home Mecánica del asombro Sobre la opinión pública de Jürgen Habermas | Esteban Echanique

Sobre la opinión pública de Jürgen Habermas | Esteban Echanique

Partamos indicado que el enorme problema de la opinión pública trae es la inestabilidad e incertidumbre para los fundamentos esenciales del pueblo. A lo largo de la historia, la opinión pública siempre ha estado modificándose constantemente de acuerdo a los diferentes movimientos, ya sean culturales, políticos, sociales o económicos de la época. El libro de Jügen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública: La transformación estructural de la vida pública (1981), y particularmente el capítulo, “Sobre el concepto de la opinión pública”, nos explica la fragilidad de la firmeza humana con respecto a nuestras ideologías y lo fácil que podemos ser manipulados conforme a los intereses de otros.

Resulta frustrante pensar que el público es únicamente el medio por el cual distintos personajes, principalmente políticos, son usados como elementos de propaganda. Es además frustrante observar que el campo social o político está preparado idealmente para que sea así, y siga siendo así. Los sistemas políticos en su gran mayoría de nefasta administración, allanan el camino para que se reproduzca más subjetividad en la opinión pública; esta subjetividad hace cuestionar si realmente la opinión es pública y sirve, o es una opinión pública inservible.

La dichosa democracia se cuestiona cuando, según Landshut –citado por Habermas– : “El Estado moderno presupone como principio de su propia verdad la soberanía popular, y esta, a su vez, tiene que estar encarnada por la opinión pública. Sin esa atribución, sin la sustitución de la opinión pública como origen de toda autoridad de las decisiones obligatorias para todo el mundo, falta a la democracia moderna la sustancia de su propia verdad” (p. 262). En este contexto, la opinión pública viene a reducirse a ser una simple herramienta de desvirtualización de la denominada democracia. Esta, como ahora la conocemos, no lleva a la soberanía popular en el pedestal más alto; eso es lo que precisamente nos hace creer el Estado, que esa atribución la da el pueblo, pero en sí es la carta fundamental de quienes realmente son soberanos.

Este vacío, sostenido de la mayoría del pueblo, hace que exista una modificación permanente en la ideología política del individuo. Eso explica, según Hennis –citado por Habermas–: “que sea mucho más difícil formar una opinión pública a partir del desierto de sentimientos, difusas opiniones y popularizados puntos de vista difundidos por las medios de comunicación de masas, que a partir de la polémica racional entre las grandes corrientes de opinión que pugnan entre sí en la sociedad civil. Porque hay que admitir que es más difícil que nunca el que una opinión pública consiga imponerse” (p. 263).

En esta argumentación cualquier tipo de liberalismo queda excluido a un margen. En realidad la opinión pública, lo que por dentro el pueblo siente, queda totalmente expuesto hacia la invisibilidad de sus efectos. Ahora, lo que dice un pedazo de papel llamado Constitución, tapa por completo cualquier efecto de masificación que puede provocar la opinión pública en sí. Es por ello que se afirma sin ninguna discusión que en realidad la opinión pública pueda imponerse, y si se impone se manifiesta o el Soberano lo deja entrever como violenta.

Especialmente la referencia es al mundo contemporáneo, donde las redes sociales allanan aún más la ya de por sí paupérrima racionalidad humana frente a estos temas. Así, un fragmento del texto de Habermas, este cita a F. von Holtzendorff, quien afirma que: “La novedad en los hechos y la necesidad de cambios y variaciones han llegado en nuestros días a ser a tal punto decisivos que la opinión popular prescinde tanto de una firme recepción de la herencia histórica […] como de aquella verdaderamente vigorosa y eficaz elaboración intelectual de los grandes hombres que creían en principios y eran capaces de sacrificarlo todo a ellos. Lo que hace cien años era, según el parecer de los coetáneos, el único principio obligatorio en la sociedad (la opinión pública), se ha convertido con el curso del tiempo en una consigna gracias a la cual la masa cómoda e intelectualmente desidiosa ha tenido el pretexto para sustraerse al propio trabajo intelectual” (p. 265).

Habría que remontarse a los textos de Marshall McLuhan en Comprender los medios de comunicación para reproducir una comparación clara, pero con el marco referencial actual. En su libro McLuhan predecía que el ser humano iba a estar más desvirtuado de lo común, debido a la hipnotización de los medios masivos de comunicación para despojarle de cualquier tipo de racionalidad intrínseca. A lo largo de los años, cualquier reacción que aparezca viene a ser rápidamente corrompida por las tendencias. Proclamamos y seguimos a los denominados intelectuales de ahora, sin saber en verdad que son realmente intelectuales o soslayamos quiénes son intelectuales para creer.

Sea como fuere, lo que al ser humano le es imprescindible el medio para poder ‘dejar de pensar’ en la negatividad de su entorno; así la Constitución viene a dar ese ‘masaje’ al pueblo para que esté tranquilo sobre lo que debe pensar. Aunque no solamente se debe culpabilizar a la Constitución o algún apartado de condicionante político; sino que esto arraiga un problema mucho más grande. La conducta es plenamente modificada también por la religión y, como consecuencia, las costumbres fuertemente arraigadas. Así lo menciona Habermas en este fragmento de su texto: “Al final, la opinión acaba por no necesitar siquiera de la capacidad de verbalización; ella comprende no sólo cualesquiera hábitos o costumbres que se manifiestan en determinadas concepciones, es decir, aquel tipo de ‘opinión’ por prejuicios religiosos y derivados de usos y costumbres a los que se enfrentaba la opinión pública crítica del siglo XVIII, sino también modos de conducta sin más” (p. 266).

Prácticamente la opinión pública se asocia directamente con la dominación del pueblo. Creando así distintas necesidades que se convierten en tendencias y se manifiestan así por mucho tiempo. Ante esta observación el escritor de Historia y crítica de la opinión pública: La transformación estructural de la vida pública menciona lo siguiente: “Su relación con la dominación, con el poder, aumenta, por así decirlo, a espaldas suyas: los deseos ‘privados’ de automóviles y refrigeradores caen bajo la categoría de ‘opinión pública’, exactamente igual que el resto de modos de conducta de grupos cualesquiera con tal de que sean relevantes para el ejercicio de las funciones estatal-sociales de la dominación y la administración” (p. 268).

Se puede decir que la correlación de poder y dominación se eleva a lo más alto con el control sigiloso del pueblo. Lo increíble es que por esencia el individuo cree tener el control de la situación, el control de quién lo maneja. Cree tener la potestad de hacer y deshacer, sin saber que es parte de un plan perfectamente estructurado, para que la historia se repita. Lo paradójico de esto es que la opinión esencialmente llamada “pública” queda a un margen; y lo inaudito de esto es pensar que muchos, queriendo alcanzarlo, toman el camino incorrecto; cayendo otra vez en las tretas predominantes de las ‘modas’ de pensamiento que se extienden como una plaga de langostas través de mucho tiempo en la sociedad. Está tan inmersa que ya es común, el pueblo ni siente que está bajo un control y, peor aún, que está siendo dominado. En conclusión, la opinión pública es una efímera evocación de quienes propiamente lo necesitan exclamar, pero debido a la subyugación agresiva por parte de quien llamamos “sistema”, es muy difícil sino imposible anteponer ante cualquier tipo de evocación de interés.

Referencias

Habermas, J. (1981). Historia y crítica de la opinión pública: la transformación estructural de la vida pública. Barcelona: Gustavo Gili.

McLuhan, M. (1996). Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano. Barcelona: Paidós.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *