home Lenguas hemisféricas, Volumen 2 - Número 4 [2.4-9] Amelia y el tiempo | María Emilia Cerda

[2.4-9] Amelia y el tiempo | María Emilia Cerda

Una expresión que pareciera familiar: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!». Tal expresión tiene que ver con un cuento de Rubén Darío “El caso de Amelia”, publicado en el diario la Nación en 1884 –de acuerdo a J.H. Argüello, en su artículo “El tiempo y Rubén Darío”, publicado en el diario La Prensa en 2015–. En dicho cuento se narra la historia de Amelia Revall, el amor secreto del Dr. Z, quien se queda atrapada en su infancia. El tema central tiene que ver con una joven atrapada en el tiempo.

Este tema central, en “El caso de Amelia”, se relaciona con otros temas esbozados en el cuento. Por ejemplo, el erotismo, por la manera en la que el Dr. Z desea y habla sobre la infante Amelia; otro, el ocultismo, debido a los viajes que él realiza a la India, donde se encuentra con varias religiones y dioses; y, por último, el tiempo, el más controversial del texto, ya que, a pesar de ser un hombre de ciencia, Dr. Z no logra comprender el caso de Amelia y su detención en el tiempo; esto último lo corroboramos cuando leemos en el cuento de Darío:

“Si yo no estuviese completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que todos los que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del alma, sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro”.

En el cuento los hechos se narran a través de la voz del Dr. Z. Constatamos que el Dr. Z es un ser que ha perdido la fe en la humanidad. A partir de su desencanto, él considera que con quienes se relaciona, ya están muertos; asimismo, los jóvenes para él, derrochan el tiempo para vivir, en vez de apreciarlo. Mediante su mirada y experiencia aprendemos que solo cuando se es viejo se aprende a valorar el tiempo que cada uno gasta; antes de esto todos somos seres sin almas excitados por la inquietante idea de la vida.

Igualmente leemos en el cuento: “Desde el tres veces más grande Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha podido apenas alzar una línea del manto que cubre a la eterna Isis”. Hermes es el mensajero de Zeus y de los dioses del Olimpo, es quien guía a las almas a las honduras de los infiernos. Asimismo, Isis, es la diosa egipcia que es “una auténtica personificación del trono que protegía y acogía al faraón en su seno (…) la encargada de anunciarla resurrección del dios”, según M. A. Fuente, en su artículo “Isis y Serapis, legitimadores de la realeza en época ptolemaica” (1999), publicado en el Boletín de la Asociación Española de Egiptología. Ambas representaciones en el texto de Darío implican la polaridad unida, la de la vida y la muerte que pone en conflicto al narrador. En otras palabras, a lo que se refiere Darío, es la duda respecto al impedimento que tiene el ser humano manejar su tiempo de vida a sabiendas que tiene un límite. Ni la ciencia misma tiene una respuesta al dilema de vencer a la muerte, extendiendo la vida.

En este contexto, el narrador del cuento nos dice: “No hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema, y que la inmensidad y la eternidad del misterio forman la única y pavorosa verdad”. El más allá y la vida eterna intrigan a este hombre de la ciencia quien, a pesar de sus viajes y estudios, no comprende la magia de la vida, incluso después de la muerte. No existen dioses y tampoco es entendible para la ciencia el misterio. Tal como lo es el caso de Amelia.

En la reflexión que hace el narrador, leemos: “Dios, el espacio, el tiempo formaban la más impenetrable bruma delante de mis pupilas”. Para el Dr. Z, los conocimientos de Dios, el espacio y el tiempo, forman la más grande tiniebla, la cual no deja comprender los misterios de la vida. Causan en él impotencia por manejarlos. Personifica entonces el deseo de la humanidad por llegar a la inmortalidad, al conocimiento total del entorno y creación del ser humano, temas que han sido explorados por varios pensadores de la época como por ejemplo, Friedrich Nietzsche.

Luego el narrador constata: “La niña que yo creía fruto de un amor culpable es Amelia, la misma que yo dejé hace veintitrés años, la cual se ha quedado en la infancia, ha contenido su carrera vital”. Frente al caso de Amelia, el Dr. Z se niega aún más sus ansias de comprender al tiempo, es decir, al tiempo de la vida. Amelia nunca crece en los 23 años de separación, ella encarna a la juventud eterna y pura. Ella ha podido detener el tiempo, no envejecer seguir en el tiempo viajando por los campos de la eternidad.

Se puede decir que el caso de Amelia desilusiona los estudios de Z porque no encuentra explicación para la detención del tiempo, de la juventud eterna en ella. Sus deseos de amor para con Amelia se ven reprimidos por este fatídico suceso, lo que frustra aún más al doctor. Evidencia que los alcances del ser humano, de la ciencia o de la religión no son suficientes para comprender los misterios de la vida misma. Así también no son suficientes para entender la eternidad.

Amelia y el Dr. Z, encarnan la búsqueda inalcanzable de las interrogantes de la vida y la muerte. En el cuento parece transmitirse las insaciables ganas de entender todo lo que le rodean al ser humano, no importa qué investigación se haga, aunque el camino sea el ocultismo, el amor o los dioses. El ser humano no encuentra respuesta a un tema que su mente no alcanza a comprender. Así, por lo tanto, tal como lo dijo Benjamín Franklin “¿Amas la vida? Pues si amas la vida no malgastes el tiempo, porque el tiempo es el bien del que está hecha la vida”.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *