La sed de poder de los controladores mundiales que conforman el gobierno global ha construido una sociedad sin moral, ignorante, sin individualidad, fiel seguidora y perpetuadora de un insaciable sistema capitalista, donde el principal valor es el consumismo. Todo esto gracias al uso de métodos de control social, que han sido aplicados desde antes de la decantación de la persona, la modificación genética de cada casta; y, durante su crecimiento y vida adulta, como el condicionamiento científico, la dependencia generada en los ciudadanos con el soma y el placer sexual degradado.

Pese al dominio absoluto y al control abusivo del Estado Mundial existen algunas excepciones como Bernard Marx, que llega a reconocer su individualidad en un mundo de pasividad colectiva. Aunque, superficialmente, Lenina Crowne parece ser el prototipo de la mujer de esta sociedad; ella presenta comportamientos que son considerados “inadecuados” en aquel mundo alimentado por el placer libidinoso.

El nombre de Lenina Crowne, como los nombres de los distintos personajes, se deriva de dos individuos históricos: Vladimir Ilich Ulianov y John Crowne. El político comunista ruso (Vladimir) Lenin fue uno de los principales fundadores y contribuidores del marxismo-leninismo. Por un lado, esta ideología que derivó en el comunismo es, a menudo, asociada a la conformidad manipulada. A primera vista, Lenina demuestra, en la novela, ser una ciudadana conformista con la política del Estado Mundial. Por otro lado, John Crowne era un dramaturgo de Nueva Escocia. El leitmotiv, en la mayoría de sus obras, es el amor heroico. Las relaciones y citas de Lenina se asemejan de manera irónica al romance que Crowne presenta en sus obras.

Lenina, como se mencionó, es una mujer conforme con su estilo de vida: es una Beta desinhibida sexualmente, por lo que ha tenido varias parejas; trabaja, consume soma copiosamente y ha absorbido cada una de las máximas hipnopédicas que escuchó desde que era una niña, que jugaba al tocamiento erótico. Como ella misma lo admite, está muy feliz de ser una Beta y no le gustaría pertenecer a otra casta. Está conforme con la colectividad sin individuo, sin aquello que es parte configuradora y esencia de lo humano.

Además, su “excepcional belleza” la hace “neumática” ante la sociedad, lo que no solo significa tener una apariencia envidiable, sino estar “llena de aire” o “hueca”, tanto en pensamiento crítico, ya que sí posee la inteligencia necesaria para realizar adecuadamente el trabajo que le fue asignado desde su decantación.

Sin embargo, desde el principio de la obra, extrañas actitudes y pensamientos parecen ser parte de la tan deseada Lenina Crowne. En el tercer capítulo, cuando Lenina se encuentra con su amiga Fanny Crowne, admite haber mantenido relaciones sexuales únicamente con Henry Foster durante, al menos, cuatro meses. Obviamente, esta declaración sobresalta a Fanny, una chica especialmente sensata. La monogamia es un comportamiento contrario a una de las máximas del mundo feliz: “todo el mundo pertenece a todo el mundo” (p. 240). Tener una sola pareja resulta egoísta para el resto de la colectividad. En esta escena, Fanny también describe a Foster como un perfecto caballero, pues él sí tiene varias parejas, además de Lenina; cumple los arquetipos de una sociedad empapada por la búsqueda de un placer instantáneo y efímero.

“Deberías ser un poco más promiscua”, aconseja Fanny a Lenina (p. 243). En el momento siguiente se evidencia otra actitud peculiar, por parte de Lenina. Ella muestra interés por Bernard Marx, un hombre con el coeficiente intelectual de un Alfa-Más, el físico de un Gamma y de comportamientos poco colectivos, por lo que, sin duda, tenía mala reputación. Lenina acepta que encuentra a Bernard muy simpático, de aspecto interesante y muy tierno. El hecho de que Lenina crea que Bernard Marx es un hombre atractivo en aquella sociedad, donde lo importante es la belleza superficial, demuestra que tal vez ella no es tan “hueca” como se presume. Para Lenina, tanto apariencia física, como personalidad y carácter, son características atrayentes, lo que la incita a acceder a la invitación de Bernard para visitar La Reserva de salvajes.

Cuando Lenina le revela a Henry Foster que accedió a visitar La Reserva, junto a Bernard, Foster lo acusa de no haber asimilado el condicionamiento científico. No obstante, Lenina decide que le gustaría tener una cita con Bernard. Parece ser que Lenina se identifica, hasta cierto punto, con Bernard: él no ha absorbido todas las máximas hipnopédicas, y ella no está totalmente convencida de que “todo el mundo pertenece a todo el mundo”.

Lenina viaja junto a Bernard hasta La Reserva, donde conoce a John, el Salvaje, a quien encuentra extremadamente atractivo. Desde ese momento, ella decide tener relaciones sexuales con John: tanto lo desea que incluso rechaza a una gran cantidad de hombres interesados en ella, desde que vuelve a la civilización, junto a John, el Salvaje.

El sexo nunca le ha sido negado a Lenina por un hombre, pues estos siempre querían ir a la cama con ella. Cuando es rechazada por John, el Salvaje, ella se siente confundida y piensa que él no se siente atraído hacia ella, pero la verdad es que él la ama. Lenina no tiene más opción que reprimir sus deseos sexuales. Circunstancia que es muy complicada para ella que ha tenido una vida sexual activa, desde temprana edad, cuando realizaba el tocamiento erótico con otros niños contemporáneos de ella.

Podrá parecer que John, el Salvaje, no es más que un capricho para Lenina, pero, antes de que el Salvaje se desmorone y opte por el suicidio, cuando está siendo provocado por las multitudes para dar el “show del látigo”, Lenina tiene un momento de redención:

“La muchacha se llevó ambas manos al costado izquierdo, y en su rostro de muñeca […] apareció una extraña expresión de dolor y ansiedad. Sus ojos azules parecieron aumentar de tamaño y brillar más intensamente; y, de pronto, dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Volvió a hablar, inaudiblemente; después, con un gesto rápido y apasionado, tendió los brazos hacia el Salvaje y avanzó un paso” (Huxley, 2013, p. 168).

Llevarse las manos al costado izquierdo sugiere que Lenina las acerca a su corazón, como si estuviera demostrándole su lealtad a John. A esto se suman las inaudibles palabras que pronuncia, que bien podrían ser una confesión de amor. Así que, Lenina llora. Las lágrimas, una de las expresiones más genuinas de los sentimientos humanos, brotan de los ojos de Lenina que, además de John, el Salvaje, es la única persona en quien se manifiestan durante toda la novela. Sus ojos parecen aumentar de tamaño y brillar más intensamente, al ver a John, pauta inequívoca de que el amor de Lenina hacia John es real. En este momento, las máximas hipnopédicas parecen insignificantes, Lenina trasluce su esplendente esencia, es decir, la esencia de su humanidad, mostrándose vulnerable, enamorada.

Lenina Crowne es, definitivamente, uno de los personajes más complejos de esta obra. Ella representa el conflicto que se produce entre el deseo sexual meramente instintivo y el amor auténtico, entre el ser humano y el ser condicionado, entre lo correcto y lo «salvaje».

El Estado Mundial que se gloría de mantener la máxima: “Comunidad, identidad, estabilidad” (p. 205), también comete errores. Demostrando que, en su tan controlado “mundo feliz”, un ciudadano puede ser correctamente condicionado, pero su naturaleza humana no puede ser encasillada en un molde químico. Lenina es el perfecto ejemplo de esta situación, pues, aunque su aspecto es el ideal y sus actitudes acordes a la vida fordiana, resultan ser un subestimado desliz del condicionamiento científico del Estado Mundial.

Su comportamiento monógamo, su cuestionamiento del sexo como único fin de una relación, su atracción hacia algo más que la apariencia, sus sentimientos genuinos hacia John, el Salvaje, y la expresión de los mismos, por medio de las lágrimas, la llevan a ser la perfecta imperfección de esta nueva civilización en la que el amor ha sido sustituido por el placer.

Lenina representa la humanidad que aún permanece latente en estos seres condicionados. Ella deja de ser un “espécimen” ideal en una sociedad “feliz”, y se convierte en la prueba de que el condicionamiento es incapaz de reprimir, por completo, una de las capacidades más hermosas del ser humano: la capacidad sublime e inefable de sentir y de amar.

Bibliografía

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