home Mecánica del asombro Nos sostiene la esperanza | Ximena Endara, M.A.

Nos sostiene la esperanza | Ximena Endara, M.A.

La magnitud de la tragedia que asoló nuestro país el pasado sábado 16 de abril aún sobrecoge nuestro ánimo a tal punto que es imposible describirlo. Resulta difícil aceptar una realidad que quisiéramos no haber vivido, ni contar nunca, ni recordar jamás.

Compartimos la certeza de que el dolor que nos une a los ecuatorianos desborda el alcance de las palabras. Y, a la vez, palpamos la honda experiencia de que los sentimientos nos acercan y nos hermanan a tal punto que nos identifican –hacen una sola cosa– con los más directamente afectados.

Estas horas duras manifiestan, de modo particularmente vital, la profunda comunión espiritual que nos une y trasciende la distancia física. Y nos consuela –si esta palabra cupiera– y enorgullece la solidaridad que este trágico suceso está despertando en todos los sectores sociales.

Se hace evidente que las circunstancias extraordinariamente adversas, en las que el dolor nos paraliza, también son oportunidades de sacar lo mejor de nosotros mismos en servicio de los demás. El sufrimiento propio y ajeno nos puede hacer grandes somos capaces de verlo como una oportunidad de donación y una llamada apremiante a amar con obras de servicio real.

Lo que nos pasa ahora, lo estamos viendo, nos ha sacado de golpe de la anodina rutina diaria y está suscitando en los miembros de esta familia ecuatoriana los más nobles afectos, las más variopintas iniciativas de ingenio, los mejores afanes de ayuda desinteresada y de entrega generosa de esfuerzos y recursos.

Es esta una oportunidad única, que no desearíamos repetir nunca, un momento de asumir y demostrar con valentía que podemos arremangarnos las camisas y la comodidad para dar la cara de frente al reto inmenso que estamos viviendo.

Nos interpela un momento que exige demostrar con hechos que nuestra sensibilidad genera solidaridad auténtica y respuestas verdaderas –quizá hasta heroicas– ante la tragedia humana que nos rodea.

En estos acontecimientos resuena en el alma a una palabra que alienta, que sostiene y anima, una palabra con frutos a largo plazo, con mirada fija en horizonte distante, con sabor a logro de tesón mantenido y gusto a compromiso fiel en el tiempo… Solo nos consuela la esperanza.

Sí, una esperanza que es real y que alimentaremos si trabajamos sin desmayos. Una esperanza de la que ya vemos los primeros sabrosos frutos. Una esperanza que nos sacará fortalecidos y mejores por haber peleado con gallardía la batalla que ahora nos convoca a todos.

Estamos viendo una esperanza con rostro concreto y humano: la que descubrimos en ojos cercanos de gentes comprometidas con trabajo humanitario; la que se plasma en proyectos que cuajan en esfuerzo y en turnos de voluntariado sin límites de horario, en ir y venir de transportes cargados con el aporte y la renuncia de muchos, en campañas generosas de chicos y grandes, en mensajes alentadores y oración constante.

También es esta una hora de la unidad, es tiempo de unir muchos pocos y levantar grandes proyectos uniendo fuerzas en la misma dirección, de apoyarnos mutuamente todos en pos de un nobilísimo objetivo común: acudir a las necesidades de los más vulnerables de nuestro país.

Miremos más allá de las escenas que ahora alcanzan nuestros ojos. Vislumbremos desde ahora un mejor futuro para nuestros hermanos que ahora sufren. Seamos capaces de trascender la dureza de lo inmediato seguros de que la expectativa de lo bueno anticipa la felicidad. Puede alentarnos recordar las palabras de ese filósofo español, Ricardo Yépez Stork, en el sentido de que si “se vive por anticipado ese disfrute, nace la alegría, la esperanza y la preparación” de grandes proyectos solidarios.

Ahora es momento de fortalecer una esperanza inamovible para que cada uno de nosotros, en primera persona, desde el sitio que en la sociedad le corresponde, aporte todo lo que pueda para encontrar soluciones a los problemas, para reconstruir, para consolar y sanar heridas, mirando al futuro con optimismo.

Nosotros, que amamos profundamente nuestra Patria y su gente, ahora tenemos que ser portadores de esperanza para que esos hermanos oprimidos por el duelo, la pobreza, la desolación y el futuro incierto vuelvan –sostenidos por todos– a reconocer la vida como una tarea exigente sí, pero como una lucha en la que no están solos.

Esta es la hora de un Ecuador más humano y comprometido con la verdad, de un Ecuador de hombres íntegros, que no se quiebran ante la desgracia porque miran el horizonte con esperanza y se apoyan en ese Dios que jamás deja de alentar sus esfuerzos.

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