home Textos piráticos Proceso de descomposición del cuerpo sin alma | Juan Esteban Estrella

Proceso de descomposición del cuerpo sin alma | Juan Esteban Estrella

—Te amo, Amalia —Le grité violentamente como escupiendo los pulmones de mi boca—.

Amalia tapó sus ojos con sus manos, como una presa de agua que trata de frenar la corriente de agua.

—Gracias —dije sin pensar desatando el mistral de mi boca—.

Ella me sonrió, inclinó su cuerpo tan sutilmente que apenas sentí sus labios oleaginosos. Me abrazó más fuerte y cada vez menos palpitante, por última vez.

Conocí a Amalia en mi infancia, cuando apenas logré conjugar las primeras palabras de mi boca –entre esas un “Te amo” improvisado–. Intuí que era una niña que quería entender todo, y yo me sentía el tipo más sabio porque yo tenía la paciencia de explicarle cualquier cosa. Ella siempre me miraba con sus ojos grandes y bien abiertos, como cuando estábamos en el patio de la escuela. Me empezó a preguntar sobre por qué sus papás casi se divorcian debido a una discusión sobre el tipo de carro que querían comprar y luego me contaba que ella odia los autos y las muñecas. Mientras me decía eso, miraba de un lado al otro, con movimientos toscos que para mí eran hermosos. Yo la abrazaba y le decía que no tiene que preocuparse, que hay cosas que los niños no podemos entender y que los temas de grandes no nos incumben porque son menos importantes.

Fue uno de esos amores que pasan por primera y última vez. Pero había algo extraño, algo que me obnubilaba, algo que empecé a sentir sumando lunas a oscuras: cada vez que su cuerpo pálido se acercaba al mío sentía las venas de mi cuerpo como si se congelasen, como si mi sangre dejase de circular, o peor… dejase de existir. No sé si era una señal para tomar distancia, pero una tarde en su casa, mientras veíamos una película rara, ella me dio la mano y me intentó abrazar, el aire se me cortó, fue como si me hubiera quedado forzosamente tieso. Pero luego hice caso omiso, creí que era culpa de la ignorancia de un niño que juega a amar como si se trataran de carros o capas de superhéroes. Después de todo, con el tiempo el amor es más frío, pensé.

Un día decidí explorar ese poder que creía que era solo mío. Con mi dedo rocé su brazo, con forme tocaba su piel se iba abriendo heridas profundas, unos lastimados como si fueran ocasionados por una cuchilla. Pero ella sentía el dolor y sin darse cuenta que yo hacía a propósito —una y otra vez—, con su otra mano tapaba esas heridas para que no me dé cuenta. Eso en temas de amor, sin duda, no era normal, creía yo. Amalia sufrió conmigo porque entendió que los dos no nos podíamos acercar sin que yo la lastime. No depende de mí, ella no entiende que hago daño.

Un día no aguanté más. Corrí a abrazarla justo cuando las estrellas se encendieron para enfocar el show que pasaba abajo. Y en cuestión de segundos el cielo se prendía y se apagaba. Los segundos pasaron como las nubes, eternas pero sin descanso, un día como hoy, mi bigote precoz se convirtió en barba de arbusto, mi pelo negro empezó a encanecer y, poco a poco, a caer. Fue mi primer abrazo, nada más, pensé. Mi reloj corría más rápido que el cielo. Mi piel se erizaba al mismo tiempo que se trizaba por la mitad. Estaba desesperado, la abracé más fuerte sin soltar un solo gemido, mis brazos se entumecieron.

La regresé a ver sintiendo los huesos de mi cuello partirse por partes, ella seguía abrazándome con tanto amor que no quería ni abrir los ojos, y ver como se nos pasaba la vida en esa misma tarde. Mi princesa estaba llena de arrugas pero seguía siendo hermosa, y yo, un cadáver desdentado. Intenté soltarle pero ya era demasiado tarde, ya no tenía fuerzas. Supe que lo único que me quedaba era mi voz, eso no se puede abandonar nunca, estaba seguro. Le dije por última vez:

—“Te amo, Amalia”.

Ella no me regresó a ver, creo que ya no puede abrir los ojos, su alma se volvió ciega, solo vi que sus ojos se remojaron y yo entendí que ese era el adiós. Su alma se fue sin que pudiera besar sus labios una sola vez. Yo quedé vivo y muerto, como un árbol inmóvil, que sueña por dentro. Un amor tan intenso que envejeció el cuerpo y sin agonía alguna. Soy el culpable de la muerte de mi Amalia. Mis cenizas, princesa, serán tuyas y después de muertos seguiremos vivos, juntos, eternamente.

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