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Los estudios sobre los sectores urbano-marginales y el papel de la universidad: una propuesta | Olga María Alarcón Ortega, M.A.

La comunicación se ha constituido como una nueva disciplina que actúa históricamente en concordancia con los avances de la sociedad contemporánea, cuyas constantes características son generalmente aclaratorias, ampliatorias y valederas; esto ha permitido descubrir estudios y acercamientos en la investigación social, para explicar situaciones e interrelaciones en la vida de las comunidades aledañas a las instituciones de educación superior, con el objeto de dar respuestas concretas a las problemáticas socio-marginales.

Igualmente la comunicación ha significado un paradigma fundamental para interpretar o exhibir fenómenos sociales, para delinear cuestionamientos que lleven a la indagación de tópicos educacionales y socio-culturales, e incluso para aportar a proyectos que se requieren entre las instituciones y la sociedad, con el propósito de establecer vínculos de cooperación, interacción y participación con comunidades excluidas, en riesgo o con dificultades poco comunes; por ejemplo: la falta de acceso a la educación, a la construcción de espacios de interacción, de inserción socio-cultural dentro de la sociedad por la inmersión en un modelo político institucional que les ha marginado a dichas comunidades en cuanto a participación ciudadana. La comunicación es vital ahora para lograr su inserción social, derecho indispensable que se establece desde el área de la responsabilidad y la participación social.

Como la comunicación dialoga con varias ciencias, como la antropología, la etnometodología, la sociología, la educación, la etnografía y la lingüística–. Es así que la comunicación y la etnometodología, por ejemplo, posibilitan una articulación en estrecho complemento, cuya mirada va más allá de lo establecido en los casos de actores sociales postergados. Su aproximación está en la interpretación, en el reconocimiento de la historia del ser humano con todas las tipologías vivenciales y singulares que a él le pertenecen. El apoyo que presta la etnometodología es de carácter social y en el plano de la cotidianidad, ya que justamente, es en el diario vivir donde se gestan las dificultades de las comunidades, y donde se precisa de una mayor atención al laberinto educacional y socio-cultural.

No obstante, es meritorio dejar en claro, que cualquier trabajo de investigación concerniente al tema, debe indagar acerca de las deficiencias que, los moradores de barrios marginales tienen, en los diferentes ejes sociales, como: educación, salud, vivienda y participación social. El diagnóstico es la herramienta básica que ofrece la exploración en la propuesta metodológica y que además, toma en cuenta las decisiones, que en común acuerdo, entre las instituciones de educación superior y los pobladores de sectores poco favorecidos, se implementen para forjar las soluciones a las necesidades que ellos planteen.

La comunicación, a través de las historias de vida, evidencia las fracturas de la realidad local y coadyuvan para contribuir al entendimiento de la misma. Se trata de fragmentaciones sociales y culturales donde hace falta crear nuevas destrezas didácticas para sectores excluidos históricamente. Es imprescindible asumir el desafío que esta despliega en un grupo humano discriminado que tiene particularidades como: heterogeneidad, interculturalidad, mestizaje enmarcados dentro de un proceso deficitario económico.

La comunicación intenta dar una mirada a la participación social comunitaria a la identidad y a la heterogeneidad: Además investiga cómo pueden los contenidos comunicacionales solventar el compromiso que tiene una institución de educación superior con sectores marginales y cómo se resuelven las dificultades de una realidad a la que hay que aproximarse con acciones respetuosas y concretas en el ámbito socio-cultural.

La comunicación con su estratificación actual va más allá de los medios; desentraña y se relaciona con los espacios más próximos de la vida diaria, del devenir cotidiano de los individuos, donde se hace insistencia, porque admite un aterrizaje con contenidos significativos en la etnometodología. Igualmente, la participación comunitaria, entendida como un proceso permanente en la construcción para salvaguardar los intereses, que describen sus deficiencias sociales, apuesta a un trabajo permanente en pro de la inserción social.

Las historias de vida se implementan como la metodología aplicada a quienes conforman grupos de familias, niños y dirigentes. Ellas son los ejemplos más transcendentes para prestar atención a las necesidades de una comunidad lateral que, concomitantemente tiene extensas preguntas aún no resueltas sobre su vida socio-cultural y educacional. Ellas descifrarán sus imaginarios, propuestas, sueños, inconformidades y crisis; gracias a la libertad participativa de contarlas, se obtiene un amplio campo cognitivo de lo que sucede con su problemática, tanto personal como a nivel de la colectividad. En tal horizonte, se revela cuál podría ser su participación o la que ellos requieren para realizar las mejoras que a través de las universidades se pueden llevar a cabo y bajo qué condiciones se presta una adecuada atención como coordinación.

Son las universidades las llamadas a desarrollar los planes o políticas que deseen efectuar las colectividades marginales, o desde dónde se definirá sus discursos de acción, de acuerdo a las decisiones que tomen ambos actores sociales, a fin de resolver las dificultades que viven los sectores urbano-excluidos en una sociedad que no ha podido darles espacios de participación y de inclusión.

Si se toma en cuenta a la responsabilidad social de la academia, evidentemente se hace hincapié en lo humano. Es en ese espacio sensible, que está en entredicho por su vulnerabilidad y descuido y, porque ha sido utilizado para beneficio de intereses nada afines a los principios de equidad, ética y solvencia. Si a esto se le suma, la problemática de la población, otro agravante el de los bajos recursos, la situación se encierra en el ámbito de la injusticia. Noam Chomsky es quien nos dice: “Si aspiramos a crear un mundo del mañana que sea más justo y humano, debemos empezar comprendiendo el mundo de hoy” (Chomsky, 2002, pág. 114). Y continúa:

“De un modo ideal, cuestiones como éstas deberían estar en el corazón de la educación universitaria, que debería hacer un esfuerzo cooperativo para descubrir estos temas tan básicos, a menudo escondidos, y para investigar e intentar entenderlos” (Chomsky, 2002, pág. 116).

Chomsky detalla con claridad, al designar de alguna manera, a la universidad como la institución competente en atender y comprender la situación de la colectividad descuidada. La academia, gracias a sus temas de investigación y a su estratigrafía epistemológica, es la llamada a buscar soluciones para cooperar en la construcción de una sociedad, donde se realicen los seres humanos en perspectivas acordes con la justicia y la equidad social.

A Chomsky le preocupa “…la investigación de qué es el mundo y cómo funciona, y la investigación de cómo debe vivirse una vida humana decente. Estos han sido temas destacados de la cultura intelectual” (Chomsky, 2002, pág. 117). La inquietud de Chomsky se aloja en que la universidad tiene las herramientas y las estrategias para resolver las vicisitudes que ha sembrado la administración del Estado cuando sus intereses se han condicionado bajo los abusos del poder y la política.

No obstante, se divisa un punto más en su apreciación al dilucidar que las responsabilidades de las universidades deben estar libres de presión y su tarea corresponde a estar encaminada hacia el descubrimiento de un “…futuro más humano…” (Chomsky, 2002, pág. 18). Este es el núcleo neurálgico de la responsabilidad social: su interés por construir un universo humanitario, un tiempo más compatible con la realidad que viven los pueblos latinoamericanos. Por eso Chomsky, durante toda su trayectoria intelectual ha sido un crítico acérrimo del capitalismo como modelo económico, que no permite contemplar la realidad de la otredad.

Hay otro acápite que señala el pensador, en relación a que, si bien las universidades tienen en sus manos la responsabilidad social, estas deben estar libres; su educación debería observar una acción liberadora y no de claustro, a la cual él la denomina: “subversiva”. Si ella existe en el área académica podrá beneficiar no solo el campo educativo, sino que se extiende a los horizontes sociales y culturales. No obstante, se debe tener cuidado en no estar en estrecha relación con las presiones vengan de dónde procedan y descartar la normalización a manera de una milicia.

Mientras se contemple los señalamientos de Chomsky, el futuro que pueden construir las universidades con la responsabilidad social bien entendida, avizora el optimismo; permite la inclusión de las minorías; gesta una sociedad más justa, gracias al conocimiento científico que imparte, y la academia se convierte en sinónimo de libertad propicia para hacer seres más libres. Por ende, se propende a eliminar las dificultades de los grupos marginales en las sociedades y ofrecerles su legítima inserción social.

Bibliografía

Chomsky, N. (2002). Los límites de la globalización. Barcelona: Ariel.

 

 

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